Capítulo 15
El vacío empezó exactamente cuando Maya cruzó el control de seguridad y dejó de verse entre la gente del aeropuerto.
Hasta ese momento todo había sido caótico.
Elia besándola otra vez junto a las puertas automáticas mientras ella le decía que dejara de poner cara de viudo italiano porque solo se iba a San Sebastián y no a la guerra.
Lorenzo riéndose. Yo abrazándola demasiado fuerte la última vez.
Maya señalándome con el dedo antes de desaparecer al otro lado.
—Y tú deja de pensar tanto y fóllate ya al pintor, por favor.
—¡Maya!
—¡Te quiero!
Y luego ya no estaba.
Volví hacia Lorenzo con una mezcla rara de tristeza y ternura todavía flotándome en el pecho. Él llevaba las llaves del Fiat girando alrededor del dedo mientras me observaba con suavidad.
—Tu amiga tiene una energía peligrosísima incluso despidiéndose.
Solté una risa pequeña.
—No sabes hasta qué punto.
Nos despedimos de Elia, que se marchaba por su cuenta y salimos del aeropuerto hacia el aparcamiento. Cuando me senté en el coche, el silencio me golpeó de golpe. No uno triste exactamente. Más bien extraño. Acostumbrarme a la Toscana había sido fácil. Acostumbrarme a estar allí sin Maya… no tanto.
Lorenzo arrancó despacio antes de mirarme de reojo.
—La echas de menos ya.
Suspiré mirando por la ventanilla.
—Mucho.
—Normal. Es familia.
La palabra me enterneció inmediatamente.
Porque eso era exactamente Maya.
Familia elegida.
Apoyé la cabeza contra el asiento mientras el paisaje empezaba a desfilar otra vez delante de nosotros. Colinas suaves. Cipreses. Viñedos moviéndose bajo la luz dorada de la tarde.
—La casa va a parecer rarísima sin ella protestando por algo cada diez minutos.
Lorenzo sonrió apenas.
—Yo puedo protestar si quieres.
—No tienes el nivel profesional necesario.
—Puedo entrenar duro.
Aquello consiguió arrancarme otra sonrisa.
Y él debió notarlo porque relajó un poco la expresión antes de dar un pequeño golpe al volante.
—Vale. Tengo plan.
Le miré.
—Eso suele dar miedo cuando lo dices tú.
—Primero: comida. Segundo: vino. Tercero: distraerte de tu cara de gatita abandonada.
—Qué dramático eres.
—Soy italiano. Nos dan diploma al nacer.
No volvimos directamente a la villa. Lorenzo tomó un desvío hacia un pueblo pequeño construido sobre una colina, lleno de callejuelas estrechas y terrazas iluminadas con faroles cálidos.
Aparcó junto a una plaza diminuta donde había músicos tocando jazz suave y me llevó caminando hasta una taberna preciosa con mesas altas de madera y platos escritos a mano en pizarras.
—Este sitio tiene las mejores tapas italianas no oficiales de la Toscana —anunció.
—¿Tapas italianas?
—No hagas preguntas culturales difíciles.
Terminamos sentados fuera, bajo una hilera de luces pequeñas, compartiendo platos de focaccia caliente, burrata con pesto de pistacho, berenjenas fritas con miel y unas copas de vino frío que entraban demasiado bien. Por eso tuvimos que cortarnos, ya que él debía conducir.
Lorenzo estaba especialmente pendiente de mí aquel día.
Más suave.
Más atento.
Me preguntaba cosas pequeñas constantemente; si tenía frío, si me gustaba aquel vino, si quería probar otro plato, si estaba cansada. Y lo hacía sin resultar pesado, solo cercano. Presente.
En un momento dado me quedé observando distraída a una pareja mayor bailando despacio en la plaza mientras un saxofonista tocaba algo antiguo.
—¿En qué piensas? —me preguntó él.
Sonreí apenas.
—En que mi madre habría amado este viaje de un modo salvaje.
Lorenzo bajó la vista hacia su copa unos segundos.
—Y habría estado tranquila viéndote aquí.
La frase me tocó mucho más de lo que esperaba.
Porque una parte de mí seguía sintiendo culpa por estar bien algunos ratos.
Por reírme.
Por besar a alguien.
Por descubrir lugares preciosos mientras mi vida en España seguía rota en muchos aspectos.
Debí quedarme demasiado seria porque Lorenzo alargó una mano por encima de la mesa y me rozó suavemente los dedos.
—Hey.
Levanté la vista hacia él.
—No tienes que ponerte triste cada vez que eres feliz un momento, Vera.
Tragué saliva lentamente.
—Estoy aprendiendo.
—Y lo estás haciendo bastante bien.
Nos quedamos en el pueblo a pasar la tarde. Después volvimos a la villa con las ventanillas bajadas y música italiana sonando bajita en el coche. El aire olía a tierra húmeda y flores nocturnas.
Cuando llegamos, el jardín estaba precioso.
Las pequeñas luces alrededor de la piscina iluminaban el agua con reflejos dorados y la zona chillout bajo la pérgola parecía sacada de una película lenta y explosiva para la estabilidad emocional.
Lorenzo dejó las llaves sobre la mesa exterior y se dejó caer en uno de los sofás.
—Ven aquí.
Me tumbé a su lado mientras sonaba música desde su móvil. El cansancio del día empezaba a instalarse en el cuerpo de una forma agradable.
—Está raro sin Maya —admití.
Lorenzo giró un poco la cabeza hacia mí.
