Capítulo 13
El día anterior no vimos a los chicos y lo cierto es que los echamos de menos. Lógicamente, también tenían que atender sus asuntos.
Maya opinó que aquello era sano, que teníamos que dejar que respirasen antes de que se lo creyeran demasiado, y luego se pasó media tarde mirando el móvil cada vez que sonaba una notificación con una discreción tan inexistente que tuve que preguntarle si quería que le dibujara una pancarta con el nombre de Elia y corazones alrededor.
—No seas idiota —me advirtió desde la terraza, con las gafas de sol puestas y un libro abierto sobre las rodillas que llevaba una hora sin leer—. Yo no consulto el móvil por ningún hombre. Miro el móvil porque soy una mujer ocupada.
—Claro.
—Y porque puede escribir mi procuradora.
—Tu procuradora italiana, supongo.
Me lanzó una aceituna.
Por la tarde, cuando ya empezaba a bajar un poco el calor y la villa olía a lavanda y ropa secándose al sol, escuchamos el motor del coche de Lorenzo antes de verlo aparecer por el camino de cipreses.
El Fiat verde oscuro subió hasta la casa con su rugido antiguo, precioso y algo teatral, y Maya salió a la puerta con los brazos cruzados.
—Ese coche no se acerca a mí sin un informe técnico.
Lorenzo bajó primero, con una camisa clara remangada y el pelo castaño algo revuelto por el viento. Detrás apareció Elia, cámara al cuello, sonrisa de delito menor y una bolsa colgada al hombro.
—Tranquila, abogada peligrosa —anunció—. Tú no tienes que subir a este trasto, nosotros nos marchamos por nuestro lado.
Maya levantó una ceja.
—Está bien. Ahora mismo nos largamos, me ha dado tiempo a pensar en un montón de poses. Esta tarde me convierto oficialmente en influencer.
—En influencer sexy, querrás decir.
—Me gusta. Sigue dándole a la lengua.
—Se me ocurren más formas de utilizarla, pero…
Elia le hizo una reverencia mínima.
—Me pediste un book fotográfico. Hoy tengo luz perfecta, cámara preparada y una modelo que apunta maneras para volverme loco. Así que ya estamos tardando.
Maya se giró hacia mí con una sonrisa enorme.
—Si no vuelvo, dile a mi colegio profesional que morí, guapísima.
—Lo sospecharán por la ausencia de quejas formales —le respondí.
Lorenzo se acercó entonces a mí con las llaves del Fiat en una mano.
—Y tú vienes conmigo.
Le miré con cautela.
—¿Eso era una pregunta?
—Era una invitación italiana. Suena un poco a secuestro, pero es cultural.
—¿Adónde?
—A un pueblo precioso. Café, dulces, atardecer. Prometo que el coche se portará bien o le hablaré con mucha decepción.
Maya nos miró a los dos con una expresión la mar de satisfecha.
—Vera, vete. Haz turismo emocional. Yo voy a ser musa judicial.
—Eso no existe.
—Desde hoy sí.
Elia le tendió el brazo con solemnidad.
— Signorina musa judicial.
Maya aceptó con una dignidad que me sacó la sonrisa y los dos bajaron hacia el coche, poniéndose ella al volante.
—¡Lorenzo! —gritó antes de marcharse—. Si tu chatarra vintage deja tirada a mi amiga, te demando por daños morales, materiales y estéticos.
—¡Acepto solo los estéticos! —respondió él.
Me abrió la puerta del Fiat con una sonrisa.
—¿Vamos?
Miré el coche, luego a él y después el camino dorado que bajaba entre viñedos.
—Vamos.
El interior olía a cuero antiguo, madera caliente y algo ligeramente dulce, quizás colonia de Lorenzo o memoria del propio vehículo. Me senté con cuidado y él arrancó con una caricia al volante, casi ceremoniosa.
—Mi nonna decía que este coche no se conduce. Se le convence.
—Empiezo a pensar que ella negociaba con todos los objetos.
—Con los objetos, con las personas, con la salsa de tomate… Ella era de la opinión de que todo se logra con cariño.
El camino hasta el pueblo fue una sucesión de colinas suaves, muros de piedra, cipreses alineados y campos que parecían cambiar de color cada vez que el sol bajaba un poco más.
Lorenzo conducía con una mano relajada sobre el volante y la otra apoyada cerca del cambio de marchas, hablando de los pueblos cercanos, de las mejores pastelerías, de una señora llamada Bruna que hacía tartas “con poder espiritual” y de un cura que, según él, robaba higos de un árbol ajeno desde hacía veinte años.
—¿Y nadie le dice nada?
—Es un pueblo pequeño. Todo el mundo lo sabe y todo el mundo finge que no. Mirar para otro lado forma parte del juego.
Me reí mirando por la ventanilla.
Hacía días que reír no me sorprendía tanto.
Llegamos a un pueblo de piedra color miel, pequeño y precioso, encaramado a una colina.
Las calles eran estrechas, con macetas en las ventanas, ropa tendida entre fachadas y gatos que cruzaban sin prisa delante de nosotros.
Lorenzo aparcó en una placita inclinada y me llevó caminando hasta una pastelería diminuta con toldo verde y mesas redondas en la terraza.
El escaparate era una indecencia.
Tartas caseras, c annoli, crostata de fruta, bizcochos de limón, milhojas con crema y unas pastas pequeñas cubiertas de azúcar glas que parecían hechas para destruir cualquier intento de no sucumbir a la tentación.
—Bienvenida al templo de Bruna —anunció Lorenzo—. Aquí la gente viene a tomar un café con tarta y sale nueva.
—¿Cómo de nueva?
—Más edulcorada, te lo aseguro.
