Capítulo 4
Maya volvió con una taza humeante entre las manos y una manta doblada sobre el brazo. Dejó todo sobre la mesa baja antes de sentarse a mi lado en el sofá con esa delicadeza firme que siempre tenía cuando intuía que yo estaba a punto de romperme otra vez.
—Tómate esto antes de que te dé algo a ti también —murmuró acercándome la taza—. Lleva media tonelada de azúcar porque hoy no pienso escuchar protestas nutricionales.
Obedecí más por ella que por mí. El calor me quemó ligeramente la garganta al primer sorbo y entonces me di cuenta de que llevaba horas completamente helada.
Maya se acomodó a mi lado cruzando las piernas sobre el sofá mientras me observaba con preocupación y me tapaba con la manta.
—Dentro de un rato tendremos que ocuparnos de algunas cosas.
Aquella frase me atravesó el pecho de golpe.
Porque era verdad.
Mi madre había muerto y el mundo no iba a detenerse ni un solo minuto para permitirme entenderlo.
Habría papeles. Llamadas. Firmas. Un tanatorio. Personas preguntando cosas horribles en tono amable.
Negué inmediatamente.
—No puedo hacer eso.
La voz me salió rota otra vez.
—Claro que puedes.
—No, Maya. No puedo ir a hablar con funerarias ni decidir ataúdes. No puedo hacer ninguna de esas cosas. Ve tú por mí.
Ella me sostuvo la mirada con muchísima suavidad.
—Cariño, esto es cosa vuestra, de tu hermano y tuya.
Noté cómo se me llenaban los ojos otra vez.
Y entonces me cogió la mano.
—Pero voy a estar contigo.
Aquello terminó de derrumbarme un poco más.
Me incliné hacia atrás apoyando la cabeza en el sofá mientras intentaba respirar despacio. La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas del piso y San Sebastián continuaba moviéndose detrás del cristal con una normalidad insultante.
Continuaba sonándome imposible.
Maya permaneció a mi lado sin presionarme durante largo rato, dejándome llorar en silencio mientras me acariciaba el brazo de vez en cuando. Siempre había sabido hacer aquello. Nunca llenaba los momentos difíciles de frases vacías ni intentaba arreglar emociones imposibles. Simplemente estaba.
Llevaba toda la vida estando.
Éramos completamente distintas físicamente.
Yo había heredado todo el aspecto de mi madre; alta, larguísima desde demasiado joven, con el pelo oscuro cayéndome por la espalda y unos rasgos que tardaron muchos años en encajarme bien en la cara.
Maya, en cambio, era pequeña, menuda y rápida en todos los sentidos posibles.
Llevaba el pelo corto desde la adolescencia y tenía esa energía eléctrica de quien parece capaz de discutir con cualquiera aunque mida treinta centímetros menos.
Nadie habría pensado jamás que éramos hermanas.
Y aun así lo éramos muchísimo más que mucha gente unida por sangre.
Un rato después pusimos rumbo hacia el hospital y yo sentía que avanzaba dentro de una especie de nube espesa donde todo llegaba amortiguado y tarde.
Maya conducía porque insistió en que yo no estaba en condiciones de volver a coger un coche, y sinceramente ni siquiera tuve fuerzas para discutirle.
Permanecí apoyada contra la ventanilla observando las calles húmedas de la ciudad desfilar lentamente bajo la lluvia fina del mediodía mientras intentaba entender en qué momento exacto mi vida había cambiado para siempre.
Pasamos antes por casa de mi madre para recoger documentación, pólizas del seguro y varias carpetas que ella encontró en el antiguo despacho de mi padre después de abrir cajones con una delicadeza casi dolorosa, procurando no alterar demasiado nada.
Yo apenas fui capaz de entrar. El olor seguía siendo el suyo.
El perfume de mi madre, el café derramado todavía impregnando ligeramente el salón y esa sensación insoportable de que iba a aparecer en cualquier momento preguntando por qué hacíamos tanto ruido.
Cada vez que miraba algo dentro de aquella casa sentía que el pecho se me hundía un poco más.
Después volvimos al coche y seguimos conduciendo en silencio. Bueno, no exactamente silencio. Maya hablaba de vez en cuando, cosas pequeñas, preguntas prácticas, recordatorios suaves sobre respirar hondo o avisar a determinadas personas más tarde. Pero yo seguía lejos de todo. Muy lejos.
Tenía la sensación de estar viendo mi propia vida desde fuera.
Llegamos al hospital y, lo que me faltaba, allí estaba Alexis con el pelmazo de su amigo, con quien llevaba toda la vida compartiendo batallitas.
En el pasado, nunca me gustó coincidir con Dante Aldecoa en casa. Y, para colmo, también tuve que verlo en la Facultad de Derecho.
No demasiado, realmente. Él estaba terminando la carrera cuando Maya y yo entramos en primero, así que apenas coincidimos un par de cursos entre pasillos y algunas fiestas universitarias.
Pero ya entonces tenía esa presencia imposible de ignorar.
Alto, seguro de sí mismo y con esa forma desesperante de moverse por cualquier sitio como si perteneciera naturalmente allí.
Y que fuera el mejor amigo de Alexis nunca ayudó demasiado.
Mi hermano estudió Arquitectura igual que mi padre, aunque jamás se pareció realmente a él.
Nicolás Salvatierra había sido brillante.
De esos hombres apasionados por su trabajo hasta extremos agotadores.
Alexis, en cambio, parecía arrastrarse por la carrera únicamente porque no sabía qué hacer consigo mismo.
Tardó muchísimo en terminarla y fue enlazando proyectos y empresas de obras sin demasiada estabilidad porque, sencillamente, no era demasiado bueno en ello.
Le faltaba ambición.
