Capítulo 12
Al día siguiente, Lorenzo y Elia aparecieron en la villa antes incluso de que termináramos de desayunar.
Yo seguía medio dormida, mordisqueando mi tostada, cuando escuchamos un claxon antiguo sonar fuera de la casa y después voces italianas discutiendo a pleno pulmón.
—Lorenzo, tu coche suena a película donde alguien acaba huyendo de la policía —murmuró Maya, acercándose a la ventana.
Elia levantó inmediatamente la cabeza desde el jardín.
—¡Eso es cultura automovilística!
—¡Eso es un motor pidiendo eutanasia! —le respondió ella.
Lorenzo apareció entonces junto al coche vintage verde oscuro con una expresión profundamente ofendida.
—Mi Fiat tiene dignidad.
—Tu Fiat tiene trauma mecánico —replicó Maya sin ninguna compasión.
—No dirás lo mismo cuando nos lleve de excursión.
—De eso nada. Si quieres que salgamos con vosotros, iremos en nuestro coche alquilado.
Lorenzo se llevó una mano al pecho.
— Madonna. Qué crueldad tan gratuita.
—¿No tienes sensibilidad? —intervino Elia acercándose a ella dramáticamente—. Vas a hacer llorar a mi primo.
—Ya estoy llorando —añadió Lorenzo secándose una lágrima imaginaria.
Yo terminé riéndome tanto que casi tiro la taza.
—No pienso morir despeñada por una carretera italiana porque vuestro coche tiene nostalgia de 1974.
—Traidoras las dos —sentenció Lorenzo.
—Prácticas —corrigió Maya cogiendo las llaves del coche de alquiler.
Diez minutos después, Maya conducía felizmente mientras Elia iba sentado de copiloto dedicándole comentarios cada treinta segundos sobre que era un poco agresiva al volante mientras mi amiga le respondía que le ocurría lo mismo en otras facetas y él se ponía bizco.
Detrás íbamos Lorenzo y yo, con las ventanas abiertas y el aire cálido de la Toscana entrando constantemente al coche junto al olor de cipreses, tierra caliente y viñedos.
Maya adelantó a un tractor con una maniobra impecable.
Elia se agarró al asiento con dramatismo exagerado.
—Cielos. Eres un peligro en potencia.
—Conduzco bien.
—Conduces como alguien que lleva la discusión en la sangre. Se nota que eres abogada.
—Eso literalmente define mi personalidad.
Lorenzo se echó a reír a mi lado.
—Estoy empezando a entender por qué sois amigas desde niñas. Dais muchísimo miedo juntas.
—No, el mérito de crear ese miedo es todo de ella. Yo soy inofensiva… —le respondí.
—Claro y yo soy el maligno en persona, con tridente y rabo —rio mi amiga.
—Lo del rabo espero que no —murmuró Elia.
La carretera fue volviéndose más estrecha y verde conforme avanzábamos. Dejamos atrás pueblos pequeños, campos de olivos y varias casas de piedra escondidas entre árboles hasta que Elia señaló hacia un camino más irregular.
—Aquí.
Maya frenó despacio.
—Vosotros lo que queréis es llevarnos al huerto —comentó ella.
—¿Al huerto? No entiendo —contestó Elia.
—Mejor que no la entiendas —opiné.
El lugar al que nos llevaron parecía salido de un cuadro.
Había una zona de bosque abierta entre colinas, un río pequeño de agua transparente atravesando piedras lisas y varios árboles enormes proyectando sombras frescas sobre la hierba.
Más arriba se veía un viejo puente de piedra cubierto parcialmente por vegetación.
Me quedé quieta unos segundos simplemente mirando alrededor.
—Esto no puede existir de verdad.
Lorenzo sonrió observándome.
—La Toscana tiene muchos sitios que parecen inventados.
Pasamos buena parte de la mañana caminando junto al río.
Elia llevaba la cámara encima y no dejaba de hacer fotos a absolutamente todo; árboles, flores, Maya discutiendo con una señal en un tronco que estaba grabada al revés y hasta Lorenzo cuando se agachó a coger una piedra “con textura artística”, según él.
Maya terminó persiguiendo a Elia colina abajo después de que sacara una foto suya bostezando.
—¡Bórrala!
—¡Es arte documental!
—¡Es terrorismo visual!
Corrían entre los árboles gritando en español e italiano mientras Lorenzo y yo los observábamos muertos de risa.
—Tu amiga tiene la energía de un huracán —comentó él.
—Tu primo tampoco parece precisamente estable.
—Eso viene de familia.
Seguimos caminando nosotros dos algo más despacio mientras las voces de Maya y Elia se alejaban entre risas.
Hablar con Lorenzo empezaba a resultarme muy agradable y sencillo.
Demasiado.
Le conté cosas sobre mi trabajo, sobre mi padre, sobre cómo mi madre siempre terminaba adoptando emocionalmente a cualquier amigo mío que apareciera dos veces por casa.
Él me habló de la academia de pintura que había intentado montar años atrás, de la obsesión de su nonna por las telenovelas españolas y de cómo aprendió castellano viendo películas antiguas dobladas fatal.
—Por eso hablo raro a veces —admitió—. Aprendí algunas expresiones de señoras dramáticas.
—Eso explica muchísimo.
