Lo que casi destruimos Capítulo 10
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Capítulo 10

A la mañana siguiente me desperté con olor a pan dulce.

Durante unos segundos no entendí dónde estaba.

Abrí los ojos despacio, desorientada por la luz cálida que entraba por las contraventanas verdes, por el sonido lejano de los pájaros y por aquella calma extraña que no se parecía en nada a San Sebastián.

Luego vi los viñedos al otro lado de la ventana, las colinas extendiéndose bajo el sol suave de la Toscana y recordé.

La villa.

Italia.

Maya durmiendo en la habitación de al lado.

Mi madre, todavía en todas partes.

Me levanté con el cuerpo pesado, pero sin la misma sensación de ahogo de los días anteriores.

Me puse unos pantalones claros, una camisa de lino y bajé descalza por la escalera, siguiendo aquel aroma que parecía tirar de mí con una amabilidad peligrosa.

Al llegar a la cocina encontré a Lorenzo en la puerta abierta del patio, con una bolsa de papel en una mano y una sonrisa tranquila en la cara.

— Buongiorno , Vera.

Me quedé parada a mitad de la cocina, todavía medio dormida.

—¿Tú apareces siempre con comida?

—En Italia aparecer sin comida es mala educación —respondió, entrando con naturalidad—. He traído cornetti, schiacciata dulce y unas galletas de almendra que hace una señora del pueblo. Si no te gustan, mentirás por cortesía. Pero estarás loca de remate, porque a todos nos fascinan.

Sonreí mientras me acercaba a la cafetera.

—Maya sigue dormida.

—Maya parece una mujer que necesita dormir diez horas y discutir once.

—Has captado su esencia muy rápido.

Lorenzo dejó la bolsa sobre la mesa y empezó a sacar pequeños paquetes envueltos en papel blanco.

Olía a mantequilla, azúcar, limón y algo tostado.

Yo preparé café con una cafetera italiana que encontré junto a los fogones, torpe al principio, hasta que él se acercó a corregirme con mucha prudencia.

— Permesso?

Le dejé espacio.

—En mi defensa, soy española. Hago café, pero no bajo supervisión italiana.

—Entonces hoy aprendemos una cosa importante —comentó, ajustando la cafetera—. El café no se maltrata. Se convence.

—Mi madre decía algo parecido de los hombres.

Lorenzo me miró un instante, con una sonrisa pequeña.

—Tu madre sabía cosas.

Aquello me tocó, pero no dolió tanto como esperaba.

Nos sentamos en la mesa de la cocina con las puertas abiertas hacia el patio.

El aire olía a lavanda, a tierra caliente y a café recién hecho.

Maya no apareció. Ni siquiera se oyó movimiento arriba.

Probablemente habría seguido durmiendo aunque un ejército florentino entrara por la ventana tocando mandolinas.

—¿Y tú qué haces exactamente cuando no rescatas extranjeras ni coches heredados? —le pregunté, partiendo un cornetto.

Lorenzo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Pinto.

—¿Pintas?

—Sí. Cuadros, murales, encargos pequeños, a veces ilustraciones para libros. También doy clases en verano a turistas que quieren pintar cipreses y terminan haciendo borradores de árboles que parecen espárragos tristes.

Me reí antes de poder evitarlo.

—Eso ha sido cruel.

—Fue descriptivo.

Tomó un sorbo de café y miró hacia los viñedos con una serenidad que me resultó nueva. No era ambición domesticada ni resignación. Era otra cosa. Una forma distinta de estar en el mundo.

—No soy famoso. No tengo una galería enorme en Florencia ni esas cosas que la gente imagina. Me da para vivir, mantener la casa, viajar un poco, comer bien y comprar el material que necesito.

—¿No quieres más?

—¿Más qué?

No lo preguntó con ironía. De verdad quería saberlo.

Me quedé con el cornetto entre los dedos.

—No sé. Éxito. Dinero. Reconocimiento.

Lorenzo sonrió despacio.

—Tuve una época de querer demostrar cosas.

A mis padres, quizás. A mí. Al mundo, que siempre parece tener mucho tiempo para opinar.

Pero después mi nonna enfermó y entendí que la vida no espera a que uno gane premios para empezar a vivirla.

Pinto porque es lo que sé hacer sin volverme loco.

Vivo tranquilo. Tengo amigos. A veces, bebo un buen vino.

Poseo una casa que todavía huele un poco a ella algunas mañanas. ¿Es poco?

Negué con la cabeza.

—No. Suena bastante maravilloso.

—Es pequeño —matizó—. Pero mío.

Aquella frase se me quedó dentro.

Después de desayunar, Lorenzo insistió en enseñarme los viñedos “bien, no desde una ventana, que eso es turismo perezoso”.

