Capítulo 5
Habían pasado varios días desde el entierro y todavía me costaba entender cómo podía seguir existiendo una vida después de aquello.
El funeral de mi madre fue multitudinario. Esa fue la palabra que utilizó Maya cuando salimos de él, agotadas, con los ojos hinchados y las manos llenas de abrazos ajenos.
Multitudinario. A mí me sonó demasiado grande, casi ajeno, pero era verdad. Sofía era querida por muchísima más gente de la que yo había alcanzado a imaginar y eso que siempre fui consciente de que mi madre se había granjeado el cariño de cuantos la conocieron.
No en vano, asistieron antiguas amigas, vecinas, personas que habían trabajado con mi padre, gente que la recordaba joven y luminosa y que hablaban de la viuda de Nicolás Salvatierra con una mezcla de respeto y añoranza.
Todos tenían una frase bonita para ella.
Todos recordaban algo que hizo, una llamada, una ayuda, una comida, un consejo.
Yo los escuchaba con una gratitud rota, porque cada recuerdo ajeno me confirmaba que mi madre había existido de verdad fuera de mí, pero también me la alejaba un poco más.
Volví a su casa una mañana de domingo gris, con varias bolsas grandes en el maletero y la intención práctica de recoger ropa para donarla, guardar algunos objetos personales y cerrar habitaciones que, en realidad, no quería cerrar jamás.
Aunque no había vuelto a hablar con Alexis, tampoco me cabía la menor duda de que él estaría deseando venderla para que cada uno de nosotros se quedase con la parte que le correspondía y pudiera hacer uso de ella.
En mi caso, qué irónico me sonaba, el dinero de la venta de la que fue la casa familiar me serviría para algo muy concreto, pues en aquel momento vivía de alquiler, pero un par de años atrás di la entrada para un coqueto apartamento (también con vistas al mar) que me entregarían unos meses después.
Sin duda que, con mi parte de la herencia, no tendría que hipotecarlo y lo pagaría a tocateja.
Un alivio envenenado al provenir el dinero de la muerte de mi madre.
Fui sola hasta allí porque necesitaba hacerlo de ese modo.
Maya se ofreció a acompañarme tres veces, con esa insistencia suya que parecía una orden disfrazada de cariño, pero acabé convenciéndola de que dejara de intentarlo.
No podía vivir eternamente protegida por ella, aunque una parte de mí habría firmado eso sin leer la letra pequeña.
La casa olía todavía a mi madre.
Fue lo primero que pensé al abrir la puerta.
No a cerrado ni a ausencia ni a polvo. A ella.
A su perfume suave, a crema hidratante, a café antiguo, a ropa limpia guardada en armarios de madera.
Dejé las bolsas en el recibidor y permanecí allí unos segundos, con las llaves apretadas en la mano, escuchando la casa de mi infancia respirar sin nadie dentro.
Había vivido tantos años convencida de que aquel lugar siempre tendría su voz al fondo, que encontrarlo vacío me produjo una sensación física, casi un mareo.
Entré en el dormitorio despacio.
La habitación estaba tal y como ella la había dejado.
La colcha bien estirada, las cortinas abiertas, un libro boca abajo en la mesilla y sus gafas sobre la cómoda, colocadas junto a una cajita de pendientes que llevaba usando desde que yo era pequeña.
Toqué primero las gafas. No sé por qué. Las levanté con cuidado y recordé a mi madre buscándolas por toda la casa mientras las llevaba en la cabeza, protestando cuando caía en la cuenta porque “esto ya no es despiste, Vera, esto es de camisa de fuerza”.
Me reí una vez con un sonido mínimo y ridículo, y enseguida empecé a llorar.
Abrí el armario.
Su ropa estaba ordenada por colores, como siempre.
Camisas claras, pantalones bien doblados, vestidos de primavera, chaquetas finas y aquel abrigo azul marino que se ponía en los días de lluvia porque decía que le daba buen color a la cara.
Pasé los dedos por la manga y recordé la última vez que la había visto llevarlo, saliendo conmigo de una revisión médica, intentando bromear sobre lo absurdo que era tener el corazón revoltoso justo cuando ella ya no estaba para romances.
Sofía hacía eso: convertía el miedo en una frase elegante, en una ironía pequeña, en algo manejable.
Fui metiendo prendas en bolsas con una lentitud casi ceremonial.
Algunas las aparté para quedármelas. Una blusa blanca que le quedaba preciosa.
Un pañuelo color vino que olía muchísimo a su perfume favorito.
