Capítulo 3
No supe cómo llegué hasta casa de Maya.
Conduje por pura inercia, siguiendo un camino que mi cuerpo conocía mejor que mi cabeza, porque siempre me refugié en mi amiga desde que todavía llevábamos coletas mal hechas, mochilas más grandes que nosotras y una seguridad ridícula en que la vida iba a ser fácil solo porque así lo habíamos decidido.
Maya vivía cerca del centro, en un piso luminoso que compró después de ganar su primer juicio importante, aunque ella siempre decía que el banco también tenía una relación muy seria con aquella casa y que, de momento, era una convivencia bastante tóxica.
Mi picapleitos favorito era hija única, igual que yo me había sentido muchas veces pese a tener a Alexis, y quizás por eso nos elegimos tan pronto.
Nos conocimos en Primaria, el primer día de clase, cuando una niña me quitó el estuche rosa porque decía que era demasiado bonito para mí y Maya, que entonces era una criatura diminuta, pero ya apuntaba una mala leche espectacular, se levantó de su silla, se lo arrancó de las manos y le soltó que podía comprarse una vida propia en vez de robar la de los demás.
Desde ese momento fue mía. O fui suya. Nunca lo tuvimos muy claro.
Crecimos juntas en una especie de alianza que sobrevivió a todo: los cambios de colegio, los suspensos de matemáticas, los primeros amores, los veranos en los que nos pasábamos el día juntas, la adolescencia inseparable cuyas noches terminábamos con decenas de audios, grabados en voz baja, haciéndonos depositarias de los secretos de la otra.
A nuestros veintiocho años, eso ya quedaba algo lejano.
Maya estuvo en mi casa tantas tardes que mi madre dejó de preguntar si se quedaba a cenar y empezó a poner directamente un plato más. La llamaba “mi otra hija”, y Maya fingía que aquello le daba vergüenza, pero se le iluminaba la cara cada vez que lo oía.
Después estudiamos Derecho juntas. Lo hicimos lidiando con un aluvión de asignaturas entre bibliotecas, cafeterías y apuntes compartidos que parecían escritos por dos personas en guerra con los márgenes.
Maya disfrutaba aquello con una energía casi peligrosa. Le gustaba discutir, encontrar grietas, llevar la contraria con argumentos y esa mirada suya de “te voy a desmontar la vida jurídicamente y además voy a gozarlo”.
Desde segundo de carrera tenía clarísimo que quería ser abogada. No una abogada de despacho silencioso y expedientes ordenados, sino de sala, de toga, de juicio oral, de levantar la voz cuando tocaba y bajarla justo cuando podía hacer más daño.
Yo, en cambio, descubrí bastante pronto que no quería pasarme la vida peleando de frente.
Me gustaba el Derecho. Me gustaba el orden de los procedimientos, la maquinaria interna de los juzgados, los plazos, los escritos, esa arquitectura invisible que sostenía los conflictos ajenos antes de que llegaran a una sala.
Pero no quería la batalla diaria de los juicios.
No quería vivir midiendo cada palabra delante de un juez ni cargar con el pulso feroz de defender a alguien en voz alta.
Así que preparé oposiciones, sufrí durante dos años delante de temarios interminables y terminé convirtiéndome en gestora procesal.
Trabajaba en los juzgados, sí, pero desde una mesa.
Con expedientes, notificaciones, diligencias y una estabilidad que a Maya le parecía admirable durante cinco minutos y mortalmente aburrida después del sexto.
—Tú naciste para mandar desde detrás de un ordenador —me decía siempre.
—Y tú para montar un motín con toga —le respondía yo.
Aquella mañana, cuando aparqué cerca de su portal, la lluvia había empezado a caer con más fuerza. Me quedé unos segundos dentro del coche sin moverme, incapaz de abrir la puerta, porque llegar hasta allí significaba tener que decirlo en alto.
Mientras conducía, la muerte de mi madre seguía siendo una imagen rota, algo que había pasado en el hospital pero que todavía podía quedarse allí, encerrado entre paredes blancas y máquinas apagadas.
En cuanto viera a Maya, tendría que convertirlo en palabras. Y las palabras hacían las cosas reales.
Subí las escaleras sin esperar al ascensor.