Dejamos una nota para Maya en la mesa, aunque él añadió debajo un dibujo minúsculo de una mujer dormida con una toga y cara de pocos amigos.

Me hizo tanta gracia que estuve a punto de despertarla solo para que le denunciara por injurias gráficas.

Salimos caminando por el sendero que descendía entre las vides. El sol todavía no apretaba demasiado y la mañana se revestía de una claridad dorada, muy limpia, con insectos moviéndose entre la hierba y pequeñas flores silvestres abriéndose al borde del camino.

Lorenzo hablaba de la tierra con una mezcla preciosa de cariño y respeto.

Me explicó qué parcelas habían cuidado sus abuelos, qué olivos daban mejor aceite y qué vecinos se peleaban cada año por quién tenía los tomates más decentes del valle.

Yo le escuchaba, dejando que su voz me guiara por un paisaje que parecía diseñado para que el dolor bajara un poco la guardia.

—Mi madre quería venir aquí —le conté al cabo de un rato—. Veíamos películas de la Toscana y decía que algún día nos escaparíamos las dos. Quería alquilar una casa, comprar fruta en mercados, aprender recetas y fingir que hablaba italiano con mucha dignidad.

—¿Y hablaba italiano?

—Decía buongiorno con acento de señora elegante vasca.

Lorenzo sonrió de lado a lado.

—Eso en Italia abre muchas puertas.

Seguimos caminando hasta una zona algo más alta desde la que se veía la villa entre cipreses y viñedos.

Me giré para mirar el paisaje, con el viento moviéndome el pelo sobre la espalda y la camisa pegándoseme un poco a la cintura.

Le hablaba de mi madre, de su forma de organizar armarios, de cómo criticaba mi pasta y de cómo habría fingido no estar emocionada al ver aquella casa.

Tardé un rato en darme cuenta de que Lorenzo había dejado de responder.

Me volví.

Se había quedado unos pasos más atrás, sentado sobre un murete bajo de piedra, con una pequeña libreta abierta sobre las rodillas y un lápiz moviéndose con rapidez sobre el papel.

—¿Me estás pintando?

Levantó la vista con una expresión culpable muy poco convincente.

—Técnicamente, dibujando.

—Lorenzo.

—Es una diferencia artística importante.

Me acerqué con los brazos cruzados, intentando parecer ofendida y fallando bastante.

—¿Tú siempre dibujas a mujeres desprevenidas en mitad de un viñedo?

—Solo cuando se colocan delante de una luz perfecta.

—Eso suena a excusa ensayada.

—Soy artista. Ensayo excusas desde niño.

Me enseñó la libreta antes de que pudiera pedírselo.

El dibujo era rápido, solo líneas y sombras suaves, pero me reconocí de inmediato.

No por los rasgos exactos, sino por algo más difícil.

La postura. El pelo largo movido por el viento.

La cabeza ligeramente girada hacia las colinas.

Una tristeza serena que no me pareció fea.

Me emocioné sin querer.

—Me has hecho bonita.

Lorenzo me miró con una dulzura que me desarmó.

—No. Solo te he reflejado.

Aparté la vista hacia los viñedos, respirando despacio para no llorar otra vez.

—Eres demasiado italiano.

— Grazie.

Regresamos a la villa como una hora después. Maya estaba en la cocina con el pelo aplastado por un lado, mi nota en una mano y el dibujo de la mujer con toga en la otra.

—Estupendo —anunció al vernos entrar—. Pensaba que el bohemio había secuestrado a mi amiga para convertirla en musa rural y resulta que encima me insulta en papel.

Lorenzo se llevó una mano al pecho.

—Era homenaje, no insulto.

—Era prueba documental.

Le miré, todavía con una sonrisa que no conseguía borrar del todo.

Maya reparó en ella.

Y entonces su expresión cambió apenas un poco. No soltó nada sentimental, gracias a Dios, porque habría sido impropio de ella antes del café. Pero lo entendió. Vio que yo había vuelto distinta de aquel paseo. No curada. No feliz del todo. Pero más aliviada.

—Lorenzo —propuso, dejando la nota sobre la mesa—, esta noche vuelves a cocinar para nosotras.

Él arqueó las cejas.

—¿Es invitación o amenaza?

—En mi caso, ambas cosas suelen parecerse mucho.

—Entonces acepto.

Maya señaló la cafetera con autoridad.

—Y trae postre. Vera necesita pasta, vino y un italiano que le dé caña.

—Maya —protesté, muerta de vergüenza.

Ella me guiñó un ojo.

—Calla. Estoy gestionando tu recuperación emocional con recursos locales.

Lorenzo rio mientras me miraba de reojo, y yo, contra todo pronóstico, volví a reírme también.

La Toscana no había borrado nada.

Pero aquella mañana había conseguido algo inesperado.

Me había recordado que aún podía sentir algo parecido a la luz.