Lo que casi destruimos Capítulo 7
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Capítulo 7

Incorporarme a mi puesto en el juzgado tras los días libres por la muerte de mi madre fue una especie de castigo práctico que nadie me había impuesto y que, aun así, tuve que cumplir.

Entré aquella mañana con la chaqueta todavía húmeda por la lluvia fina de San Sebastián, el bolso colgado del hombro y una sensación extraña de estar ocupando mi propio cuerpo por pura costumbre.

Todo seguía igual. Los pasillos, las voces, las puertas abriéndose y cerrándose, el ruido de expedientes, impresoras y pasos acelerados.

La vida administrativa tenía esa crueldad discreta: nada se detenía porque una madre hubiera muerto, porque una casa se hubiera convertido en sospecha o porque una hija hubiera descubierto una escritura escondida entre camisones.

Me senté en mi mesa, encendí el ordenador y miré la pantalla sin leer absolutamente nada.

Había diligencias pendientes, notificaciones preparadas, una pila de asuntos que en otro momento me habrían dado una tranquilidad cotidiana.

Orden, plazos, procedimientos. Mi refugio habitual.

Pero aquella mañana todo me pareció ajeno.

—Tienes cara de querer prenderle fuego al edificio —me comentó Ezequiel desde la mesa de enfrente.

Levanté la vista hacia él con dificultad. Ezequiel era de esos compañeros que siempre parecían llevar el mar metido en la cabeza. Tenía una calma rara, una barba descuidada y la costumbre de hablar de su velero pequeño con la misma pasión con la que otras personas hablaban de sus hijos.

—No me des ideas —murmuré.

Él sonrió apenas, pero enseguida suavizó el gesto.

—Lo siento mucho, Vera. Lo de tu madre.

Tragué saliva, cansada de agradecer pésames y, aun así, incapaz de no hacerlo.

—Gracias.

Ezequiel dudó un momento antes de acercarse con una carpeta en la mano.

—Te lo iba a contar la semana pasada, pero como no pudiste venir… voy a pedir una licencia no retribuida.

Aquello consiguió que le mirara con algo parecido a interés.

—¿Para qué?

—Para hacer el viaje del que tanto te he hablado.

—¿El del velero?

Se le iluminó la cara con una mezcla preciosa de miedo y felicidad.

—El del velero. Unos meses. Costa francesa, Italia, Grecia si me da la vida y el casco aguanta. Llevo años diciendo que lo haré algún día y he decidido que, si sigo esperando el momento perfecto, me jubilo aquí hablando de fotocopias compulsadas.

Le escuché con una punzada tan intensa que casi dolió físicamente.

Desaparecer.

Irse.

Borrarse durante un tiempo de todo lo conocido.

—Qué envidia —admití en voz baja.

Ezequiel apoyó la carpeta contra el borde de mi mesa.

—Pues vente. Te consigo un chaleco y te prometo que solo vomitarás los tres primeros días.

Sonreí por primera vez en mucho rato, aunque me salió triste.

—Tentador, pero creo que lo mío no es el mar abierto.

—Lo tuyo es salir de aquí un poco, Vera. Eso sí lo veo.

No respondí, pero aquella frase se quedó conmigo durante el resto de la mañana.

Dos días después quedé con Maya para cenar en un sitio pequeño cerca del centro, uno de esos restaurantes con mesas de madera, luz cálida y camareros que te dejaban llorar discretamente sobre una copa de vino sin preguntar demasiado.

Cuando llegué, ella ya estaba allí con una libreta abierta, varias fotocopias y esa expresión de abogada a punto de morder.

—Me das miedo —le dije al sentarme.

—Bien. Es el efecto que busco en general.

Me quitó el chubasquero casi a la fuerza y pidió algo caliente para las dos antes de entrar en materia.

—He revisado la escritura y he pedido nota simple.

La donación está inscrita o en trámite, tengo que confirmar el punto exacto, pero la fecha encaja con lo que viste.

También estoy preparando la denuncia penal.

Contra Alexis por posible estafa, porque si hubo engaño para conseguir que Sofía firmara, esto es gravísimo.

