44. No se vende
—Seis meses —dijo su jefe al teléfono—. ¿Seis meses?
—Una excedencia. Sin sueldo. Me corresponde por ley, lo he mirado.
—Ya sé que te corresponde, Ferreiro. Lo que no sé es qué voy a hacer yo sin ti seis meses.
—Un suspiro largo al otro lado de la línea—.
Te has hecho famosa, ¿sabes? Saliste en el telediario.
La investigadora de seguros que resolvió un asesinato de hace veintiséis años en un faro.
Aquí en la oficina han puesto el recorte en el corcho de la máquina del café.
—Qué vergüenza.
—Al lado han puesto una foto de tu pared. Del muro de la loca. —Su jefe se rio—. Vale. Seis meses. Pero vuelve, ¿eh? Prométemelo.
—No prometo nada.
Colgó y se quedó un rato mirando el móvil. Luego lo dejó sobre la mesa de la cocina y miró por la ventana.
Era finales de noviembre. Llevaba más de un mes en San Amaro.
El temporal parecía ya un sueño lejano. Habían llegado días de sol frío y cielo blanco, de mar tranquilo, de niebla por las mañanas que subía desde las calas y envolvía el faro hasta las diez.
Lucía había aprendido a encender la cocina de leña sin humo, a distinguir el viento del noroeste del de nordeste por el ruido que hacía en las contraventanas, a saludar a Pilar Souto todas las mañanas desde la pista.
Y cada noche, sin falta, subía al faro. No hacía falta: el faro funcionaba solo. Pero subía. Ciento doce escalones. Se sentaba en la silla de su padre, en la sala de guardia, junto a la ventana grande. Y miraba el mar un rato, mientras la luz giraba encima de su cabeza.
Su padre había pasado treinta años haciendo eso. Ahora empezaba a entender por qué.
Esa misma tarde la llamó una mujer de una inmobiliaria de A Coruña. Tenía una voz alegre, profesional, de esas que sonríen por teléfono.
—Señora Ferreiro, la llamo porque tengo un cliente muy interesado en la casa del faro de Punta Lobeira.
Un inversor extranjero. Alemán. Le encantó la historia que salió en las noticias.
Quiere convertirla en un alojamiento rural con encanto, ¿sabe?
Y está dispuesto a ofrecer una cantidad muy generosa.
Lucía miró la cocina. La mesa de roble. Las dos sillas. El fuego. La puerta de la despensa, que todavía tenía pegados todos los folios, las fechas, los nombres, las flechas. No había sido capaz de quitarlos.
—No se vende —dijo.
—¿Perdone? Ni siquiera le he dicho la cifra.
—Da igual la cifra. No se vende.
Y colgó.
Se quedó un momento sorprendida de sí misma. Luego sonrió.
Firmar herencia. Vaciar la casa. Vender. Las tres cosas que había escrito en la primera página de la libreta negra, el día que llegó. Una semana. Después, volver a su vida.
Había firmado la herencia, sí.
Las otras dos las tachó esa noche. Con una sola raya cada una.
Andrés vino a cenar el viernes. Venía a cenar casi todos los viernes desde hacía tres semanas.
Traía vino y empanada de la panadería, y se quedaba hasta tarde hablando junto al fuego.
Su mujer y él habían firmado por fin los papeles del divorcio en octubre; los niños pasaban con él fines de semana alternos.
A veces los traía al faro y Lucía les dejaba subir los ciento doce escalones contando en voz alta, con el cronómetro de su padre.
Esa noche, Andrés le contó que la Xunta estaba pensando qué hacer con el faro de Punta Lobeira. Ahora que había salido en las noticias, querían convertirlo en algo. Un centro de interpretación, quizá. Un pequeño museo sobre la historia de los fareros de la Costa da Morte.
—Necesitarán a alguien que lo cuide —dijo Andrés, sin mirarla, removiendo el vino en la copa—. Alguien que conozca los cuadernos. Que sepa contar las historias.
—¿Me estás ofreciendo trabajo?
—Yo no ofrezco nada. Soy un simple sargento. —Andrés sonrió—. Pero puedo decir un nombre si me preguntan.
Lucía no contestó. Pero esa noche, cuando Andrés se fue, subió al faro y estuvo mucho más tiempo del habitual sentada en la silla de su padre.
Fue a finales de esa semana cuando encontró el sobre.
Había subido a la sala de guardia para hacer algo que llevaba días posponiendo: comprobar la palanca de emergencia.
Desde la noche del 31 de octubre, la palanca seguía bajada.
Los técnicos de Faros de A Coruña habían venido a revisar el sistema automático y le habían dicho que la dejara así de momento, que no pasaba nada.
Pero a Lucía le molestaba verla bajada. Era como una herida abierta.
Abrió la caja roja. Agarró la palanca con las dos manos y la subió despacio, hasta su posición original. Se oyó un clic.
Y al soltar la tapa de la caja, que estaba sujeta con una bisagra, notó que algo se movía por dentro.
La tapa era de chapa, con un reborde. Y en el hueco del reborde, por la parte de dentro, sujeto con dos trozos de cinta aislante negra, había algo plano.
Lucía lo despegó con cuidado.
Era un sobre. Blanco, normal, de los de correos. Un poco arrugado por la humedad. Sin sello. Cerrado.
En el anverso, con la letra apretada e inclinada de su padre, en tinta azul, había dos líneas.
Para Lucía. Se les isto, é que non volvín.
Si lees esto, es que no volví.
Lucía se sentó en el suelo de la sala de guardia, con la espalda contra la pared de piedra, debajo de la caja roja. Tenía el sobre en las manos y no podía abrirlo. Le temblaban demasiado.
Su padre lo había escondido allí. En el único sitio del faro que solo ella conocía. El sitio de si un día falla todo . El sitio al que solo iría alguien que necesitara volver a encender la luz.
Lo había escondido sabiendo que, si algo le pasaba, ella acabaría allí.
Fuera empezaba a anochecer. Encima de su cabeza, la lámpara del faro hizo clic y se encendió. El haz de luz empezó a girar. La primera franja blanca entró por la ventana grande y cruzó la sala de guardia, despacio, por encima de ella.
Lucía respiró hondo.
Y abrió el sobre.