Lo que casi destruimos Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Lorenzo terminó acorralándome junto al borde interior de la piscina y me besó otra vez. Con calma primero. Después algo más profundamente cuando mis manos subieron hacia su cuello.

Sus manos recorrían mi espalda mojada.

Y yo empezaba a notar el calor acumulándose entre los dos.

Sus labios descendieron hacia mi cuello y tuve que cerrar los ojos mientras me besaba la piel húmeda bajo la oreja.

— Madonna … —murmuró él muy bajito.

Me reí entre escalofríos.

—¿Qué?

—Tú. Siempre tú.

Lo besé otra vez intentando no pensar demasiado en cómo me estaba mirando.

Pero la tensión seguía creciendo.

Más y más.

Hasta que terminé apartándome apenas unos centímetros para respirar.

—Necesito beber algo.

Lorenzo sonrió contra mi boca.

—¿Mucho calor?

—Muchísimo.

—Perfecto. Eso puedo solucionarlo.

Salió de la piscina dejando un rastro brillante de agua sobre el suelo de piedra y caminó hasta la pequeña barrita exterior que había junto al jardín. Yo me quedé observándolo desde dentro del agua mientras abría botellas y rebuscaba hielo entre risas para mí misma.

Porque verlo moverse era indecentemente atractivo.

El cuerpo mojado.

La ropa interior pegada a la piel.

El pelo algo largo todavía húmedo cayéndole un poco sobre la frente.

—Deja de mirarme así o voy a perder la concentración —me comentó sin girarse.

—No te estaba mirando.

—Mentira.

Cogió una coctelera metálica y empezó a preparar bebidas con muchísima ceremonia.

Primero trituró hielo. Después añadió puré de melocotón blanco, prosecco muy frío y unas gotas de licor de flor de saúco.

—Bellini para ti —explicó mientras agitaba la mezcla—. Porque pareces una mujer que necesita que el alcohol la recorra esta noche.

—Eso ha sonado muy específico.

—Podría especificar más…

—Y mis mejillas podrían estallar. Calla, demonio…

Luego preparó otro distinto para él. Campari, vermut rojo y prosecco .

— Negroni sbagliato —anunció—. Cóctel italiano oficial para compartir con alguien especial.

—Gracias por la parte que me toca.

Lorenzo se echó a reír y volvió hacia la piscina con ambas copas.

Entró despacio en el agua sin dejar de sostenerlas y me ofreció la mía.

Las copas chocaron suavemente bajo la luz de la luna.

—¿Por qué brindamos? —le pregunté.

Él me observó unos segundos antes de responder.

—Por la primera noche en la que ya no pareces estar huyendo de algo.

Aquello me tocó muchísimo más de lo que esperaba.

Bebí un sorbo intentando disimularlo.

El Bellini estaba increíble. Dulce. Frío. Ligero.

Y Lorenzo seguía mirándome demasiado cerca.

Nos besamos otra vez casi de inmediato.

Más lento al principio.

Saboreando todavía el prosecco en los labios del otro.

Después más intensamente.

Mucho más.

Mi copa terminó abandonada sobre el borde de la piscina cuando Lorenzo volvió a acercarme hacia él dentro del agua.

Y entonces sentí toda la dureza de su cuerpo contra el mío.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Lorenzo dejó escapar una respiración rota junto a mi cuello antes de besarme otra vez con mucha menos paciencia que antes. Sus manos descendieron por mi espalda hasta mis caderas y después volvieron a subir.

Deslizándose bajo la tela húmeda del bikini.

Esperando siempre.

Dándome tiempo.

Pero yo ya estaba completamente perdida en él.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé todavía más cerca mientras él murmuraba algo en italiano que sonó increíblemente bonito.

Después encontró el cierre del bikini.

Se detuvo apenas un instante.

Y cuando asentí, apartó la tela mojada de mi piel con una delicadeza que me estremeció entera.

La luna iluminaba el agua alrededor de nosotros.

Las luces del jardín dibujaban reflejos dorados sobre su espalda.

Y Lorenzo volvió a besarme lentamente mientras recorría mi cuerpo con las manos y los labios de una forma que me hizo olvidar todo lo demás.