No sé por qué. Quizás porque necesitaba cansarme, sentir el cuerpo, notar el ardor en las piernas para no pensar en la camilla, en el médico, en Alexis intentando tocarme con aquellas manos tardías que ya no podían arreglar nada.
Cuando llamé al timbre, Maya abrió casi enseguida con una sudadera enorme, el pelo recogido en una coleta y una taza en la mano.
Su expresión cambió antes de que yo pudiera hablar.
—Vera.
Solo pronunció mi nombre, pero lo hizo de una forma que terminó de deshacerme.
Intenté respirar. Intenté sostenerme. Intenté no caerme allí mismo, en el rellano, empapada, con los ojos hinchados y la chaqueta pegada al cuerpo por la lluvia.
—Mi madre…
Maya dejó la taza sobre el mueble de la entrada sin mirar siquiera dónde la ponía.
—¿Qué ha pasado con Sofía?
Abrí la boca, pero durante unos segundos no salió nada. Tenía la garganta cerrada, el pecho dolorido y una presión insoportable detrás de los ojos.
—Ha muerto.
Maya negó con la cabeza muy despacio, pálida de golpe.
—No.
Aquella negación me rompió de otra manera, porque sonó exactamente igual que la mía en el hospital.
—En urgencias… han intentado reanimarla, pero…
No pude terminar.
Maya me abrazó antes de que las piernas me fallaran del todo.
Me rodeó con una fuerza enorme, de esas que no piden permiso porque saben que una se está cayendo por dentro, y yo me agarré a ella con una desesperación infantil, hundiendo la cara en su hombro mientras el llanto me sacudía sin orden, sin dignidad, sin nada que pudiera parecerse al control.
—No puede ser —murmuró ella junto a mi pelo, y también lloraba—. Sofía no… Vera, cariño, no puede ser.
—La he encontrado en el suelo —conseguí decir entre sollozos—. Le había comprado bollos. Iba contenta, Maya. Iba pensando que desayunaríamos juntas y…
Ella me acarició la espalda despacio, con esa ternura firme que siempre había mostrado cuando el mundo se nos volvía demasiado grande.
—Ven. Entra. Quítate esto, estás helada.
Me llevó hasta el salón sin soltarme del todo.
Su casa olía a café, a ropa recién lavada y a esa vela de vainilla que encendía cuando trabajaba desde el salón porque decía que los escritos entraban mejor con ambiente de spa casero.
Me quitó la chaqueta mojada, me sentó en el sofá y desapareció hacia la cocina mientras yo me quedaba mirando la alfombra sin entender cómo podía existir algo normal en un día en el que mi madre ya no respiraba.
Volvió con una manta y me la colocó sobre los hombros.
—Voy a prepararte algo caliente. Un té o lo que sea. No me discutas porque hoy no admito recursos.
Habría sonreído en otro momento.
Aquella vez solo pude mirarla con los ojos llenos de lágrimas.
—Alexis llegó tarde.
Maya se detuvo un instante.
—¿Estaba contigo?
—Llegó al hospital con cara de haber salido de cualquier sitio menos de una cama decente. Le grité. Le dije cosas horribles. O no tan horribles, no lo sé. No puedo pensar.
Maya se sentó a mi lado y me cogió las manos entre las suyas.
—Ahora no tienes que pensar. Ahora solo tienes que respirar un poco y dejar que me quede contigo.
Aquello fue lo peor y lo mejor que podía haberme dicho.
Porque Maya había estado siempre.
Cuando mi padre murió. Cuando aprobé la oposición. Cuando Alexis y yo dejamos de saber hablarnos sin hacernos daño. Cuando mi madre cumplió sesenta y organizamos una comida sorpresa en la que acabó llorando porque Maya le regaló una foto de las tres enmarcada.
Maya no era mi amiga.
Era la hermana que la vida me había dado para compensar todas las cosas que me había quitado.
Me incliné hacia ella y apoyé la cabeza en su hombro, agotada hasta los huesos.
—No sé qué hago ahora.
Me rodeó con un brazo y me apretó contra ella.
—Ahora estás aquí. Lo demás irá viniendo.
Y por primera vez desde que había visto a mi madre en el suelo, dejé de intentar mantenerme entera.