Lorenzo se rio justo antes de detenerse junto al río.
El agua brillaba entre las piedras con un color casi verde bajo la luz del mediodía.
Entonces Elia apareció otra vez saliendo de entre los árboles con Maya detrás.
—Hace calor —anunció él—. Toca bañarse.
Maya se apartó el pelo de la cara inmediatamente.
—Idiota el último.
Yo los miré horrorizada.
—Ni de coña.
—Vera, el agua está increíble —insistió Maya.
—Y yo no pienso mojarme la ropa.
Elia abrió los brazos.
—Problema solucionable.
—No.
—Entonces quítatela —replicó Maya con absoluta naturalidad mientras empezaba a desabrocharse la camisa entre risas.
Me quedé mirándola.
—Maya.
—¿Qué?
—¿Qué haces?
—Vivir, Vera. Pruébalo un día.
Lorenzo se estaba muriendo de risa a mi lado mientras ella seguía desnudándose sin el más mínimo pudor. Primero la camisa. Después los pantalones cortos.
Elia empezó a ponerse literalmente bizco de nuevo.
— Madonna santa.
—Compórtate —le advirtió Lorenzo.
—Estoy intentando sobrevivir.
—Maya, estás fatal —solté yo entre carcajadas y vergüenza ajena.
Ella me señaló triunfalmente mientras se quedaba en ropa interior, completamente orgullosa de sí misma.
—¿Ves? Problema resuelto.
Elia se llevó una mano al corazón.
—Necesito decir algo que esté a la altura de semejante belleza inmediatamente.
—Necesitas hidratarte —replicó ella.
Luego salió corriendo hacia el río y se lanzó al agua con un grito que resonó entre los árboles.
Elia fue detrás sin pensárselo dos veces.
Yo me doblé de risa junto a Lorenzo viendo cómo chapoteaban como dos adolescentes completamente descontrolados.
—Tu amiga va a destruir emocionalmente a mi primo —comentó él.
—Tu primo parece encantado de ser destruido.
Nos quedamos observándolos desde la orilla mientras se perseguían dentro del agua lanzándose salpicaduras y gritando en varios idiomas.
Y entonces Lorenzo me miró de reojo.
—¿Segura de que no quieres entrar?
Negué inmediatamente.
—Soy demasiado vasca para estas cosas.
—Eso no significa nada.
—Significa que me da vergüenza.
Él sonrió apenas.
—A ti te da vergüenza casi todo lo que no puedes controlar un poco.
La frase me hizo mirarlo directamente.
No sonaba cruel.
Ni crítica.
Solo cierta.
Suspiré.
—Puede ser.
Lorenzo se sentó sobre una piedra plana cerca del agua.
—No tienes obligación de parecerte a Maya.
—Ya lo sé.
—Y ella tampoco a ti.
Observé a mi amiga reír dentro del río mientras Elia intentaba cargarla al hombro y acababa hundiéndose medio metro con ella encima.
—Siempre ha sido así —murmuré—. Valiente. Impulsiva. Yo soy más… lenta.
—No. Tú piensas antes de lanzarte.
—Mario solía decir que yo pensaba demasiado.
Lorenzo frunció ligeramente el ceño.
—¿Mario?
—Mi ex.
No sé por qué se lo conté.
Quizás porque aquel lugar volvía las conversaciones más fáciles.
—Decía que yo era poco arriesgada. Que incluso enamorada parecía medir las cosas antes de sentirlas.
Lorenzo permaneció callado unos segundos mirando el agua.
—Quizás simplemente necesitas confiar mucho para soltarte.
La suavidad de aquella frase me dejó sin defensa.
Antes de que pudiera responder, Maya nos gritó desde el río.
—¡Vera! ¡Ven ya!
—¡No!
—¡Cobarde!
—¡Demandadme!
Elia apareció entonces medio empapado señalándome.
—Tu amiga tiene razón.
—Tú cállate y ponte bizco, que se te da genial.
Maya soltó una carcajada tan fuerte que casi volvió a caerse al agua.
Pasamos el resto del día allí. Comimos fruta tumbados sobre mantas, bebimos vino frío directamente de vasos de plástico y caminamos descalzos junto al río mientras el sol iba desplazándose lentamente sobre las colinas.
En algún momento terminé metiendo los pies en el agua junto a Lorenzo mientras Maya dormía apoyada sobre Elia bajo un árbol.
—Estás distinta hoy —murmuró él.
Miré el paisaje antes de responder.
Y era verdad.
Lo estaba.
No porque hubiera desaparecido el dolor.
Mi madre seguía faltándome cada minuto del día.
Pero allí, entre risas, agua fría, caminos de tierra y aquella sensación extraña de libertad improvisada, conseguía respirar sin que el pecho pesara tanto.
Cuando empezó a anochecer volvimos agotados a la villa.
Maya conducía descalza, despeinada y feliz, con Elia dormido medio inclinado sobre su hombro después de haber bebido demasiado vino y demasiado sol.
Detrás, Lorenzo y yo permanecíamos en silencio.
Pero era un silencio distinto.
Cómodo.
Ligero.
Miré por la ventanilla las últimas luces cayendo sobre la Toscana y pensé que hacía muchísimo tiempo que no terminaba un día cansada por haberme reído tanto.