43. Dos funerales
Hicieron falta diez días para que el laboratorio de la Policía Judicial de A Coruña comparara su ADN con el de Carmen y confirmara lo que todo San Amaro ya sabía.
Diez días en los que el pueblo no habló de otra cosa.
En la panadería, en la lonja, en la puerta de la iglesia, en la cola del cajero.
Las mismas bocas que veintiséis años atrás habían dicho foi o mozo ahora decían quen o diría, o doutor .
Quién lo iba a decir, el doctor. Con lo bueno que era.
Carmen quiso que el funeral fuera en la iglesia de San Amaro, a las doce del mediodía, con las campanas tocando a muerto como en los entierros de antes. Y quiso que fuera también por Tomás.
Porque el juez había ordenado exhumar el cuerpo de Tomás Ferreiro.
Y esta vez la autopsia la había hecho un forense de verdad, en A Coruña, con tiempo.
Fractura craneal en la región temporal derecha, producida por objeto contundente de superficie irregular, previa a la caída.
Una piedra. Como había confesado Ramón. Lucía leyó el informe sentada en el coche de alquiler que le había traído la aseguradora, en el aparcamiento del Instituto de Medicina Legal, y luego se quedó media hora mirando el volante sin arrancar.
Así que fueron dos ataúdes. Uno blanco, pequeño, con un ramo de hortensias azules encima, que Carmen había cortado ella misma del jardín de su vecina.
Y otro de madera oscura, con una gorra de farero encima, de las antiguas, con el ancla bordada.
La había encontrado Lucía en el armario de su padre, envuelta en papel de seda.
La iglesia estaba llena. No cabía nadie más.
La gente se quedó fuera, en la plaza, de pie bajo un cielo gris pero sin lluvia, escuchando la misa por los altavoces que el párroco había colgado de la torre.
Vinieron de los pueblos de al lado, de Corcubión, de Fisterra, de Muxía.
Vinieron periodistas de A Coruña y de Santiago, con cámaras, que Andrés mantuvo detrás de una cinta en la esquina de la plaza.
Lucía se sentó en el primer banco, junto a Carmen. Al otro lado de Carmen, Mateo. Carmen lo había pedido así.
Antes de la misa, delante de todo el pueblo, Carmen había hecho algo que nadie esperaba.
Cuando Mateo llegó a la puerta de la iglesia, con un traje negro prestado que le quedaba grande y la cara recién afeitada, la gente se apartó para dejarlo pasar. Como siempre. Como llevaban veintiséis años haciendo: abriendo un hueco a su alrededor, como si tuviera algo contagioso.
Carmen salió a la puerta a buscarlo.
Se puso delante de él. Lo miró a los ojos. Y en el silencio de la plaza, con todo San Amaro mirando, le cogió la cara entre las dos manos.
—Perdóname, rapaz —le dijo. En voz alta. Para que lo oyeran todos—. Perdóname. Durante veintiséis años te miré como si me hubieras quitado a mi hija. Y tú la querías tanto como yo.
Mateo no pudo contestar. Se echó a llorar como un niño. Y Carmen lo abrazó.
Después de un momento, alguien se acercó a Mateo y le puso una mano en el hombro.
Era Xan. Luego otro hombre de la cofradía.
Luego la panadera. Luego Pilar Souto, que le dio un beso en la mejilla y le dijo que estaba muy guapo así, afeitado.
Uno detrás de otro, en silencio, medio pueblo pasó por delante de Mateo Otero en la puerta de la iglesia.
Algunos le dieron la mano. Otros le abrazaron.
Otros solo le miraron a los ojos y asintieron.
Julián Otero lo miraba todo desde la esquina de la plaza, apoyado en la pared, solo. No se acercó. Pero Lucía vio cómo se pasaba un pañuelo por los ojos.
En las semanas siguientes, el pueblo fue colocando las piezas. Como se colocan las piedras de un muro después de un temporal.
Ramón Castro estaba en prisión provisional en Teixeiro, a la espera de juicio. Había confesado todo por escrito: Inés, Tomás, Paco. Treinta y dos folios con su letra pequeña e inclinada. Su abogado decía que no pensaba defenderse. Había pedido no recibir visitas. Ni siquiera la de su hija.
Julián Otero no iba a ir a la cárcel. El contrabando y los sobornos a Manuel Lago habían prescrito hacía muchos años.
Pero había retirado el proyecto del hotel de Punta Lobeira.
Y había donado la vieja nave de la conservera a la cofradía de pescadores, «para lo que el pueblo necesite».
En el pueblo decían que estaba enfermo. Otros, que simplemente estaba viejo.
Mateo había vuelto a hablar con él. Poco. Pero había vuelto.
Andrés había mandado al juzgado todo lo que había encontrado sobre su padre: los pagos, los folios, el expediente. Por escrito. Con su firma. Lucía le preguntó si no le dolía.
—Me dolía más callarlo —contestó él—. Ya sabes lo que pasa con los silencios en este pueblo.
Y Elena había cerrado la farmacia durante un tiempo.
Había dejado a una sustituta de Santiago y se había ido a A Coruña, a casa de una prima, para empezar a ir a una psicóloga dos veces por semana.
Llamaba a Lucía todas las noches. A veces hablaban dos horas.
A veces solo cinco minutos. A veces no hablaban: se quedaban en silencio al teléfono, cada una en su casa, escuchándose respirar.
El día antes de irse a A Coruña, Elena le pidió a Lucía que fueran juntas a la Garita.
Era la primera vez que volvía en veintiséis años. Bajó por el sendero cogida del brazo de Lucía, despacio, mirando dónde pisaba. Se mareó dos veces. Las dos veces se paró, respiró, cerró los ojos, y siguió.
Llegaron. Se quedaron de pie junto a la piedra de la entrada. La misma piedra donde Inés se había sentado a fumar su último cigarro. Delante, a dos pasos, el borde del acantilado. Y abajo, el mar, tranquilo, verde, rompiendo contra las rocas sin ruido.
Elena miró hacia abajo mucho rato. Lucía no le soltó el brazo.
—Me dijo que no fue culpa mía —dijo Elena al fin—. Inés. Al final. Estaba rota en esas rocas, se estaba muriendo, y pensó en mí. En que yo no me sintiera culpable.
—Era buena.
—Era muy buena. —Elena sonrió con los ojos llenos de lágrimas—. Me habría mandado postales desde Londres. Seguro.
Se quedaron calladas. Las gaviotas volaban bajo, sobre el agua.
Luego Elena se volvió hacia Lucía. Le cogió las dos manos. Las suyas estaban frías.
—Lucía. Mi padre mató al tuyo. Aquí. En este mismo sitio. Por mí. —Le temblaba la voz—. Por protegerme a mí. Todo lo que pasó, todo, empezó porque yo seguí a Inés esa noche y no la dejé irse.
—Elena…
—Déjame terminar. —Elena tragó saliva—. Tú has perdido a tu padre. Carmen ha perdido a su hija. Mateo ha perdido veintiséis años. Paco está muerto. Y todo por mí. Por esa niña de doce años que tiró de una mochila.
Le apretó las manos.
—¿Podrás perdonarme algún día?
Lucía la miró. A su amiga. A la niña de la Garita. A la mujer que había bajado ese sendero por primera vez en veintiséis años, mareada, temblando, para hacerle esa pregunta.
Pensó en las manos de Elena agarrando su muñeca en la galería del faro. En su grito por encima del viento. ¡Esta vez no suelto!
—No hay nada que perdonar —dijo—. No a ti.
Y la abrazó, al borde del acantilado, con el mar debajo, hasta que Elena dejó de temblar.