Epílogo
Dos años después, seguía despertándome algunas mañanas con la sensación extraña de haber aterrizado por accidente en una vida que antes parecía reservada para otras personas.
Para la gente con suerte.
Para la gente querida.
Para la gente que no vivía esperando el siguiente golpe.
Y, sin embargo, allí estaba yo.
Viviendo con Dante en esa casa llena de luz, cenas improvisadas en el jardín y discusiones divertidas sobre quién había olvidado comprar café otra vez.
Habíamos aprendido a compartir espacio sin invadirnos, a acompañarnos incluso en los días malos y a construir algo sólido sin convertirlo en una batalla constante.
Con él todo había crecido despacio.
Bonito.
Sin incendios.
Y descubrí que el amor también podía parecerse a eso.
A volver a casa y encontrarle en el ordenador concentrado. Y desconcentrarle de inmediato en cuanto me acercaba.
A trabajar cada uno en una punta del salón con los pies entrelazados debajo de la mesa.
A quedarnos dormidos en la hamaca del jardín durante las noches de verano.
A que se despertara a las tres de la mañana porque había vuelto a robarle la funda nórdica en invierno.
Seguía haciéndolo.
Y yo seguía negándolo con una dignidad que le hacía morirse de risa.
Alexis estaba bien.
De verdad bien.
Había recuperado peso, color, energía y esa capacidad suya para convertir cualquier reunión familiar en un espectáculo de comentarios inoportunos.
Seguía celebrando cada año el “cumplevidas”, se centró en el trabajo y comenzó a salir con Susana, una arquitecta sevillana risueña y paciente que, increíblemente, parecía disfrutar de su humor insoportable.
La primera vez que la vi, Maya me susurró:
—Esta mujer tiene alma de cooperante internacional.
Y Alexis casi se atraganta de la risa.
Maya, por su parte, seguía siendo Maya.
Sin novio.
Sin ganas de novio.
Y absolutamente feliz así.
Saltaba de cita en cita con la misma facilidad con la que cambiaba de bolso y defendía que el compromiso emocional prolongado le producía “urticaria espiritual”. Aun así, adoraba a Dante. Jamás lo admitiría de manera oficial, claro. Pero lo adoraba.
—Es irritantemente perfecto —me había confesado una noche después de dos copas de vino—. Y eso me da muchísima rabia porque deja el listón alto para mis ligues futuros. Ojalá hubiera sido tóxico. Todo sería más fácil.
Aquellas vacaciones las estábamos pasando en Praga.
Dante eligió la ciudad sin decirme demasiado. Solo comentó que necesitábamos desconectar unos días y que había encontrado “un hotel precioso”. Lo cual, traducido al idioma Dante, significaba probablemente un sitio elegante, silencioso y con las mejores sábanas del mundo.
No se equivocó.
Praga parecía inventada para enamorarse.
Las calles empedradas brillaban después de la lluvia ligera de las tardes, los edificios antiguos tenían fachadas llenas de detalles imposibles y el río atravesaba la ciudad con una calma preciosa, reflejando luces doradas al caer la noche.
Había músicos tocando jazz en las esquinas, cafeterías pequeñas escondidas entre callejones y terrazas donde el tiempo parecía moverse más despacio.
Aquella noche habíamos salido a cenar cerca del puente de Carlos.
Yo llevaba un vestido negro sencillo y una chaqueta fina porque el aire empezaba a refrescar un poco.
Dante iba espectacular, aunque eso ya había dejado de sorprenderme hacía tiempo.
Camisa blanca, pantalón oscuro y esa manera de mirarme de vez en cuando durante la cena que seguía consiguiendo desordenarme por dentro incluso después de dos años.
La cena había sido perfecta.
Vino bueno.
Velas.
Risas.
Y una discusión larguísima sobre si Maya acabaría enamorándose alguna vez o si terminaría fundando una secta de mujeres emocionalmente independientes en alguna playa griega.
—Yo creo que lideraría bastante bien una secta —le comenté mientras caminábamos junto al río.