Después el deseo terminó arrasándolo todo.

La prudencia.

Las dudas.

El miedo.

Todo en él se había vuelto más intenso.

La forma en que respiraba.

Cómo sus manos recorrían mi piel.

La manera en que me miraba, concentrado en mí, hasta hacerme olvidar dónde acababa la piscina y dónde empezaba mi propia cabeza.

Sus labios descendieron despacio por mi cuello y después más abajo, dejando besos húmedos sobre mi clavícula mientras sus dedos buscaban mis senos.

El aire templado de la noche me erizó entera.

Lorenzo levantó la vista hacia mí apenas un instante, comprobando que seguía bien, y yo le respondí acercándolo otra vez hacia mí con las manos enredadas en su pelo.

Eso bastó.

Su boca descendió también hasta mis senos y tuve que cerrar los ojos de golpe cuando su lengua rozó mi piel con una lentitud casi desesperante.

El agua tibia alrededor de nuestras piernas, su respiración caliente y la sensación de sus manos sujetándome con firmeza terminaron de deshacer cualquier pensamiento coherente que me quedara.

— Madonna … —murmuró contra mi piel.

Mi respiración salió temblorosa.

Parecía disfrutar recreándose en cada reacción mía, en cada estremecimiento, en la manera en que mis dedos se aferraban más fuerte a sus hombros cada vez que sus labios o su lengua encontraban un punto sensible nuevo.

Y cuando una de sus manos descendió bajo el agua hasta mi sexo, el aire se me quedó atrapado en el pecho.

Lo hizo despacio.

Con calma.

Explorándome primero, acariciándome de una forma tan atenta que me volvió vulnerable entre sus brazos. Noté cómo observaba cada gesto mío, cómo aprendía mi cuerpo casi al mismo tiempo que lo hacía perder el control.

Apoyé la frente contra su hombro soltando una respiración rota cuando comenzó a moverse con más precisión entre mis piernas.

—Lorenzo…

Él levantó apenas la cabeza.

— Guardami.

La voz le salió grave. Mucho.

Abrí los ojos otra vez y lo encontré mirándome fijamente mientras seguía acariciándome bajo el agua con una paciencia que me estaba volviendo completamente loca.

Había deseo en él, muchísimo.

Lo notaba en la dureza de su cuerpo contra el mío.

En la tensión de sus brazos sujetándome.

En cómo su respiración empezaba a romperse cada vez que yo reaccionaba a sus caricias.

Pero aun así seguía pendiente de mí primero.

De mi placer.

De mis gestos.

De cada sonido que conseguía arrancarme.

Y aquello terminó de arrasarme por dentro gracias a una embestida que me devolvió a esa vida que creía perdida.

Mi cuerpo empezó a temblar entre sus brazos cuando el placer se volvió demasiado intenso. Lorenzo mantuvo la mirada fija en mí mientras seguía ensartándome hasta que el clímax me atravesó entera y tuve que aferrarme a él para no perder el equilibrio.

Él soltó una especie de gemido bajo contra mi cuello al notar mi reacción.

Después me besó.

Profundamente.

Con mucha más necesidad que antes.

Y entonces ya no quedó casi paciencia entre nosotros.

Solo deseo.

Le acaricié el rostro húmedo mientras él apoyaba la frente contra la mía apenas un instante.

—Dime que estás bien.

Asentí respirando todavía deprisa.

—Sí.

La sensación me arrancó el aire.

Su cuerpo unido al mío.

Mis manos subieron hacia su cuello mientras él soltaba una respiración rota junto a mi boca.

—Vera…

Nunca había escuchado mi nombre así.

Con tanto deseo.

Con tanta emoción mezclada.

Lo besé otra vez mientras él empezaba a moverse con mayor rapidez, cada vez más profundo, manteniéndome pegada contra él bajo la luz plateada de la luna.

Y durante un rato dejó de existir todo lo demás.

Solo quedaron el agua moviéndose alrededor de nuestros cuerpos, su respiración rota junto a mi piel y la sensación maravillosa de dejarme llevar por él por completo mientras hacía el amor conmigo bajo la noche tibia de la Toscana.