—Sí.
—Aunque también es raro estar bien, bien de verdad.
—Eso es más grave.
Sonreí.
Él me observó unos segundos antes de incorporarse apenas.
—Mañana hará más calor todavía. La primavera aquí avanza rapidísimo.
—Ajá.
—Podrías bañarte esta noche perfectamente.
Le miré divertida.
—¿Eso era sutil?
—No especialmente.
Me reí bajando la vista hacia la piscina.
La verdad era que sí apetecía.
El aire seguía templado incluso de noche y el agua reflejaba luces suaves entre los árboles del jardín.
Lorenzo sonrió ligeramente al verme pensarlo demasiado.
—Otra vez estás negociando contigo misma.
—Es mi hobby favorito.
—Pues deja de hacerlo cinco minutos.
Lo miré.
Y algo en su expresión me proporcionó una calma inmediata.
No presión.
No expectativa.
Solo ganas de compartir aquel momento conmigo.
Suspiré antes de incorporarme.
—Vale.
Lorenzo sonrió inmediatamente.
—¿Vale de verdad?
—Sí, pero si me congelo te perseguiré espiritualmente el resto de tu vida, rollo Ghost .
—Acepto el riesgo.
Entré en la casa con el corazón acelerado de una forma bastante ridícula para una mujer adulta. Me puse un bikini negro sencillo y me miré un segundo en el espejo antes de salir otra vez.
Lorenzo levantó la cabeza desde el sofá del jardín.
Y se quedó completamente quieto.
Noté el calor subirme directo por el cuello.
—No pongas esa cara.
Él soltó una risa baja mientras se levantaba lentamente.
— Scusa . Es que eres increíblemente guapa.
Intenté apartar la mirada.
—Los italianos exageráis mucho.
—Ni lo más mínimo, aún me he quedado corto.
La forma serena en que lo pronunció me desarmó un poco.
Luego se quitó la camiseta y mi dignidad decidió abandonar oficialmente la conversación.
Lorenzo debió darse cuenta porque sonrió con tremenda satisfacción antes de acercarse al borde de la piscina. Se pasó una mano por el pelo húmedo antes de mirar hacia abajo.
—Problema técnico.
—¿Cuál?
—No tengo bañador aquí.
Levanté una ceja divertida.
—Vaya tragedia.
—Durísima.
Y entonces siguió desnudándose sin drama, sin vergüenza, con esa naturalidad mediterránea que ponía a mi corazón a saltar a la comba. Primero se quitó los pantalones verde kaki de lino y después se quedó solo en ropa interior negra.
Y madre mía.
A continuación nos metimos en la piscina de la mano.
El agua todavía no le había tocado y ya tuve que hacer un esfuerzo serio por no mirarlo demasiado.
Lorenzo tenía el cuerpo trabajado de una forma muy concreta; no exagerada ni artificial, sino fuerte, fibrado y armonioso.
Espalda ancha. Abdomen duro. Brazos marcados.
La clase de físico que hablaba más de una vida activa y libre que de gimnasio obsesivo.
—¿Qué pasa?
Negué inmediatamente.
—Nada, nada.
Entonces el agua pegó todavía más la tela oscura a su cuerpo. Mi cerebro decidió directamente dejar de colaborar.
Lorenzo se acercó nadando despacio hasta mí y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó en brazos.
Solté una carcajada agarrándome a sus hombros.
—¡Lorenzo!
—Shhh. Estoy haciendo cine italiano.
—¿Y eso implica secuestrarme?
—Exactamente.
Me llevó un poco más hacia el centro de la piscina mientras yo seguía riéndome. El agua nos rodeaba con lentitud y el jardín parecía suspendido en una calma que no tenía precio.
—Te estás acostumbrando demasiado rápido a cogerme así —murmuré.
—Y tú demasiado rápido a dejarte coger.
Aquello me hizo sonrojarme más de la cuenta.
Lorenzo me soltó despacio dentro del agua, pero siguió muy cerca. Rozándome apenas. Mirándome de esa forma sosegada que cada vez me afectaba más.
El agua estaba fresca, pero agradable después del calor del día, en el que las temperaturas habían subido bastante. Me aparté el pelo mojado hacia atrás mientras él nadaba hasta quedarse frente a mí.
Las luces reflejaban destellos suaves sobre su piel mojada.
Y de pronto todo pareció lento.
Muy lento.
Lorenzo me rodeó la cintura y acercó la frente a la mía durante apenas un instante antes de besarme.
Despacio.
Con calma.
Con esa paciencia suya que conseguía que incluso besar pareciera una forma de arte bohemio.
Le rodeé el cuello mientras el agua se movía alrededor de nosotros y sentí una punzada extraña en el pecho.
No miedo exactamente.
Algo más delicado.
Porque empezaba a entender que Maya tenía razón.
El futuro podía girar de cualquier manera.
Así que quizás lo único verdaderamente idiota era no vivir aquello mientras estaba ocurriendo.
Terminamos jugando un rato dentro de la piscina. Intentando hundirnos mutuamente. Salpicándonos. Riéndonos cuando él empezó a hablarme en italiano rapidísimo solo para desesperarme.
—¡No entiendo nada!
Intenté apartarme nadando y él me atrapó inmediatamente por la cintura.
—Traición —protesté.
—Estrategia.
Cada vez que me tocaba, la tensión subía un poco más.
Cada vez que se acercaba demasiado, me costaba más recordar cualquier pensamiento coherente.