Lo que casi destruimos Capítulo 9
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Capítulo 9

Aquella misma tarde salimos a caminar por los alrededores de la villa con la intención oficial de despejarnos y la intención real de impedir que yo me quedara encerrada llorando en una habitación preciosa de la Toscana durante mi primer día allí.

Maya llevaba unas gafas de sol enormes, una camisa blanca anudada a la cintura y esa energía suya que convertía cualquier paseo en una mezcla entre terapia y crítica social.

Yo me había recogido el pelo en una coleta alta porque el calor seguía pegado a la piel incluso cuando el sol empezaba ya a descender lentamente sobre las colinas, tiñendo los viñedos de tonos dorados y cobrizos que parecían irreales.

Todo allí era excesivamente bonito.

Las carreteras estrechas serpenteaban entre campos de olivos, cipreses y pequeñas casas de piedra cubiertas de buganvillas.

A lo lejos sonaban grillos, alguna moto perdida y música italiana escapándose desde una ventana abierta.

Incluso el aire parecía distinto, más lento, más cálido, como si las horas no corrieran exactamente igual que en San Sebastián.

—Tu madre se habría comprado una casa aquí después de dos copas de vino —me comentó Maya mientras caminábamos junto a un viñedo.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Y luego habría descubierto que no sabía hablar italiano y habría intentado sobrevivir a base de sonrisas y gestos dramáticos.

—Sinceramente, creo que habría funcionado.

Seguimos andando entre caminos estrechos bordeados de lavanda hasta que empezamos a escuchar un ruido extraño unos metros más adelante. Algo entre tos metálica y protesta mecánica.

Entonces lo vimos.

Un coche vintage verde oscuro estaba detenido al borde del camino con el capó levantado y Lorenzo inclinado sobre el motor mientras soltaba una retahíla rapidísima en italiano que sonaba demasiado elegante incluso para maldecir.

Maya soltó una carcajada inmediata.

—No puede ser verdad. El italiano buenorro tiene además coche de película. De película de época, pero de película.

Lorenzo levantó la cabeza al escucharnos y sonrió nada más reconocernos.

— Madonna , menos mal. Necesito apoyo moral o gasolina emocional. Todavía no estoy seguro.

El coche era precioso. Un Fiat 124 Spider antiguo, con el cuero color coñac algo desgastado y una estética tan cinematográfica que parecía colocado allí por un director de cine obsesionado con las metáforas visuales.

—Por favor, dime que esto también era de tu abuela —dijo Maya cruzándose de brazos.

Lorenzo suspiró teatralmente.

—Todo lo bueno en mi vida era de mi nonna .

Luego acarició el techo del coche con resignación cariñosa.

—Y todo lo que me arruina también.

Me acerqué un poco más mientras él volvía a inclinarse sobre el motor.

—¿Qué le pasa?

—Creo que solo está enfadado conmigo. A veces lo hace cuando lleva unos días parado.

—Eso no es una avería. Es un matrimonio largo —opinó Maya.

Lorenzo rio.

—Exactamente.

Observé el motor unos segundos y fruncí ligeramente el ceño.

—Mi padre tenía un coche vintage en el garaje, lo sacaba a veces para las concentraciones —murmuré casi sin pensar—. A veces el problema era una tontería con los cables de batería.

Lorenzo levantó la vista hacia mí inmediatamente.

—¿Sí?

Me agaché un poco junto a él y aparté un cable con cuidado.

—Espera… esto está flojo.

Lorenzo se acercó todavía más mientras yo recolocaba la conexión.

— Aspetta … sí. Sí, puede ser eso.

Maya nos observaba apoyada contra el coche con expresión divertida.

—Estoy viendo a dos personas atractivas compartiendo tensión sexual sobre un motor italiano y sinceramente me parece ofensivo que yo esté aquí sobria.

—Maya —murmuré sin levantar la cabeza.

—¿Qué? Estoy ambientando.

Lorenzo soltó una risa baja antes de probar el contacto otra vez.

El coche arrancó de inmediato con un rugido precioso y antiguo que hizo que él sonriera ampliamente.

—Vera Salvatierra, acabas de salvar el honor de mi nonna.

—Solo era un cable.

—No. Era destino italiano.

Puso una mano sobre el pecho fingiendo emoción extrema y yo terminé riéndome de verdad. De verdad de la buena. Hacía tanto tiempo que no me salía una risa así que me sorprendió hasta a mí misma.

Lorenzo cerró el capó y se giró hacia nosotras con decisión.

—Esto tengo que agradecerlo.

—No hace falta —le respondí enseguida.

—Sí hace falta. En Italia todo se agradece cocinando o dramatizando. Y yo ya he dramatizado bastante por hoy.

Maya levantó inmediatamente una mano.

—Aceptamos comida.

—Traidora —murmuré.

