Lo que casi destruimos Capítulo 1
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Lo que casi destruimos

Lo que casi destruimos

Por Manu Ponce

© inepub.com

Capítulo 1

El sábado empezó bien. Y quizás por eso todo resultó más sorprendente.

Me desperté antes de que sonara el despertador, envuelta en esa claridad grisácea y suave que tenían las mañanas de primavera en San Sebastián.

Había llovido durante la madrugada y el sonido del agua deslizándose todavía por las cornisas llegaba amortiguado desde la calle, mezclándose con el rumor lejano del mar y el movimiento tranquilo de una ciudad que empezaba a desperezarse lentamente bajo un cielo lleno de nubes claras.

Desde mi dormitorio podía verse una parte de la bahía y durante unos segundos me quedé tumbada mirando la luz reflejarse sobre las fachadas húmedas de los edificios, intentando convencerme de que todo iba a salir bien.

Llevaba semanas haciéndolo.

Desde aquella consulta médica en la que los especialistas pronunciaron las palabras “corazón”, “riesgo” y “más pruebas”, mi madre había empezado a apagarse poco a poco de una manera que me asustaba muchísimo más que cualquier diagnóstico.

Sofía, que así se llamaba, no encajaba en la idea de enfermedad.

Ni en la de fragilidad. Ni siquiera en la de miedo.

Siempre había sido una mujer fuerte, práctica y elegante, de esas capaces de sostener una familia entera incluso cuando la vida les pasaba por encima.

Lo hizo cuando murió mi padre y tuvo que aprender a sobrevivir sin él mientras Alexis y yo nos rompíamos cada uno a nuestra manera.

Lo hizo durante años, aunque a veces notara cómo el cansancio empezaba a instalarse detrás de sus ojos.

Por eso me negaba a creer que aquello pudiera terminar mal.

Necesitaba pensar que solo sería un susto.

Me preparé despacio, todavía adormecida, escuchando el sonido lejano de la ciudad detrás de las ventanas. Los sábados por la mañana siempre tenían algo distinto. Más calma. Más pausa.

La gente caminaba junto a la playa incluso aunque el cielo estuviera gris, las cafeterías abrían temprano dejando escapar olor a café recién molido y pan caliente, y la humedad del Cantábrico terminaba impregnándolo todo de una melancolía extrañamente bonita.

Bajé a pie hacia la pastelería con una chaqueta ligera sobre los hombros mientras el aire fresco me despejaba poco a poco. Las aceras seguían mojadas por la lluvia y los edificios señoriales de la ciudad parecían recién lavados bajo aquella luz suave de primavera.

Varias terrazas empezaban a colocar mesas pese al tiempo inestable y algunas personas paseaban cerca de La Concha con paraguas cerrados en la mano, confiando en que la lluvia hubiese dado una tregua definitiva.

Siempre me había gustado mi ciudad porque incluso los días tristes parecían hermosos, vistos desde sus calles.

Entré en la pastelería quitándome algunas gotas del pelo y el calor del local me envolvió. El olor a mantequilla, azúcar y hojaldre recién hecho me resultó tan familiar que sonreí sin darme cuenta.

Había varias personas esperando y una niña pequeña discutía con su padre porque quería una palmera de chocolate gigante para desayunar. Durante unos segundos todo pareció completamente normal.

La dependienta me reconoció enseguida.

—Buenos días, Vera. ¿Lo de siempre?

Asentí mientras dejaba el bolso sobre el mostrador.

—Los bollos de crema, las mini palmeras y los croissants pequeños.

Ella sonrió ligeramente.

—Tu madre vuelve a desayunar fuerte hoy.

—Esa es la intención. Necesito que proteste porque el azúcar va a acabar con nosotras antes que cualquier otra cosa.

La frase me dejó un sabor extraño en la boca nada más pronunciarla y debió de notárseme en la cara porque la mujer suavizó la expresión en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Cómo sigue?

Encogí un poco los hombros mientras observaba cómo colocaba los bollos en la caja.

—Asustada. Pero intento convencerla de que no piense en nada malo, porque estoy segura de que su corazón es capaz de saltar a la comba si se lo propone.

Y también intentaba convencerme a mí misma.

Mi madre adoraba aquellos bollos desde siempre.

Decía que sabían a sábados tranquilos y a infancia.

Cuando éramos pequeños, mi padre aparecía muchas mañanas con cajas parecidas bajo el brazo y fingía enfadarse porque Alexis y yo nos lanzábamos primero a por las palmeras de chocolate antes siquiera de sentarnos a desayunar.

Pensar en él seguía produciéndome una punzada difícil de explicar incluso años después.

Nicolás Salvatierra murió en un accidente laboral cuando yo tenía veinte años.

Arquitecto. Inteligente, perfeccionista y obsesivo con su trabajo hasta extremos desesperantes.

Aquella mañana estaba supervisando una obra cuando una estructura cedió antes de tiempo y todo terminó en cuestión de segundos.

A veces todavía me costaba aceptar que alguien pudiera desaparecer así, de forma tan absurda y tan rápida, dejando detrás una casa llena de ropa, perfumes, fotografías y conversaciones pendientes.

Después de aquello, mi madre se convirtió en el centro absoluto de nuestra vida.

Y creo que ahí empezó también la distancia definitiva entre Alexis y yo.

