Capítulo 14
La última noche de Maya en la Toscana llegó demasiado rápido.
Me di cuenta mientras doblábamos ropa sobre la cama entre botellas de crema solar, vestidos arrugados y compras que ella insistía en meter a presión dentro de la maleta.
Afuera empezaba a anochecer y la villa estaba llena de esa luz cálida de final de día que tanto le habría gustado a mi madre.
Lorenzo y Elia habían bajado al pueblo a recoger unas pizzas y vino porque, según palabras exactas de Elia, “despedir una belleza mediterránea sin carbohidratos era ilegal”.
Maya estaba sentada en el suelo intentando cerrar su equipaje con una violencia completamente innecesaria.
—¿Qué llevas ahí dentro? —le pregunté mirándola desde la cama—. ¿Piedras?
—Vestidos.
—¿Y cadáveres pequeños?
—También.
Me reí mientras ella conseguía cerrar por fin la cremallera con un gruñido triunfal.
Luego se dejó caer hacia atrás sobre la alfombra y suspiró mirando el techo.
—Me jode marcharme.
La frase salió más bajita de lo habitual.
Me incorporé un poco.
—Pues no te marches.
Maya giró la cabeza hacia mí con una sonrisa cansada.
—Qué más quisiera, cariño.
Hubo un pequeño silencio cómodo entre nosotras, de esos que solo existen cuando conoces a alguien desde pequeña y ya no necesitas rellenar cada hueco con palabras.
La observé tumbada en el suelo con el pelo corto desordenado, las mejillas algo más morenas por el sol italiano y una tranquilidad que hacía semanas no le veía encima. Parecía más ligera aquí. Más ella.
—Te veo bien —murmuré.
Maya soltó una risa suave.
—Es que estoy bien.
—Y eso me sorprende un poco porque hace cuatro días estabas amenazando a funcionarios por teléfono.
—Eso también me hace feliz.
Cogí una camiseta de la silla y se la lancé a la cara.
Ella la apartó riéndose.
—No, en serio —continuó después—. Necesitaba desconectar muchísimo más de lo que pensaba.
Me quedé callada unos segundos antes de preguntar:
—¿Y Elia?
La sonrisa de Maya cambió apenas.
Más divertida.
Más peligrosa.
—¿Qué pasa con Elia?
—Pues eso. Que mañana te vas.
Ella se incorporó apoyándose en los codos.
—Ajá.
—Y ya está.
—Y ya está.
La miré incrédula.
—¿No te da pena dejarlo aquí sin conocerlo mejor?
Maya soltó una carcajada tan auténtica que terminé riéndome yo también.
—Vera Salvatierra, ¿me estás preguntando eso a mí?
—Sí.
— Madonna . Italia te está alterando muchísimo.
Negué con la cabeza sonriendo.
—Te estoy hablando en serio.
Ella se acomodó mejor sobre la alfombra antes de responder.
—Mira, Elia me encanta. Es hilarante, está buenísimo, hace unas fotos preciosas y besa de manera muy poco responsable para la estabilidad emocional ajena.
—Qué horror.
—Horrorosísimo.
Me lanzó una mirada divertida.
—Pero precisamente por eso está genial así.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Así. Bonito. Ligero. Temporal.
Su tono se volvió algo más tranquilo.
—No quiero pareja ahora mismo, Vera. Y muchísimo menos una relación a distancia con un fotógrafo italiano incapaz de usar camisetas normales.
Solté una risa.
—Eso es bastante específico.
—Porque es verdad. Además, ya sabes cómo soy. Si convierto esto en algo serio, empiezo a agobiarme, a pensar, a medir cosas… y ahora mismo no quiero nada de eso.
La observé mientras hablaba.
Maya siempre había sido más libre emocionalmente que yo. No porque sintiera menos. Al contrario. Sentía muchísimo. Pero no intentaba controlar cada posible desastre antes de vivir algo bueno.
—Entonces… ¿simplemente lo vas a dejar aquí?
Ella se encogió de hombros.
—Pues claro. Sin dramas. Sin conversaciones eternas bajo la lluvia. Sin “te llamaré cada día” que luego nadie cumple porque la vida pasa y la gente trabaja y termina agotada. Nos hemos dado unas alegrías fantásticas para el cuerpo, nos hemos reído muchísimo y he cargado pilas. Fin.
La miré con mezcla de admiración y desconcierto.
