Capítulo 6
Salí de casa de mi madre con la escritura metida dentro del bolso y la sensación de que el suelo había cambiado de sitio bajo mis pies.
No recuerdo haber cerrado bien la puerta ni haber bajado las escaleras ni haber llegado al coche sin tropezar. Solo recuerdo el peso de aquel sobre contra mi costado, casi físico, como si las hojas fueran mucho más gruesas de lo que eran.
La rabia me empujaba hacia delante, pero la pena me iba frenando por dentro, tirando de mí con una fuerza sucia, agotadora, porque una parte de mi cabeza seguía repitiendo que aquello no podía ser cierto.
Mi madre no. Sofía no. Ella no habría donado nuestra casa a Alexis sin decirme nada, no habría firmado una escritura de esa importancia semanas antes de morir, no habría ido precisamente a la notaría de Dante Aldecoa para dejarme fuera de algo que también formaba parte de mi vida.
Conduje hasta casa de Maya con las manos apretadas al volante y los ojos llenos de lágrimas. Cuando llamé al timbre, no sé qué cara debía de tener, pero ella abrió la puerta y se le borró cualquier gesto cotidiano de golpe.
—Vera, ¿qué ha pasado ahora?
No pude responderle allí. Metí la mano en el bolso, saqué el sobre y se lo tendí con tanta fuerza que casi se me doblaron las hojas.
—Dime que estoy loca —le pedí, entrando en su casa sin esperar a que me contestara—. Dímelo, por favor. Dime que esto no significa lo que creo que significa.
Maya cerró la puerta detrás de mí, cogió el documento y lo leyó primero con desconcierto, todavía sin entender. Empecé a caminar por su salón de un lado a otro, incapaz de quedarme quieta, con la garganta apretada y las uñas clavadas en las palmas de las manos.
—Estaba en su cómoda —expliqué atropelladamente—. En su dormitorio, entre su ropa, Maya. No en el despacho de mi padre. En un cajón de ropa. ¿Qué hacía eso allí?
Maya ya no me escuchaba del todo. Había empezado a concentrarse.
Y cuanto más avanzaba por las páginas, más se le endurecía la expresión.
La vi pasar de la sorpresa a una sensación fría, profesional, peligrosa; esa cara suya que había visto pocas veces fuera de los juzgados y que siempre anunciaba problemas para alguien.
—¿Esto lo has encontrado hoy?
Asentí.
—Claro, te lo estoy contando.
—¿Alexis sabe que lo tienes?
—No. Nadie lo sabe.
Maya volvió a leer una parte, más despacio.
—Donación de la vivienda a favor de Alexis Salvatierra… otorgada hace unas semanas… ante el notario Dante Aldecoa.
Oírlo en su voz fue peor. Mucho peor.
Me llevé una mano a la boca y empecé a llorar sin poder evitarlo.
—Mi madre no haría esto.
Maya levantó la vista hacia mí.
—No. Lo cierto es que no. Te doy toda la razón, cariño.
Aquella seguridad me rompió.
—Gracias, necesitaba escucharlo.
Me acerqué a ella, ya sin fuerzas para sostener la rabia de pie, y terminé hundiéndome contra su hombro.
Maya dejó las hojas sobre la mesa con cuidado y me abrazó con tanta fuerza que sentí que, si no fuera por ella, me habría caído al suelo allí mismo.
Lloré contra su sudadera, con un llanto feo, lleno de ira, de orfandad y de una humillación que me quemaba por dentro.
—Es que no era solo una casa —sollozaba, agarrándome a ella—. Era nuestra casa. Era la casa de papá. La casa de mamá. La mía también. ¿Cómo ha podido hacerme esto Alexis? ¿Cómo ha podido?
Maya me acarició la espalda despacio, pero su voz salió firme.
—Escúchame bien, Vera. Si esto se hizo engañando a Sofía, aprovechándose de su estado o llevándola a firmar algo pensando que se trataba de un aval o algo similar para tu hermano, no estamos hablando de una simple triquiñuela familiar. Estamos hablando de algo muy serio. Lo sabes igual que yo.
Me separé un poco para mirarla.
Maya cogió el documento otra vez y señaló la escritura.
—No tengo que refrescarte nada sobre que podría haber falsedad documental si se alteró la realidad de lo firmado o si alguien hizo constar algo que no respondía a la voluntad real de tu madre.
También podría haber estafa, si Alexis consiguió que Sofía firmara mediante engaño para quedarse con la casa.
Y en el caso de Dante… si intervino sabiendo que ella no entendía lo que firmaba, o si no comprobó correctamente su voluntad, puede meterse en un problema enorme.
Penal, civil y disciplinario. Esto no es una trastada de colegio, Vera. Esto puede costarles carísimo. A ambos.
—Alexis ya hacía cosas así de pequeño. ¿Lo recuerdas?
Maya cerró los ojos un segundo, conteniendo una maldición.
—Pues esta vez no es una chiquillada, Vera. Y no vamos a dejar que se ría de ti.
La miré con una mezcla de miedo y esperanza.
—¿Y si estoy equivocada?
Maya dejó el documento sobre la mesa y me cogió las manos.
—Entonces lo veremos. Pero tú conocías a Sofía.
Yo también la conocía. Esa mujer jamás habría hecho una distinción así entre sus hijos, y mucho menos escondiendo la escritura entre camisones.
Hay algo mal aquí. Muy mal. Y lo vamos a sacar.
Igual se dio cuenta al final de lo que había hecho y eso fue lo que terminó con ella.
El “lo que terminó con ella” me desarmó.
Y el “vamos”.
Maya siempre decía “vamos” incluso cuando el problema era mío.
Lo había hecho cuando murió mi padre, cuando preparé la oposición, cuando Alexis y yo dejamos de ser hermanos para convertirnos en dos personas que compartían apellido y heridas mal curadas.
Lo hizo también aquel día, sentada frente a mí con el pelo corto revuelto, los ojos llenos de rabia por mí y esa lealtad inmensa que ninguna sangre habría podido mejorar.
—Gracias. No puedo hacerlo sola —le confesé.
—No vas a hacerlo sola.
—Es mi hermano.
—Y eso lo hace más doloroso, no menos denunciable.
Se me escapó una risa rota entre lágrimas.
—Hablas como abogada incluso cuando me abrazas.
—Cariño, soy abogada incluso cuando duermo. Es una desgracia muy cara.
Aquello me arrancó una sonrisa mínima, casi boba, y Maya aprovechó para abrazarme otra vez, más suave ahora.
—Mañana mismo reviso la escritura de cabo a rabo, pido nota simple, analizamos fechas, informes médicos y todo lo que podamos conseguir. Y les metemos mano.
Me quedé respirando contra su hombro, agotada.
—A Alexis y a Dante.
—A los dos, si corresponde. Sin temblarnos el pulso.
Cerré los ojos.
Vi a mi madre doblando pañuelos en su dormitorio. A mi padre en su despacho. A Alexis sonriendo de niño con un justificante escondido. A Dante, años después, convertido en notario de una escritura engañosa.
Cuando abrí los ojos, el dolor seguía allí, pero la confusión había empezado a endurecerse en otra cosa.
—Hazlo —murmuré.
Maya me apartó lo justo para mirarme.
—Claro que quiero que lo hagas. Quiero denunciarlos —proseguí.
Y al decirlo en voz alta, por primera vez desde que encontré aquel sobre, sentí que el legado de mi madre no estaba perdido del todo.