Un jersey de cachemira gris que le regalé por su cumpleaños y que fingió regañarme por caro antes de ponérselo tres días seguidos.
Cada objeto traía una escena, una voz, una risa, una tarde concreta.
No estaba recogiendo ropa. Estaba tocando restos de una vida compartida.
Me senté un momento en el borde de la cama con el pañuelo entre las manos.
—No sé qué estoy haciendo, mamá —murmuré.
La habitación no respondió, claro. Pero durante un segundo casi pude imaginarla entrando por la puerta con esa expresión suya de paciencia cansada, aconsejándome que empezara por lo fácil, que doblar siempre ayudaba a pensar y que no dejara las bolsas en mitad del paso porque luego tropezaría con ellas.
Sofía era capaz de acompañarte incluso desde el más allá.
Cuando reuní fuerzas, abrí los cajones de la cómoda para revisar la ropa interior, los pañuelos pequeños y las cajas donde solía guardar cosas sin demasiada lógica.
Encontré recibos viejos, un perfume casi vacío, varias fotografías sueltas de mi padre y una pulsera mía de la adolescencia que creí perdida desde hacía años.
La sostuve entre los dedos con una ternura extraña, recordando a mi madre diciéndome que algún día querría recuperar todas esas cosas que entonces me parecían insignificantes.
Y entonces vi el sobre.
Estaba al fondo del cajón inferior, entre camisones doblados y una bolsa de tela con medias nuevas.
No tenía sentido que estuviera allí. Mi madre guardaba cualquier documentación importante en el antiguo despacho de mi padre, dentro de carpetas clasificadas con una pulcritud casi protocolaria.
Seguros, escrituras, informes médicos, recibos, todo iba siempre al despacho. Jamás en la cómoda, entre ropa.
Lo cogí con el estómago encogido.
No llevaba nombre por fuera.
Lo abrí despacio, más por extrañeza que por miedo al principio, y saqué varias hojas grapadas. Tardé unos segundos en entender lo que estaba leyendo. Después releí la primera página. Luego la segunda. Luego volví arriba, buscando una explicación distinta a la que tenía delante.
Era una escritura de donación.
Mi madre había donado la casa a Alexis en vida.
Unas semanas antes de morir.
En la notaría de Dante Aldecoa.
Me quedé tan quieta que durante un momento ni siquiera respiré bien.
Las letras parecían moverse sobre el papel.
Sofía Ochoa. Donación. Finca urbana. Alexis Salvatierra.
Dante Aldecoa, notario. Aquello no podía ser real.
No podía. Mi madre jamás habría hecho algo así a escondidas.
Jamás habría distinguido entre Alexis y yo de aquella manera.
Podía ser despistada para las gafas, para las llaves o para firmar un recibo sin mirar dos veces, pero no era cruel. No con sus hijos. No conmigo.
Me puse en pie de golpe con los papeles en la mano.
—No.
La palabra salió baja, pero llena de una furia que empezó a crecerme dentro con una rapidez insoportable.
Recordé entonces a Alexis de niño, con aquella habilidad suya para esquivar broncas.
Más de una vez le había dado a mi madre justificantes del colegio para que firmara que estaba enterada de sus malas notas o de alguna trastada, diciéndole que era una autorización para una excursión o un papel cualquiera.
Ella, despistada y confiada, lo firmaba mientras preparaba la cena o hablaba por teléfono, y él se marchaba con esa sonrisa satisfecha que a mí me ponía enferma.
Sofía se enteraba semanas después y se enfadaba, sí, pero Alexis siempre lograba que todo pareciera menos grave de lo que era.
Y Dante.
Dante estaba en el ajo también, al final de aquel documento, convertido en sello, firma y autoridad. Dando fe.
La rabia me llenó los ojos de lágrimas.
No sabía cómo lo habían hecho. Si Alexis lo tenía premeditado. Si Dante se llevaría tajada por ello. Si aprovecharon su debilidad, el susto médico y el momento de miedo o confusión para hacerle creer que firmaba otra cosa. Pero algo estaba mal. Profundamente mal.
Porque mi madre no me habría dejado sin mi herencia, sin mi parte.
No de esa casa.
No del lugar donde había crecido, donde seguía la voz de mi padre en los planos guardados del despacho y la risa de Sofía en cada armario.
Apreté la escritura contra el pecho y miré alrededor, sintiendo que la habitación, que hasta hacía un minuto era refugio y memoria, acababa de convertirse en una escena de traición.
—¿Qué te hicieron firmar, mamá? —susurré.
Y esa vez el llanto no llegó solo por la pérdida.
Llegó también por la sospecha.