Lo que casi destruimos Capítulo 11
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Capítulo 11

Aquella noche Lorenzo apareció cargado con bolsas de comida, dos botellas de vino y otro chico tan típicamente italiano que Maya me miró nada más abrir la puerta y murmuró:

—Esto ya empieza a parecer tráfico internacional de bohemios atractivos.

El otro soltó una carcajada inmediata.

— Piacere . Soy Elia Bellandi.

Era más alto incluso que Lorenzo, con el pelo oscuro algo más corto, barba de tres días perfectamente descuidada y unos ojos miel que parecían estar constantemente a punto de meterse en problemas.

Vestía una camisa negra remangada y llevaba una cámara antigua colgada al cuello, aunque eran casi las nueve de la noche.

—No me juzguéis —se defendió al verme mirarla—. Soy fotógrafo. Si no llevo la cámara encima, me siento desnudo y mi nonna dice que escandalizo al vecindario.

—¿Tu abuela dice eso? —le preguntó Maya mientras lo dejaba entrar.

—No, porque falleció, pero sigo teniendo miedo de decepcionarla. Soy primo de Lorenzo, como ya habréis imaginado por mi apellido.

Hablaban en nuestro idioma con menos corrección que su primo, pero en su defensa diré que se defendía bastante bien.

Maya soltó una risa tan sincera que Elia la señaló inmediatamente.

—Vale. Tú eres la peligrosa del grupo.

—Y tú demasiado rápido captando perfiles.

—Es deformación profesional. Fotografío bodas. Sobrevivo identificando divorcios futuros antes del postre.

Lorenzo pasó junto a nosotros cargado con bolsas de verduras y pan.

—No le hagáis mucho caso. Habla demasiado porque tiene miedo del silencio.

—Y tú cocinas demasiado porque tienes miedo de las emociones —replicó Elia.

—Perfecto —murmuró Maya entrando en la cocina—. Dos italianos traumados. La noche promete.

La villa empezó a llenarse enseguida de ruido, música y olor a comida.

Lorenzo se puso a preparar pasta fresca con una concentración casi religiosa mientras Elia abría vino y contaba historias tronchantes sobre turistas americanos que le pedían “fotos espontáneas” después de posar cuarenta minutos delante de una fuente.

Yo terminé sentada sobre la encimera observándolos a los tres mientras hablaban mezclando italiano y castellano a una velocidad imposible. Maya parecía completamente integrada ya en aquel caos mediterráneo. Gesticulaba, discutía y se reía tanto que tuve la sensación extraña de verla más niña.

Y yo también me sentía distinta.

Más ligera.

No feliz exactamente. Todavía había momentos en los que mi madre aparecía de golpe en mitad de cualquier pensamiento y me dejaba sin aire durante unos segundos.

Pero allí, en aquella cocina iluminada por lámparas cálidas, con vino italiano, música alegre sonando de fondo y Lorenzo moviéndose entre fogones mientras discutía con su primo sobre si el parmesano era o no “arte”, las preocupaciones parecían quedarse un poco más lejos.

Elia se acercó a mí con dos copas en la mano.

—Necesitas beber más.

—¿Es un consejo?

—Sin duda.

Me tendió una copa y luego se apoyó junto a mí mirando a Lorenzo.

—Mi primo no cocinaba así desde hace mucho.

—¿Ah, no?

Elia negó lentamente.

—Desde que murió la nonna , la casa se volvió demasiado grande para él. Cocina menos cuando está triste.

Aquella frase me tocó de inmediato.

Miré a Lorenzo sin que él se diera cuenta. Estaba de espaldas amasando pasta con las mangas remangadas y el pelo algo despeinado, concentrado en algo tan sencillo y doméstico que resultaba tentador imaginarlo formando parte de una vida.

Y eso me asustó un poco.

Maya apareció entonces a nuestro lado robándole directamente la copa a Elia para probarla.

—Madre mía, esto entra solo.

—Esa frase precede siempre a decisiones lamentables —opinó él.

—Hablas con una abogada. Mis decisiones lamentables tienen matrícula propia.

Elia rio tanto que casi se atraganta.

La cena terminó alargándose durante horas.

Comimos pasta fresca con salsa de tomates asados y burrata , pan recién horneado, aceitunas aliñadas por la vecina de Lorenzo y un tiramisú que, según él, “curaba males espirituales menores”.

El vino siguió apareciendo botella tras botella mientras la conversación saltaba de un tema a otro con una facilidad que enganchaba.

Hablamos de Italia, de San Sebastián, de Derecho, de arte, de películas antiguas y de música. Elia terminó enseñándonos fotografías en blanco y negro tomadas en pueblos pequeños de la Toscana y Maya acabó completamente fascinada por una serie de retratos de ancianas de la zona fumando en balcones.