—Sí. Sobre todo porque lograría convencer a las demás de pagar cuotas caras y se haría rica en un santiamén.
—Y tú no podrías ser el notario oficial de la secta. Te mantendría al margen…
—Pues alguien tendría que poner orden…
Me reí mientras él me rodeaba la cintura con el brazo.
La ciudad estaba preciosa a aquella hora. Había parejas caminando despacio, barcos iluminados cruzando el río y una música suave llegando desde algún restaurante cercano.
—Gracias por traerme aquí —murmuré.
Dante giró un poco la cabeza hacia mí.
—Llevaba tiempo queriendo hacerlo.
—Pues has acertado.
Seguimos andando hasta una zona más tranquila, lejos de la parte turística. Había un pequeño jardín junto al agua, con bancos de piedra y árboles llenos de pequeñas luces cálidas colgadas entre las ramas.
—Esto parece de película —le comenté.
Él soltó una risa baja.
Después se quedó callado un momento.
No de forma extraña.
Más bien… concentrada.
Yo seguía mirando el río cuando noté que se detenía.
Me giré hacia él.
Y entonces vi la caja.
Pequeña.
Oscura.
En su mano.
Durante unos segundos mi cerebro dejó de funcionar con normalidad.
—Dante…
Él respiró hondo, sonriendo un poco, aunque también parecía nervioso.
Y aquello me emocionó todavía más.
—Tenía pensado decir algo que sonara a importante —admitió.
Me reí expectante, llevándome una mano a la boca.
—Pero llevo toda la cena mirándote y pensando que la verdad es muchísimo más simple que cualquier discurso.
Dio un paso hacia mí.
La luz cálida de los árboles le iluminaba la cara de una forma sobrecogedora y el río seguía moviéndose detrás de él lentamente, casi en silencio.
—La verdad es que eres mi lugar favorito del mundo, Vera.
Aquello me atravesó entera.
—Y que quiero seguir viviendo contigo todas las versiones de tu vida. Las fáciles. Las caóticas. Las felices. Todas.
Noté los ojos llenándoseme de lágrimas antes incluso de que abriera la caja.
El anillo brilló suavemente bajo las luces.
Elegante.
Precioso.
Muy él.
—Quiero casarme contigo —admitió al fin, mirándome con una mezcla de amor y vulnerabilidad que casi me rompió el alma de lo bonita que era—. Y quiero que dentro de veinte años sigas robándome la funda nórdica y criticando cualquier detalle de mí.
Me reí llorando al mismo tiempo.
—¡Porque haces cosas raras a veces!
—Lo sé. Pero quiero discutirlo contigo el resto de mi vida.
Ya estaba llorando abiertamente cuando él añadió, con una sonrisa pequeña:
—Así que, Vera Salvatierra… ¿te casarías conmigo?
No fui capaz de responder enseguida.
Porque de pronto pensé en todo.
En mi madre.
En las noches llorando en casa de Maya.
En Vanessa diciéndome que ya no sobrevivía, sino que vivía.
En Alexis gritando “cumplevidas”.
En el salto en paracaídas.
En la hamaca.
En aquella versión rota de mí que jamás habría creído posible llegar hasta allí.
Y entonces entendí algo muy simple.
No había conocido el amor cuando todo era perfecto.
Lo había conocido cuando alguien decidió quedarse incluso viendo mis miserias.
Asentí, riéndome entre lágrimas.
—¡Sí, sí y un millón de veces sí!
Dante cerró los ojos apenas un segundo, aliviado, feliz, casi emocionado de una forma que le desarmó completamente la compostura.
—¿Sí?
—¡Sí, claro que…!
Ni siquiera me dio tiempo a terminar la frase.
Me levantó del suelo entre risas mientras yo le rodeaba el cuello con los brazos y lo besaba en mitad de aquel jardín iluminado, con Praga brillando alrededor y el río siguiendo su curso bajo la noche de verano.
Y jamás, ni en mis mejores sueños, habría imaginado que la serenidad podía parecerse tanto al amor.