Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 42. La golondrina
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42. La golondrina

Esperaron.

Lucía no supo nunca cuánto tiempo. Quizá veinte minutos.

Quizá una hora. El tiempo se había vuelto algo blando, sin forma, como el agua.

Estaba de pie en el muelle, con el móvil en una mano y la mano de Carmen en la otra, mirando el punto exacto del cabo por donde había desaparecido la embarcación naranja.

Nadie en el muelle hablaba. Sesenta personas en silencio. Solo se oían las gaviotas, el golpe suave de las olas contra el espigón y, de vez en cuando, alguien que tosía o que se sonaba la nariz.

El móvil vibró.

Lucía lo miró. Andrés. Le temblaba tanto la mano que casi se le cae. Descolgó.

—Dime.

Al otro lado se oía el mar. El motor de la embarcación, en ralentí. Voces lejanas. Y la respiración de Andrés, entrecortada.

—La hemos encontrado, Lucía.

Lucía cerró los ojos.

—Está donde él dijo. En la repisa. Debajo de las piedras. —A Andrés se le quebró la voz—. Los buzos la están subiendo ahora. Con mucho cuidado. La jueza está aquí. Vamos a llevarla a puerto.

—Vale.

—Lucía. —Una pausa—. Hay algo más. Díselo a Carmen. Que espere en el muelle.

Colgó.

Lucía se volvió hacia Carmen. No hizo falta decir nada. Carmen la estaba mirando. Lo había entendido todo en su cara.

No lloró. No gritó. Solo asintió despacio, una vez. Se soltó de la mano de Lucía. Se arregló el pañuelo negro sobre la cabeza. Se alisó el abrigo con las dos manos, como quien se prepara para recibir una visita importante.

Y se quedó mirando el mar.

La Salvamar Fisterra apareció por detrás del cabo a las doce y diez. Venía despacio, muy despacio, como si no quisiera molestar a nadie. Con el motor bajo. Sin sirena.

Cuando entró en la bocana del puerto, alguien en el muelle se quitó la gorra.

Luego otro. Luego todos. Los hombres de la cofradía, Xan, el panadero, los viejos de la partida de cartas.

Las mujeres se santiguaron. Pilar Souto empezó a rezar en voz baja, en gallego, un padrenuestro que Lucía no había oído desde que era niña.

Otras voces se unieron, bajito, como un murmullo de olas.

Julián Otero, al final del muelle, también se quitó la gorra. Lucía vio que le temblaban las manos.

Mateo dio un paso adelante. Luego otro. Hasta el borde del muelle. Y allí se quedó, con los puños apretados, mirando la embarcación acercarse. Con la cara mojada.

La lancha naranja atracó en el muelle de la lonja con un golpe suave contra las defensas. Los agentes echaron los cabos. Andrés fue el primero en saltar a tierra. Tenía la cara gris y los ojos rojos. Miró a Carmen. Se acercó a ella. Se quitó la gorra del uniforme.

—Carmen —dijo—. Lo siento mucho.

Carmen no contestó. Miraba la cubierta.

En la cubierta, sobre una camilla, había una bolsa.

Gris oscura, cerrada con una cremallera.

Pequeña. Mucho más pequeña de lo que Lucía había imaginado.

Dos buzos, todavía con el traje de neopreno, la levantaron con cuidado y la pasaron a tierra, a otros dos agentes que esperaban en el muelle.

La pusieron en una camilla con ruedas. La cubrieron con una manta.

Carmen dio un paso. Andrés la sujetó con suavidad del brazo.

—No la abras, Carmen. Ahora no. Por favor. —Le habló muy bajo—. Recuérdala como era.

Carmen lo miró. Asintió. Se acercó a la camilla. Puso la mano sobre la manta. Ahí se quedó. Con la mano quieta encima. Sin decir nada.

Al cabo de un rato se inclinó y dijo algo, muy bajito, que nadie oyó. Solo Lucía, que estaba a su lado, entendió dos palabras.

Xa estás.

Ya estás. Ya estás aquí.

Uno de los buzos se acercó. Era un hombre joven, con barba, el pelo mojado. Llevaba algo entre las manos: una bolsa grande de plástico transparente, de las que usa la Policía para las pruebas. Miró a Andrés. Andrés asintió.

—Señora —dijo el buzo, con la voz ronca—. Esto estaba con ella. Debajo de las piedras.

Le enseñó la bolsa.

Dentro había una mochila.

Había perdido casi todo el color. Veintiséis años bajo el agua y la arena la habían vuelto de un tono rosa sucio, pálido, desteñido.

Estaba rota por varios sitios, con las costuras deshechas y las correas deshilachadas.

Pero todavía era una mochila. Y todavía, en algunas zonas, en los pliegues, en los rincones que el mar no había alcanzado del todo, se adivinaba el rojo.

Rojo de verdad. El rojo de una mochila de instituto, en el verano de 1998.

Andrés abrió la bolsa con cuidado. Con los guantes puestos, sacó la mochila a medias. Le dio la vuelta a la solapa. Y se la acercó a Carmen, para que la viera por dentro.

Carmen se inclinó.

El hilo de algodón azul había desaparecido casi por completo.

El mar se lo había comido. Pero los agujeros que había dejado la aguja en la tela seguían allí.

Cientos de agujeros diminutos, uno al lado de otro, que dibujaban una forma.

Dos alas abiertas. Una cola en forma de tijera.

Un pico pequeño. Y aquí y allá, en los bordes, atrapadas en la tela, unas pocas hebras de hilo azul que habían resistido veintiséis años. Azules todavía.

Una golondrina.

Carmen la tocó con la punta de un dedo, a través del plástico. La recorrió despacio, de un ala a la otra, siguiendo los agujeros, como si la estuviera bordando otra vez.

Y entonces, por fin, después de veintiséis años, Carmen Varela se echó a llorar.

Lloró de pie en el muelle, delante de todo el pueblo, con la mochila de su hija en las manos y la mano de Lucía en la espalda.

Lloró como no había llorado nunca en público, con un ruido que salía de muy adentro, de un sitio donde había estado guardado mucho tiempo. Y nadie en el muelle apartó la vista.

Cuando pudo hablar, levantó la cara hacia Lucía. Tenía los ojos llenos de lágrimas y, en medio de todo, algo que se parecía mucho a la paz.

—Las golondrinas siempre vuelven —dijo—. Te lo dije. Siempre vuelven.