Capítulo 2
No recuerdo exactamente cómo conseguí llegar hasta el hospital sin estrellarme por el camino.
Tengo imágenes sueltas. Fragmentos. Luces reflejándose sobre el asfalto mojado de la ciudad.
La ambulancia varios metros por delante de mí atravesando las calles con las sirenas abiertas mientras yo intentaba no perderla entre el tráfico de la mañana.
Las manos aferradas al volante con tanta fuerza que me dolían los dedos.
Mi respiración completamente descontrolada.
Y la sensación constante de que, si dejaba de moverme un solo segundo, algo irreversible iba a terminar de romperse.
Lloviznaba otra vez.
Una lluvia fina, casi transparente, que el limpiaparabrisas apartaba a toda velocidad mientras yo seguía el recorrido de la ambulancia cruzando avenidas húmedas y semáforos que parecían durar siglos.
Apenas podía pensar con claridad. Todo mi cuerpo seguía atrapado en la imagen de mi madre tirada en el suelo del salón, inmóvil, con aquella palidez horrible en la cara.
No podía ser real.
No podía estar pasando otra vez, ahora con ella.
Cuando giré demasiado rápido en una intersección cerca del centro, un coche frenó bruscamente a mi lado y el conductor empezó a tocar el claxon furioso mientras bajaba la ventanilla.
—¡¿Pero tú estás loca?!
Giré la cabeza apenas un segundo, todavía con lágrimas resbalándome por la cara.
—¡Imbécil, quita!
Ni siquiera esperé su respuesta. Volví a acelerar detrás de la ambulancia mientras el corazón me golpeaba tan fuerte el pecho que tenía la sensación de que iba a vomitar en cualquier momento.
Llegué al hospital apenas unos segundos después que los sanitarios. Vi cómo sacaban la camilla a toda velocidad y eché a correr detrás de ellos atravesando las puertas automáticas de urgencias mientras intentaba seguirles el ritmo.
—¡Soy su hija! ¡Soy su hija!
Una enfermera trató de detenerme antes de que cruzara la zona restringida.
—Necesitamos que espere aquí, por favor.
—Pero quiero entrar con ella.
—Ahora mismo no puede pasar.
—¡Esa es mi madre!
La mujer me sostuvo la mirada con una calma profesional que me dio ganas de romper algo.
—Los médicos están atendiéndola. Déjenos trabajar.
Me quedé allí, respirando de forma entrecortada, viendo desaparecer la camilla al fondo del pasillo mientras sentía que el cuerpo entero empezaba a quedarse sin fuerza.
Entonces me derrumbé sobre una de las sillas de la sala de espera.
Todo olía a hospital. Desinfectante. Café de máquina. Aire acondicionado demasiado frío. Varias personas hablaban en voz baja a mi alrededor, alguien lloraba al fondo y un televisor encendido mostraba un programa absurdo de cocina que parecía pertenecer a otro planeta.
No sé cuánto tiempo pasó realmente.
El tiempo dejó de tener sentido en cuanto vi desaparecer a mi madre detrás de aquellas puertas.
Me sentía muy sola. Lo único que tenía dentro era miedo. Un miedo gigantesco que me oprimía el pecho hasta hacerme daño.
Y entonces apareció mi hermano.
Lo vi entrar por las puertas automáticas del hospital y sentí tanta rabia que me puse en pie inmediatamente.
Tenía el pelo revuelto, ojeras marcadas y esa expresión agotada y demacrada de quien claramente no había dormido en toda la noche… o había estado de fiesta hasta el amanecer. Que en su caso, era lo que me pegaba.
Aquello terminó de encender algo dentro de mí.
Crucé la distancia entre nosotros antes incluso de pensarlo y le golpeé el pecho con fuerza.
—¡Siempre igual contigo!
Él apenas reaccionó al empujón.
—Vera, por favor. No te pongas así.
—¡Siempre apareces cuando ya no sirve para nada! ¡Siempre llegas tarde a todo!
Volví a golpearle mientras las lágrimas seguían cayéndome sin control.
—¡Mamá llevaba semanas mal! ¡Semanas! ¿Y tú dónde estabas? ¿Eh? ¿Dónde estabas? Si apenas te hemos visto el pelo.