Nos sentamos fuera, junto a una pared cubierta de buganvillas.
Lorenzo pidió en italiano con una rapidez musical que me gustó escuchar aunque entendiera solo algunas palabras.
Poco después apareció una mujer mayor con el pelo blanco recogido, nos dejó dos cafés, una porción de tarta de ricotta , otra de chocolate y varias pastas de almendra.
—Bruna dice que estás demasiado delgada y triste —tradujo él con total naturalidad—. Y que una chica tan guapa debería estar más contenta.
—¿Eso te ha dicho?
—Sí. Bruna tiene rayos X en vez de ojos. Vengo de tarde en tarde por aquí y en ocasiones me ha sorprendido el modo en el que cala a sus clientes.
Probé la tarta de ricotta y cerré los ojos sin querer.
—Vale. Aparte de vidente es maga, hace magia con la repostería.
—Te lo dije.
Lorenzo me observaba con una sonrisa suave, y cuando fui a beber café, alargó la mano para señalarme la cara.
—Tienes un poco de azúcar.
—¿Dónde?
—Aquí.
En vez de limpiarme con una servilleta, cogió una pizca de nata del borde de una de las tartas y me la puso en la punta de la nariz.
Me quedé inmóvil.
—¿Acabas de hacer eso?
Él se recostó en la silla con una satisfacción infantil.
—Sí, y puedo volver a hacerlo…
Cogí mi servilleta con toda la dignidad que pude reunir, pero antes de limpiarme le lancé una mirada risueña.
—Te estás aprovechando porque no está aquí mi abogada.
—Cierto. Es una leona. Prefiero tu temperamento, si te soy sincero…
Me limpié la nariz mientras él se reía, y aquella risa suya, cálida, abierta, consiguió arrancarme otra a mí. Bruna nos miró desde dentro de la pastelería con una aprobación clarísima, probablemente convencida de que acababa de poner su granito de arena para que pasáramos una tarde estupenda.
Lorenzo me preguntó por mi madre mientras tomábamos café.
No de forma invasiva. No con esa prudencia temerosa de quien teme tocar una herida.
Me preguntó qué películas veíamos, qué comida le gustaba, cómo era cuando se enfadaba.
Y hablar de ella allí, con el sol empezando a teñir las fachadas de dorado, no me rompió del todo. Dolió, sí. Pero también me hizo bien.
—Le habría gustado este sitio —murmuré, mirando la tarta a medio terminar—. Habría congeniado con Bruna y no tardaría en pedirle las recetas de estas tartas.
—Bruna jamás da recetas.
—Mi madre habría insistido.
—Entonces Bruna habría fingido enfadarse y luego le habría dado una versión falsa.
Me reí bajando la vista.
—Eso le habría parecido una salida de lo más inteligente.
Cuando terminamos, Lorenzo pagó antes de que pudiera protestar, nos despedimos de Bruna y me llevó por varias calles empedradas hasta un mirador en la parte alta del pueblo.
Desde allí se veía todo el valle: viñedos, campos dorados, tejados rojos, caminos estrechos y una línea de colinas perdiéndose bajo el sol que empezaba a caer.
El cielo tenía tonos naranjas y rosados.
Un espectáculo visual encantador.
Se quedó a mi lado, tranquilo, sin llenar el momento con palabras. Aquello me gustó. No por darle solemnidad, sino porque parecía entender que algunas vistas necesitaban tiempo para ser procesadas. Y aquella era de fantasía.
—Gracias por traerme —le dije al cabo de un rato.
—Gracias por venir.
Me giré hacia él.
Tenía la luz del atardecer en los ojos verdes y una expresión mucho más seria que en la pastelería.
—Estás un poco menos triste cuando te ríes —me comentó.
—Eso es lógico.
—Pues esa lógica me agrada mucho.
Bajé la mirada, notando una emoción suave y peligrosa instalarse en el pecho.
—A veces me siento culpable por estar bien durante ratos.
Lorenzo se acercó apenas un poco.
—Estar bien un rato no traiciona a quien quieres. Estás viviendo un duelo, pero tu madre no querría verte mal, ¿o me equivoco?
Aquello me llegó tan hondo que tuve que respirar despacio antes de responder.
—Ya lo sé. Es que, aparte de su muerte, han pasado cosas… cosas que no esperaba y de las que no quiero hablar —suspiré.
—Esas cosas están aquí —dijo, tocándose la sien con un dedo—. Falta que las alejes de aquí —prosiguió mientras llevaba su mano hacia mi corazón, el cual latió fuerte.
Tragué saliva.
—Eres muy intenso para alguien que pone nata en narices ajenas.
—Tengo capas, como las cebollas…
Sonreí.
Y entonces él me miró de una forma distinta. Sin prisa. Sin empujar. Con esa atención suya que me hacía sentir vista sin sentirme atrapada.
—¿Puedo besarte, Vera?
La pregunta me desarmó más que cualquier gesto.
Asentí.
Lorenzo se inclinó despacio y me besó mientras el sol terminaba de caer detrás de las colinas.
Fue un beso cálido, suave al principio, casi cuidadoso, y luego un poco más profundo cuando levanté una mano hasta su camisa y me acerqué por voluntad propia. No hubo vértigo. No hubo miedo.
Solo aquella luz dorada, el olor a azúcar todavía en mis dedos y la certeza extraña de que mi vida seguía rota, sí, pero no estaba completamente cerrada.
Cuando nos separamos, sonrió apenas.
—Creo que Bruna ha tenido algo que ver en que sepas así de dulce.
Me reí contra su boca.
—Un poco…
—Perfecto. Porque no sé si me gusta más ese sabor dulce o tú.
Y volví a besarle antes de que el último rayo de sol desapareciera del todo.