—Perdona, llevo años esperando que un italiano guapo me invite a cenar en una villa toscana. No me vas a quitar esto.

Una hora después estábamos los tres en la cocina de la villa mientras Lorenzo preparaba cena con una facilidad que rozaba lo insultante.

La ventana estaba abierta de par en par y el aire de la tarde empezaba a refrescar ligeramente.

De nuevo sonaba música italiana suave desde un altavoz pequeño, había tomates recién cortados sobre la encimera, vino abierto y olor a ajo, albahaca y aceite caliente llenándolo todo.

Lorenzo cocinaba hablando, moviéndose con tranquilidad entre fogones y cajones mientras Maya robaba aceitunas cada treinta segundos.

—El truco de la pasta no es la pasta —explicó él señalándome con una cuchara de madera—. Es la paciencia. Los turistas creen que cocinar italiano es poner queso a una cosa. Error. La pasta es religión.

—Mi madre habría estado enamorada de ti en quince minutos —murmuré sin pensar.

Lorenzo sonrió ligeramente mientras removía la salsa.

—Entonces ya la quería bien.

La frase me golpeó de forma inesperada.

Maya debió notarlo porque cambió de tema rápidamente.

—¿Siempre has vivido aquí?

Lorenzo apoyó una cadera contra la encimera mientras esperaba que hirviera el agua.

—Casi siempre. Me crie con mis abuelos.

Algo cambió ligeramente en su voz al decirlo.

—¿Y tus padres? —le pregunté con suavidad.

Él cogió una botella de vino y llenó nuestras copas antes de responder.

—Australia.

Maya y yo intercambiamos una mirada rápida.

—¿Australia? —repitió ella.

Lorenzo asintió.

—Se fueron cuando yo era muy pequeño. Mi padre consiguió trabajo allí y prometieron volver por mí cuando estuvieran instalados. Mi nonna decía siempre que la intención era verdadera al principio… pero luego la vida empezó a pasar y dejaron de volver.

Lo contó sin dramatismo. Sin resentimiento visible. Y quizás por eso resultó todavía más triste.

—¿Nunca regresaron? —le pregunté.

Lorenzo negó despacio.

—Venían alguna vez. Llamaban. Mandaban regalos caros por Navidad porque la culpa hace esas cosas. Pero mis abuelos fueron quienes me criaron realmente.

Sirvió la pasta en una fuente grande antes de continuar.

—Mi nonno murió cuando yo era niño y entonces nos quedamos solos mi nonna y yo en esta casa. Ella cocinaba, gritaba muchísimo viendo fútbol y decía palabrotas elegantes cuando estaba enfadada. Era imposible no quererla.

Sonreí con la copa entre las manos.

—Te pareces mucho a ella cuando hablas.

Lorenzo me miró apenas un segundo antes de sonreír también.

—Eso es probablemente el mejor cumplido que me han hecho nunca.

Hubo algo en aquella conversación que me tocó muy adentro. Quizás porque entendía demasiado bien lo que era crecer alrededor de una persona que terminaba convirtiéndose en el centro emocional absoluto de tu vida. Quizás porque yo también acababa de perder a la mía.

—¿Y ella? —le pregunté con cuidado—. ¿Hace mucho que murió?

La sonrisa de Lorenzo se suavizó inmediatamente.

—Un año.

El pecho se me encogió.

Él bajó un momento la vista hacia la mesa antes de seguir hablando.

—La casa se quedó rarísima después. El silencio parecía más grande que las habitaciones. Por eso empecé a alquilarla algunas temporadas. Me hacía menos daño verla viva.

Noté un nudo subir lentamente por mi garganta.

Porque entendía exactamente lo que quería decir.

Maya también debió darse cuenta de algo entre nosotros porque permaneció callada unos segundos observándonos con discreción.

—Yo perdí a mi madre hace unas semanas —murmuré finalmente.

Lorenzo levantó la vista hacia mí con muchísima suavidad.

—Lo siento mucho, Vera.

Y esa vez no sonó a pésame automático. Sonó a alguien que sabía perfectamente lo que estaba diciendo.

Bajé la mirada hacia el plato intentando ordenar las emociones que me recorrían el pecho.

—Todavía entro en sitios pensando que voy a llamarla después para contárselo.

Lorenzo asintió muy despacio.

—Eso tarda bastante en irse.

La honestidad de aquella frase me enterneció de una manera peligrosa.

Porque no intentó arreglarlo.

No dijo que el tiempo curaba todo ni ninguna de esas palabras que la gente repetía cuando no sabía qué hacer con el dolor ajeno.

Simplemente entendió.

Y quizás por eso, sentada en aquella cocina italiana iluminada por luces cálidas, con Maya robando pan mientras discutía sobre jurisprudencia europea sin venir a cuento y Lorenzo Bellandi sirviendo pasta como si estuviera repartiendo algo importante, sentí que todavía existían lugares donde el mundo podía parecer amable.