Lo que casi destruimos Capítulo 8
17%

Capítulo 8

Unos días después, Maya y yo nos marchamos a Italia con dos maletas tan grandes que en el aeropuerto nos miraban con ese gesto que se reserva para las personas incapaces de viajar ligero.

—Vera —dijo Maya, plantada frente a mi equipaje mientras yo intentaba colocarlo sobre la báscula sin que pareciera una mudanza internacional—, ¿eres consciente de que te vas a la Toscana, no a colonizar un continente?

La miré muy seria, con el pelo recogido de cualquier manera y unas ojeras que ningún corrector del mundo habría podido negociar con dignidad.

—Voy para varios meses.

—Ya, pero ahí dentro podría ir una familia de cuatro miembros con perro pequeño.

La señalé despacio.

—¿Perdona? ¿Y me lo dices tú?

Ella siguió mi dedo, le echó un vistazo a su propio equipaje y tuvo la decencia de no defenderse durante dos segundos.

—La mía es distinta.

—Claro. La tuya está sujeta a jurisdicción propia.

—Vale, yo solo voy una semana, pero soy una mujer previsora.

—Tú eres una hipócrita con ruedas.

Maya soltó una carcajada tan limpia que, durante un instante breve y extraño, la vida volvió a parecer algo parecido a la alegría.

No se arregló nada. Mi madre seguía muerta, Alexis seguía al otro lado de una denuncia que Maya acababa de presentar y Dante Aldecoa ocupaba un lugar oscuro en mi cabeza, entre sospecha, rabia y recuerdos desagradables.

Pero aquella risa en mitad del aeropuerto, con dos maletas XXL y un café malísimo esperándonos antes del embarque, me dio una tregua pequeña.

El viaje transcurrió en una especie de cansancio luminoso.

Maya trabajó parte del vuelo con el portátil abierto, revisando notas, fechas y documentos mientras murmuraba cosas sobre diligencias, falsedad, estafa y queja disciplinaria con la misma naturalidad con la que otras personas comentaban el menú del avión.

Yo, que compartía con ella esos términos en mi día a día, miré por la ventanilla casi todo el tiempo, viendo cómo las nubes se extendían bajo nosotras y pensando en mi madre.

En la ilusión que le habría hecho aquel viaje.

En todas las películas que habíamos visto juntas sobre mujeres que alquilaban casas en la Toscana, aprendían a cocinar comida rica de allí, lloraban mirando viñedos y terminaban pronunciando frases importantes bajo una luz dorada imposible.

Al aterrizar, el aire italiano nos recibió con una calidez distinta, más seca, más envolvente, y cuando por fin recogimos el coche de alquiler y dejamos atrás el aeropuerto, empecé a sentir que algo dentro de mí se abría un poco.

La carretera avanzaba entre colinas suaves, hileras de cipreses, pueblos de piedra color miel y campos verdes salpicados de viñedos. Todo parecía pintado con una paciencia antigua.

Maya conducía porque, según ella, yo tenía “cara de drama sin reflejos”, y fui incapaz de discutírselo porque llevaba media hora emocionándome con cada curva.

—Tu madre habría montado una película entera con esto —comentó ella, bajando un poco la ventanilla.

Tragué saliva.

—Habría dicho que aquí hasta las piedras tienen buen gusto.

—Y luego habría criticado tu pasta.

—Sin piedad.

Maya sonrió, y esa vez no intenté contener del todo las lágrimas.

La villa que había alquilado estaba a las afueras de un pueblo pequeño cerca de Siena, rodeada de viñedos, olivos y una hilera de cipreses que subía por el camino de entrada con una elegancia casi teatral.

La encontré por casualidad, una noche en la que no podía dormir, buscando casas con la compulsión de quien necesita escapar antes de romperse del todo. En las fotos ya parecía preciosa, pero verla de verdad me dejó sin palabras.

Era una casa de piedra clara, con contraventanas verdes, tejado rojizo y una terraza cubierta por una parra que proyectaba sombras suaves sobre una mesa larga de madera.

Había macetas de romero, lavanda y geranios junto a la puerta, una pequeña piscina al fondo y, más allá, viñedos extendiéndose por la ladera hasta perderse en una línea de colinas azuladas.

El aire olía a tierra caliente, a plantas aromáticas y a algo dulce que no supe identificar.