—A veces me pareces un alien emocional.
—Y tú una monja con ansiedad romántica.
Me tiré un cojín directamente a la cabeza.
Ella se echó a reír mientras lo abrazaba contra el pecho.
—Ahora hablemos de ti.
—No.
—Sí.
—No quiero.
—Pues mala suerte. Soy abogada. Interrogo gente por deporte.
Resoplé dejándome caer hacia atrás sobre la cama.
—No hay tanto que contar.
Maya levantó una ceja.
—Vera, Lorenzo te mira como si fueras una mezcla entre obra de arte y persona a la que quiere prepararle pasta casera para siempre.
—Maya…
—Y tú lo miras a él igual cuando crees que nadie te está viendo.
Me tapé la cara con las manos.
—Qué pesada eres.
—¿Te gusta mucho?
La pregunta quedó flotando unos segundos.
Y la verdad salió sola.
—Sí.
Maya sonrió inmediatamente.
—Ay, mi niña.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “sabía que ibas a caer”.
Ella se incorporó hasta sentarse en el borde de la cama junto a mí.
—¿Y qué es lo que te preocupa exactamente?
Bajé lentamente las manos.
—Que también me va a costar marcharme cuando llegue el momento.
Maya dejó de bromear un poco.
—¿Porque te gusta o porque te está haciendo bien?
La pregunta me atravesó más de lo esperado.
—Las dos cosas.
Suspiré mirando el techo.
—Con Lorenzo todo parece fácil. Y eso me asusta bastante porque llevo un tiempo sintiendo que mi vida es una bomba trampa emocional constante.
Mi madre, Alexis, Dante, la denuncia… y de repente aparezco aquí y me topo con un bombón italiano que me lleva a comer tarta, me pinta en libretas y me besa en miradores preciosos.
Maya se quedó escuchándome con muchísima atención.
—¿Y sabes qué es lo peor? —seguí—. Que me doy cuenta de que estoy empezando a pensar en él incluso cuando no está. Y temo engancharme.
Maya me observó dos segundos.
Luego soltó:
—Pues acuéstate con él de una vez y deja de agobiarte por el futuro.
Abrí la boca horrorizada.
—¡Maya!
—¿Qué? Estoy hablando completamente en serio.
—Tú tienes un problema.
—No, cariño. El problema lo tienes tú, que conviertes cualquier emoción en un comité de evaluación de riesgos.
Me tapé la cara otra vez riéndome de pura vergüenza.
—No puedo contigo.
Ella me apartó las manos con cariño.
—Escúchame bien. Hace unas semanas estabas enterrando a tu madre y descubriendo que tu hermano probablemente intentó engañarte de la forma más miserable posible.
Has comprobado ya que la vida está llena de sobresaltos, de giros raros y de cosas que nadie controla.
Así que deja de intentar adelantarte al desastre todo el tiempo.
La miré en silencio.
Y tenía razón.
Muchísima.
Maya sonrió suavemente antes de añadir:
—No te estoy diciendo que te cases con el italiano ni que le pongáis nombres a vuestros hijos bilingües. Solo digo que, si alguien te hace sentir viva otra vez, no empieces huyendo antes de tiempo.
Tragué saliva lentamente.
—¿Y si me hace daño?
Ella se encogió de hombros.
—Pues llorarás, me llamarás dramáticamente desde aquí y te recordaré que sobreviviste a cosas peores.
Se inclinó hacia mí entonces y me besó la cabeza con cariño.
—Pero mientras tanto, vive un poco, Vera.
Justo en ese momento escuchamos voces abajo y después una carcajada de Elia atravesando la casa.
Maya sonrió automáticamente.
—Mira. Mi despedida italiana acaba de llegar con pizza.
—Te odio un poco.
—Y yo a ti no porque estoy emocionalmente equilibrada y sexualmente satisfecha.
Le lancé otro cojín.
Ella lo esquivó entre risas mientras abajo Lorenzo gritaba algo en italiano sobre que la pizza se enfriaba y Elia protestaba porque “la mozzarella merece respeto”.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, tumbada allí con mi mejor amiga, sentí que quizás el mundo seguía siendo imprevisible, doloroso y extraño.
Pero también podía ser maravillosamente bonito durante algunos momentos.
Y pensé en que quizás Maya tuviera razón.
Al fin y al cabo, solo deseaba sentir.
Y con eso no hacía daño a nadie.