Y contra Dante podemos ir por falsedad documental, entre otros cargos.

Además, voy a presentar queja ante el Colegio Notarial por esta barbaridad.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿De verdad crees que puede salir adelante?

Maya me miró con una firmeza que me sostuvo mejor que cualquier silla.

—Creo que hay indicios suficientes para intentarlo, lo sabes como yo, lo ves todos los días. Y también creo que no puedes quedarte quieta esperando que ellos expliquen tranquilamente cómo tu madre, semanas antes de morir, decidió regalarle la casa a Alexis y esconder el papel en un cajón de ropa.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Me siento horrible. Esto duele mucho.

Maya levantó una ceja.

—Te sientes y lo estás, perdona que te diga. Menudas ojeras que me traes.

Me reí con una tristeza amarga, y ella alargó la mano por encima de la mesa para cogerme los dedos.

—Vera, escúchame. Esto no lo haces por venganza. Lo haces porque algo huele fatal y porque Sofía no puede defenderse. Te toca defenderla a ti.

Aquello me atravesó.

Durante unos segundos solo pude observar nuestras manos juntas.

Maya y yo no nos parecíamos en nada, pero compartíamos los mismos valores.

Yo llevaba días sintiéndome una sombra larga y agotada.

Pero allí estaba otra vez, mi hermana sin sangre, sentada frente a mí con una libreta llena de notas y la rabia perfectamente ordenada para prestármela hasta que yo pudiera sostener la mía.

—He pensado una cosa —murmuré.

—Dime.

Inspiré despacio.

—Quiero marcharme unos meses. Esto no va a ser rápido y necesito descansar.

Maya no pareció sorprenderse tanto como esperaba.

—¿Adónde?

—A la Toscana.

Su expresión cambió de inmediato, más suave.

—Con tu madre queríais ir.

Asentí, y esta vez las lágrimas llegaron sin violencia.

—Veíamos películas ambientadas allí. Siempre decía que algún día alquilaríamos una casa con vistas a viñedos, que compraríamos tomates en un mercado y que yo aprendería a cocinar pasta de verdad en vez de hacer esa cosa triste con tomate de bote.

Maya sonrió con los ojos brillantes.

—Sofía era muy de insultar tu pasta con elegancia.

—Muchísimo.

Me limpié la mejilla con los dedos.

—No quiero estar aquí, Maya. No ahora. La casa, Alexis, Dante, el juzgado…

todo me aplasta. Puedo pedir una licencia no retribuida o mirar cómo hacerlo.

Ezequiel me habló de la suya y pensé que quizás no estoy obligada a quedarme mirando cómo se hunde todo.

Volveré cuando me necesites para declarar, firmar o lo que sea. Pero necesito respirar lejos de aquí.

Maya no respondió enseguida. Bebió un poco de vino, me observó con atención y después asintió.

—Me parece una idea maravillosa.

Me quedé descolocada.

—¿Sí?

—Sí. Y además me voy contigo la primera semana.

—¿Qué?

—Que me esperes unos días. Termino lo urgente, presento lo que haya que presentar, dejo encaminada la denuncia y la queja al Colegio Notarial, y me cojo unos días libres. Te instalo en la Toscana, vigilo que no alquiles una casa con fantasmas y luego vuelvo a verme las caras con esos dos.

La miré con una emoción tan grande que me costó hablar.

—No tienes que hacer eso.

—Ya lo sé. Por eso cuenta más.

Me llevé una mano a la boca, desbordada, y Maya rodeó la mesa para abrazarme allí mismo, entre platos, copas y una camarera que fingió no vernos con una profesionalidad exquisita.

—Vas a marcharte una temporadita —me murmuró al oído—. Vas a respirar. Vas a llorar lo que tengas que llorar en un sitio precioso. Y mientras tanto, yo voy a hacer que esos dos expliquen cada firma, cada fecha y cada mentira.

Me aferré a ella con los ojos cerrados.

Y en ese preciso instante, la idea del futuro no me pareció únicamente una amenaza.

Me pareció un camino. Lejano, extraño, lleno de curvas.

Pero un camino al fin.