—Vera —susurró Maya, bajando del coche con los ojos muy abiertos—. Esto no es una casa. Esto es una respuesta a una crisis emocional en toda regla.

No pude evitar reírme.

Entonces apareció él.

Salió por la puerta principal con unas llaves en la mano y una sonrisa tan abierta que por un momento pareció formar parte natural del paisaje.

Tendría unos treinta y tantos, pelo castaño algo largo, ondulado, cayéndole de manera despreocupada alrededor de la cara, ojos verdes muy claros y ese aire bohemio de quien había leído mucho, viajado más y aprendido a no tener prisa.

Llevaba una camisa blanca remangada, pantalones de lino y unas alpargatas que en otro hombre habrían parecido ridículas; en él, por desgracia para mi estabilidad mental, quedaban insultantemente bien.

— Benvenute —saludó, acercándose con una educación encantadora—. Tú debes ser Vera. Yo soy Lorenzo Bellandi.

Su castellano tenía acento italiano, pero era sorprendentemente bueno. Musical, cálido, con pequeñas torpezas que lo hacían todavía más agradable.

—Sí. Encantada.

Me tendió la mano y, al estrechársela, noté que Maya me miraba con una ceja levantada a mi lado, ya preparada para hacer comentarios indecentes en cuanto él se diera la vuelta.

—Y tú eres Maya, ¿verdad? La amiga que se quedará unos días.

Maya sonrió.

—Esa misma y la supervisora de que Vera no se instale en una casa con goteras emocionales.

Lorenzo rio con suavidad.

—Aquí goteras no tenemos. Emocionales, no puedo prometer. La Toscana hace cosas raras al corazón, ¿sabes? Es peligrosa para las personas que piensan mucho.

—Entonces hemos venido al sitio correcto —murmuró Maya.

Lorenzo nos enseñó la casa con una hospitalidad exquisita.

La cocina era amplia, con vigas de madera en el techo, azulejos pintados a mano y una mesa central donde ya había dejado pan, aceite, tomates, queso pecorino y una botella de vino local.

El salón tenía sofás claros, estanterías llenas de libros en italiano, francés y español, y una chimenea antigua que, según él, funcionaba perfectamente en las noches frescas.

Las habitaciones daban a los viñedos, y la mía tenía una ventana enorme desde la que se veía la luz cayendo sobre las colinas.

—Esta era la casa de mi nonna —explicó Lorenzo mientras abría las contraventanas—. Ahora vivo más cerca del pueblo, pero no quería venderla. Es una casa para ser disfrutada.

Aquella frase me tocó en un lugar delicado.

—Mi madre habría adorado esto.

Lorenzo me miró con una delicadeza inesperada.

—Entonces espero que tú la puedas querer también. Por ella y por ti.

Maya, que no solía emocionarse delante de extraños, fingió mirar las vistas con demasiado interés.

Cuando bajamos de nuevo a la cocina, saqué del bolso la carpeta con la documentación del alquiler.

—Supongo que firmamos el contrato y te hago la transferencia pendiente.

Lorenzo negó con una sonrisa tranquila.

—La transferencia cuando puedas. Y contrato… no hace falta tanta ceremonia.

Parpadeé.

—¿Cómo que no hace falta?

—Es mi casa familiar, sí, pero también es una casa sencilla. Tú necesitas estar aquí. Yo lo veo. Y alguien con esa sonrisa no me va a engañar.

Maya se giró hacia él con expresión de abogada escandalizada.

—Lorenzo, soy jurista y acabas de provocarme una arritmia contractual.

Él rio, levantando las manos.

—Perdón, perdón. Podemos hacer papeles si la abogada lo necesita para dormir. Pero yo confío en Vera.

Me quedé mirándolo, desarmada por una confianza tan fácil justo cuando venía de una traición tan grande.

—No deberías confiar tan rápido en la gente.

Lorenzo inclinó un poco la cabeza, con los ojos verdes llenos de una amabilidad serena.

—Quizás no. Pero a veces una casa sabe antes que uno quién debe entrar.

Maya dejó escapar un suspiro dramático.

—Maravilloso. Hemos alquilado una villa con dueño poeta. Esto se nos va a complicar, Vera.

Y mirando aquella cocina bañada por la luz dorada de la Toscana, con mi amiga a punto de adoptar legalmente a un italiano guapísimo solo para discutirle las cláusulas, sentí que quizás respirar lejos de casa no iba a curarme.

Pero podía empezar a salvarme.