Antes discutíamos. Después dejamos de entendernos.

Salí de la pastelería sujetando la caja caliente contra el pecho y respiré hondo antes de entrar al coche.

El aire olía a lluvia reciente y a sal. A primavera junto al mar.

Mientras conducía hacia la casa familiar observé el movimiento tranquilo de San Sebastián al otro lado del parabrisas: las bicicletas pasando junto a la bahía, varias parejas caminando cerca del paseo marítimo y el mar golpeando suavemente contra el muro mientras las nubes seguían abriéndose poco a poco sobre la ciudad.

Mi madre seguía viviendo en el hogar donde habíamos crecido, en una zona residencial elegante cerca de Ondarreta.

Siempre me gustaba volver allí porque todo me resultaba nuestro; las hortensias empezando a florecer en los jardines, el sonido lejano de las olas cuando soplaba viento hacia dentro y esa tranquilidad casi irreal que tenían algunas calles de la ciudad a primera hora del sábado.

Aquella mañana las buganvillas de la entrada crecían completamente descontroladas otra vez y sonreí pensando en cómo disfrutaría ella al verlas.

Llevaba meses diciendo que debía llamar al jardinero y luego siempre encontraba otra cosa que hacer antes, porque en el fondo le gustaba que su color lo inundara todo.

Saqué las llaves del bolso y abrí directamente.

—¿Mamá?

Entré dejando las llaves sobre el mueble del recibidor mientras sostenía la caja de la pastelería con el otro brazo.

—Te he traído desayuno del que engorda. Luego no puedes regañarme.

No obtuve respuesta.

Fruncí el ceño mientras avanzaba hacia el salón porque la casa estaba demasiado quieta. No sabría decir exactamente qué me hizo empezar a sentirme mal antes de tiempo; quizás la ausencia de ruido, o esa sensación desagradable que aparece justo antes de entender algo horrible.

Entonces llegué al salón.

La taza rota en el suelo fue lo primero que vi.

Después el café derramado sobre la alfombra.

Y finalmente a mi madre.

Me quedé petrificada.

La caja cayó de mis manos mientras corría hacia ella tan deprisa que me golpeé la rodilla contra la mesa baja sin apenas notarlo. Me arrodillé junto a su cuerpo sujetándole la cara entre las manos y sentí el miedo más atroz de mi vida al notar la piel demasiado fría y el color pálido de sus labios.

—Mamá… mamá, por favor…

Intenté buscarle el pulso mientras las manos me temblaban de forma incontrolable. Apenas conseguía respirar bien. Todo mi cuerpo parecía incapaz de reaccionar correctamente y tuve que intentarlo varias veces antes de lograr desbloquear el móvil y llamar a emergencias.

Cuando la operadora respondió, mi voz sonaba rota.

Le expliqué atropelladamente que mi madre estaba en el suelo, que sospechábamos que pudiera tener problemas cardíacos, que no reaccionaba.

La mujer trató de tranquilizarme mientras me hacía preguntas, pero todo sonaba lejano, amortiguado bajo el ruido salvaje de mi propia respiración.

Yo solo podía mirar a mi madre y repetirle que aguantara, que por favor no me hiciera aquello.

Seguía respirando.

Débilmente, pero respiraba.

La ambulancia ya estaba de camino cuando pensé en Alexis.

Y junto al miedo apareció también la rabia.

Lo llamé inmediatamente, pero tardó muchísimo en responder. Tanto que terminé llorando de impotencia mientras seguía marcando una y otra vez con las manos temblando. Cuando finalmente descolgó, sonaba distraído, medio dormido incluso, y algo dentro de mí terminó de romperse.

—¿Qué pasa?

—¡Mamá está en el suelo y no responde! ¡Tienes que venir ahora mismo!

Al otro lado hubo unos segundos de desconcierto antes de que reaccionara.

—¿Qué ha pasado?

—¡Yo qué diantres sé! ¡Te he llamado un montón de veces! ¡Siempre haces lo mismo! ¡Siempre vas a la tuya mientras los demás cargamos con todo!

La voz se me quebró de repente y tuve que cubrirme la boca porque estaba llorando muchísimo más fuerte de lo que creía.

Miré a mi madre inmóvil junto al sofá y sentí auténtico terror.

—Como le pase algo…

No fui capaz de terminar la frase.

Esta vez él tardó menos en responder.

—Voy para allá.

Colgó y yo me quedé completamente sola en aquella casa.

Las fotografías seguían en el mismo sitio. La imagen de mis padres en Menorca. Alexis con quince años y una sonrisa imposible de imaginarle ahora. Mi graduación. Restos de una vida que todavía parecía seguir allí aunque todo estuviera empezando a romperse otra vez.

Miré alrededor y entendí algo sobrecogedor.

La casa ya estaba perdiendo sentido incluso antes de perderla a ella.

Notaba el olor del café derramado mezclado con el perfume suave de mi madre y el azúcar de los bollos aplastados cerca de la entrada. Detalles pequeños y absurdos que, aun así, tuve la certeza de que jamás podría olvidar.

Le aparté el pelo de la frente acariciándole la mejilla mientras, a lo lejos, empezaban a escucharse las sirenas atravesando las calles mojadas de San Sebastián.

Y ahí sí.

Ahí me rompí del todo.