Alexis cerró los ojos un segundo y me agarró suavemente las muñecas para impedir que siguiera empujándolo.
—He venido en cuanto me has llamado. No te pongas así.
—¡Porque no cogías el teléfono! ¡Porque nunca coges el puto teléfono!
Varias personas empezaron a mirarnos desde la sala de espera, pero me daba igual. Sentía el cuerpo completamente desbordado por la angustia y la rabia acumulada de demasiados años.
—Siempre desapareces cuando las cosas se complican —seguí soltando entre lágrimas—. Papá se murió y tú también desapareciste a tu forma. Nos dejaste solas a mamá y a mí para todo. Para absolutamente todo.
Algo se quebró ligeramente en la expresión de Alexis.
Por primera vez desde que había llegado, parecía realmente afectado.
—No hagas esto ahora, Vera…
—¿Ahora cuándo? ¿Cuando te viene mal que te suelte las verdades como puños? Porque llevamos años esperando el momento perfecto contigo.
Alexis bajó la cabeza unos segundos pasándose una mano por la cara. Tenía aspecto de no saber ni cómo mantenerse en pie.
—No creía que estuviese tan mal.
Aquella frase me hizo reírme de pura impotencia.
—Claro que no lo sabías. Porque no estabas. Aunque en el fondo, si te soy sincera, yo tampoco lo sabía. Iban a hacerle pruebas, pero creí que quedarían en poca cosa. Y debe ser algo peor. Tendrías que haber visto cómo me la he encontrado. Maldita sea, Alexis, siempre me llevo la peor parte.
Y justo entonces las puertas de urgencias volvieron a abrirse.
Un médico salió al pasillo quitándose parcialmente la mascarilla mientras buscaba algo con la mirada. En cuanto nos vio acercarnos, su expresión cambió ligeramente.
Y yo lo supe.
Lo supe antes incluso de que hablara.
Noté cómo el suelo desaparecía lentamente bajo mis pies.
—¿Familiares de Sofía Aguirre?
Asentí inmediatamente, tomando la palabra.
—Soy su hija.
El hombre tomó aire despacio.
—Lo siento muchísimo. Hemos intentado reanimarla durante varios minutos, pero nos ha resultado imposible.
Negué con la cabeza automáticamente.
—No.
La palabra salió casi en un susurro.
—No, no… no puede ser.
Sentí que Alexis se quedaba completamente inmóvil a mi lado.
Miré al médico intentando encontrar otra respuesta en su cara. Otra explicación. Algo que arreglara aquello.
—No lo entiendo —balbuceé—. A mi madre no le habían diagnosticado nada grave todavía. Solo iban a hacerle algunas pruebas.
El médico mantuvo la voz suave.
—Su corazón se ha parado. A veces ocurre de forma repentina.
Seguía negando con la cabeza.
No podía entrarme aquello dentro.
Mi madre estaba bien hacía unas horas. Yo le había comprado bollos. Hablamos el día anterior sobre una serie horrible de Netflix y sobre nuestros planes para el siguiente verano.
Las personas no podían desaparecer así.
Simplemente no podían.
Noté cómo las piernas empezaban a fallarme ligeramente y tuve que apoyar una mano contra la pared para no caerme.
Entonces Alexis intentó abrazarme.
Y aquello fue demasiado.
Me aparté de golpe.
—No me toques —le pedí con una brusquedad que me nació de dentro, pese a que no fuera momento para ello.
Él dio un paso hacia mí otra vez, completamente descompuesto.
—Vera…
—¡Déjame!
Retrocedí alejándome de ambos, del médico, de Alexis, de aquellas paredes blancas y de ese hospital que acababa de destrozarme la vida entera en menos de una hora.
Luego me giré y salí corriendo.
Atravesé las puertas automáticas sin importarme la lluvia fina que seguía cayendo y respiré el aire frío de la calle como alguien que acababa de salir de debajo del agua.
Solo pensaba en una persona.
Maya.
Necesitaba llegar hasta Maya antes de derrumbarme por completo.
Maya sabría abrazarme e igual, camino de su casa, me despertaba y tomaba conciencia de que solo fue un mal sueño.