—Quiero ser amiga de todas estas mujeres —declaró.

—Te destruirían psicológicamente en una tarde —aseguró Elia.

—Perfecto. Ya me siento en casa.

En algún momento Lorenzo puso música más animada y empezó a sonar una canción italiana que los dos primos conocían perfectamente.

Elia le tendió una mano exageradamente elegante a Maya.

— Signorina abogada peligrosa.

Maya levantó una ceja.

—¿Me estás invitando a bailar o a delinquir?

—Todavía no lo sé.

Ella aceptó inmediatamente.

Yo los observé desde la mesa con una sonrisa creciente mientras empezaban a bailar por el salón entre risas y pasos improvisados. Maya tenía esa capacidad de lanzarse a las cosas sin pensarlas demasiado. Siempre la había tenido. Era impulsiva, valiente, escandalosamente viva.

Yo no.

Nunca lo fui.

Lorenzo se acercó entonces a mí con otra copa de vino.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Bailas o estás en huelga?

Solté una risa pequeña.

—Bailo fatal.

—Eso en Italia no importa. Aquí la gente baila aunque tenga dos pies izquierdos.

Me tendió la mano.

Y, contra todo pronóstico, la acepté.

Empezamos despacio, casi jugando, moviéndonos por el salón mientras Maya y Elia discutían a dos metros sobre todo lo que se les ocurría. Disfrutaban picándose y se retaban por todo.

Lorenzo bailaba muy cerca, pero sin invadirme nunca. Había algo en él tremendamente intuitivo. Notaba cuándo acercarse y cuándo dejar espacio.

—Piensas demasiado —murmuró en un momento dado.

Le miré con una sonrisa cansada.

—Llevo toda la vida haciéndolo.

—Y también llevas toda la vida intentando controlar todo lo que sientes.

La frase me sorprendió.

—Eso ha sonado demasiado preciso.

Lorenzo se encogió ligeramente de hombros.

—Los artistas vivimos observando gente. Es deformación profesional.

Bajé la vista un instante hacia nuestras manos.

Mario decía algo parecido sobre mi necesidad de control.

Mi último novio.

Siempre repetía que yo era demasiado prudente para todo. Poco arriesgada. Que incluso enamorada parecía medir las emociones antes de entregarlas. Y quizás tenía razón. Maya se lanzaba a la vida de cabeza; yo siempre necesitaba comprobar antes dónde podía romperme.

Lorenzo debió notar algo en mi expresión porque suavizó inmediatamente el gesto.

—No lo decía como crítica.

—No, no pasa nada…

—A veces las personas cuidadosas solo han tenido demasiadas cosas que perder.

Aquello me dejó muda unos segundos.

Porque, por desgracia, entendía perfectamente lo que quería decir.

Seguimos bailando mientras las luces cálidas del salón bañaban la casa de una tranquilidad casi irreal. Afuera la Toscana se había llenado de grillos y aire tibio. Dentro olía a vino, café y postre.

Y cuando me di cuenta de que Maya ya no estaba discutiendo con Elia fue porque escuché una carcajada distinta al otro lado de la terraza.

Giré la cabeza.

Ellos estaban fuera.

Besándose.

Me quedé mirándolos dos segundos antes de empezar a reírme tanto que casi se me cae la copa.

—No puede ser.

Lorenzo miró hacia la terraza y soltó una carcajada todavía mayor.

— Madonna . Mi primo trabaja rapidísimo.

—Maya también.

—Entonces es una combinación científicamente explosiva.

Seguimos riéndonos apoyados el uno contra el otro mientras fuera Maya le agarraba la cara a Elia con total falta de vergüenza y él parecía encantado de perder la dignidad italiana.

—Esto ha escalado muchísimo en una noche —murmuré.

—La Toscana tiene reputación por algo.

Todavía seguíamos sonriendo cuando Lorenzo se acercó un poco más a mí durante el baile. Despacio. Sin brusquedad. Su mano descansó con suavidad sobre mi cintura y luego inclinó apenas la cabeza hacia mi cuello.

El beso fue mínimo.

Casi un roce cálido junto a mi piel.

Nada invasivo. Nada exigente.

Solo una caricia lenta que me erizó entera.

Cerré los ojos un instante, sorprendida por la calma que sentí en vez de miedo.

Lorenzo se apartó apenas unos centímetros después.

Lo suficiente para dejarme espacio.

Lo suficiente para preguntarme sin palabras.

Y yo, por primera vez en muchísimo tiempo, no sentí necesidad de salir corriendo de algo bonito antes de que pudiera dolerme.