Le faltaba constancia.
Le faltaba esa sangre que sí tenía mi padre.
Dante no.
Dante siempre parecía saber perfectamente hacia dónde iba.
Y quizás por eso todavía me dolía recordar cómo se reía algunas veces cuando Alexis hacía comentarios idiotas sobre mí durante la adolescencia.
Yo me había considerado un desastre larguirucho lleno de inseguridades. Mientras otras chicas parecían delicadas y preciosas, yo me sentía torpe y fuera de sitio continuamente.
—Pareces una jirafa enfadada —me soltó Alexis una vez entrando en la cocina cuando tropecé delante de ellos.
Y Dante se rio.
Todavía recordaba aquella risa.
No porque fuera especialmente cruel. Quizás ni siquiera pensó demasiado en ello.
Pero a mí me importó.
Muchísimo.
Luego, la vida me compensó y, cuando la adolescencia terminó, mi cuerpo terminó encontrando su sitio y yo también; dejé atrás aquella etapa desgarbada para convertirme, casi sin darme cuenta, en una mujer muy parecida a mi madre, alta, elegante y mucho más segura por fuera de lo que realmente me sentía por dentro.
Maya debió de notar que volvía a perderme en esos pensamientos porque me apretó ligeramente la mano. Abrió apenas más la puerta y vi cómo cambiaba ligeramente la expresión al encontrárselos delante.
Mi hermano seguía con gesto compungido y su amigo trataba de darle ánimos.
A Dante la lluvia le había dejado el pelo oscuro ligeramente húmedo y seguía teniendo exactamente esa presencia aplastante que recordaba.
Alto, impecable incluso después de un día así y con esa calma controlada que siempre me había puesto nerviosa.
Comenzamos entonces esa conversación que una nunca imagina tener de verdad hasta que se encuentra en una sala de hospital hablando de alguien a quien todavía siente vivo dentro de la cabeza. Palabras prácticas. Dolorosas. Frías. Qué hacer con el cuerpo. A quién avisar primero.
Y fue entonces cuando Alexis soltó, agotado:
—Supongo que habrá que enterrarla con papá.
Sentí algo parecido a un latigazo recorriéndome el pecho.
—No.
Mi hermano levantó la vista hacia mí, desconcertado.
—¿Cómo que no?
—Que mamá no hubiera querido eso. Es decir, terminar con él sí, pero no como piensas.
Alexis frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
Me costó incluso pronunciarlo.
Porque decir aquellas cosas en voz alta hacía todo muchísimo más real.
—A que antes hay que incinerarla.
Él parpadeó varias veces.
—¿Y por qué?
—Mamá quería que la incineraran. Alguna vez lo mencionó años atrás.
—Pues nunca se lo escuché.
La rabia empezó a subir tan rápido que me dejó temblando.
—Claro que no lo escuchaste. Porque no te enteras de nada.
Alexis soltó el aire lentamente intentando mantener la calma.
—Vera, no empieces ahora.
—No estoy empezando nada. Estoy diciéndote lo que quería mamá.
—No tenía ni idea, eso es todo.
La risa amarga que se me escapó sonó horrible incluso para mis propios oídos.
—Normal.
Vi cómo la mandíbula se le endurecía de golpe.
—No hagas esto.
Durante unos segundos permaneció callado, mirándome con una mezcla extraña de cansancio y rabia contenida.
—No tienes ni idea de cómo han sido estos años para mí.
—¿Ah, no? Pues ilumíname.
Maya me rozó el brazo inmediatamente, intentando frenar el tono que estaba tomando aquello.
—Vera…
Pero ya no podía parar.
Llevaba demasiadas horas acumulando miedo, dolor y resentimiento.
—Mamá llevaba semanas mal y tú ni siquiera sabías dónde guardaba los informes médicos —seguí soltando—. Ni los seguros. Ni las citas. Ni nada.
—Trabajo, Vera. También tengo mis problemas.
—Todos los tenemos, Alexis.
La respuesta salió mucho más rota de lo que pretendía.
—La diferencia es que algunos sí hacíamos hueco para mamá dentro de ellos.
Mi hermano resopló con desesperación.
—No es el momento para discutir esto.
—Precisamente este es el momento. Porque ahora de repente quieres decidir cosas sobre ella cuando llevas años sin estar realmente aquí.
Maya intervino entonces con suavidad.
—Lo importante ahora mismo es hacer lo que Sofía hubiera querido de verdad.
Alexis giró la cabeza hacia ella, agotado.
—Gracias, Maya, pero esto es una conversación entre mi hermana y yo.
—Y Maya puede intervenir —corté inmediatamente.
Dante habló entonces por primera vez desde que habíamos entrado en aquella sala.
—Quizás deberíais tranquilizaros un poco antes de decidir nada.
Giré la cabeza hacia él de inmediato.
—Tú cállate.
La frase salió afilada.
Dante se quedó quieto unos segundos mirándome sin responder, pero Alexis perdió la paciencia antes que él.
—Pues entonces que se calle también tu amiga.
Noté cómo Maya tensaba ligeramente la mandíbula a mi lado, aunque permaneció callada.
Fui yo quien respondió.
—No compares.
—¿Y por qué no?
—Porque Maya sí es familia.
Luego miré directamente a Dante.
—Y él no es nadie aquí.
Vi el golpe cruzarle la cara apenas un instante.
Muy leve.
Pero suficiente.
Y, aun así, en aquel momento no sentí culpa.
Solo cansancio. Un cansancio tan enorme que parecía estar vaciándome por dentro poco a poco mientras seguíamos sentados allí hablando de urnas, entierros y seguros médicos cuando lo único que yo quería era volver unas horas atrás y encontrarme otra vez a mi madre viva para desayunar juntas.