41. Después de la tormenta
Lucía no recordaba haber visto nunca un cielo así en San Amaro.
Limpio, alto, sin una sola nube, de un azul tan intenso que parecía recién pintado.
El aire estaba quieto. Olía a tierra mojada, a algas y a eucalipto.
El mar, que durante diez días había sido una bestia gris rugiendo contra el cabo, se había quedado tranquilo, de un verde oscuro y brillante, con olas largas y suaves que llegaban a las rocas casi sin hacer ruido.
Como si nada hubiera pasado.
Lucía lo vio salir desde la ventana del despacho de Andrés, en el cuartel, donde llevaba desde las dos de la madrugada.
Tenía una manta de la Guardia Civil sobre los hombros, una taza de café frío entre las manos y los ojos tan cansados que le escocían.
Había declarado durante tres horas. Lo había contado todo, desde el barro en la cocina hasta la palanca roja.
Brais lo había escrito a máquina, despacio, con dos dedos, preguntándole cómo se escribía cada palabra en gallego.
Elena estaba dormida en el sofá del despacho, tapada con el chubasquero de Andrés.
Se había negado a ir al centro de salud de Corcubión.
Se había negado a separarse de Lucía. Había declarado también, una hora entera, con la voz firme y los ojos secos.
Y luego se había tumbado en el sofá y se había dormido de golpe, como se duermen los niños después de llorar mucho.
Andrés entró con dos cafés nuevos. Le dio uno a Lucía. Se sentó en el borde de la mesa.
—¿Cómo supiste que estábamos en el faro? —le preguntó ella—. Tu móvil estaba apagado.
—Se me había muerto la batería a las ocho, en mitad de la inundación. —Andrés se frotó los ojos—. Fue Mateo.
—¿Mateo?
—Su casa da al cabo. Lleva veintiséis años mirando ese faro desde la ventana de la cocina.
Cada noche. —Andrés sonrió un poco—. Me dijo que es lo único que le dejaba dormir cuando bebía: ver la luz pasar.
Anoche no bebió. Y no podía dormir. Y estaba mirando por la ventana cuando, a las diez y media, la luz se apagó.
—Y fue a buscarte.
—Corriendo. Medio kilómetro, bajo la lluvia, hasta la calle inundada.
Me encontró con el agua por las rodillas, sacando a una vieja de su casa.
Me dijo: «El faro está apagado, sargento.
Tomás nunca lo habría dejado apagar». —Andrés se quedó callado un momento—.
Y me acordé de tu mensaje de la otra noche.
Voy a mirar en la conservera. Y supe que habías ido.
Lucía miró por la ventana. A lo lejos, en lo alto del cabo, el faro se recortaba blanco contra el cielo azul. Apagado otra vez, ahora, porque era de día. Pero solo porque era de día.
—¿Y él?
Andrés señaló con la barbilla hacia el pasillo. Hacia el calabozo.
—No ha dormido. Me pidió papel y bolígrafo a las tres.
Lleva escribiendo desde entonces. —Andrés sacó del bolsillo unos folios doblados—.
Me ha dado las primeras páginas hace media hora.
Es una confesión. Completa. Con fechas, horas, detalles.
Todo lo que te contó a ti arriba, y más. —Hizo una pausa—. Y un dibujo.
Desdobló uno de los folios y se lo enseñó.
Era un croquis a lápiz, hecho con pulso de médico: preciso, limpio.
La silueta del acantilado norte de Punta Lobeira.
La cala de A Furna do Corvo. Las rocas, numeradas.
Y en la pared de roca del fondo de la cala, una flecha que señalaba una abertura en forma de media luna, justo en la línea del agua.
Debajo, con la letra pequeña e inclinada del doctor:
Entrada visible solo con marea baja (coeficiente menor de 70). Cuatro metros hacia dentro, a la izquierda, una repisa a un metro bajo el agua. Piedras.
Lucía se quedó mirando el dibujo mucho rato. Luego se lo devolvió a Andrés.
—¿A qué hora es la marea baja?
—A las once y veinte.
A las nueve aterrizó un helicóptero de la Guardia Civil en el campo de fútbol de San Amaro.
Bajaron dos agentes de la Policía Judicial de A Coruña, de paisano, con maletines, y una jueza joven, de pelo corto, con botas de agua y cara de no haber dormido tampoco.
Andrés los recibió en la puerta del cuartel.
Hablaron mucho rato en el despacho, con la puerta cerrada.
A las diez, los técnicos de Obras Públicas consiguieron abrir un carril de la carretera en A Ponte Vella. Una fila de coches empezó a entrar y salir del pueblo despacio, con cuidado, entre conos naranjas.
San Amaro volvía a estar unido al mundo.
Y a las diez y cuarto, por la bocana del puerto, entró una embarcación naranja de Salvamento Marítimo. La Salvamar Fisterra . Lucía la vio llegar desde el muelle, de pie junto a Andrés, con el anorak de su padre y las manos en los bolsillos.
No estaba sola en el muelle.
Se había corrido la voz. Como siempre en San Amaro.
Nadie sabía exactamente qué había pasado, pero todo el mundo sabía algo.
Que habían detenido al médico. Que Mateo Otero había subido al faro.
Que la hija del farero casi se mata. Que iban a buscar algo en A Furna do Corvo.
Y el pueblo había bajado al puerto en silencio, como bajaba cuando un barco no volvía.
Había cincuenta, sesenta personas. Los de la cofradía, con sus jerséis de lana. Las mujeres de la panadería. Pilar Souto, del brazo de un nieto. Xan, con la gorra en la mano. Julián Otero, solo, un poco apartado, al final del muelle, con su chaqueta encerada, mirando el mar.
Y Mateo, de pie junto a Lucía. Afeitado. Sobrio. Con los ojos rojos.
Y Carmen.
Carmen estaba al borde del muelle, sola, con un abrigo negro y un pañuelo negro en la cabeza, como las viudas de antes. No hablaba con nadie. Nadie se atrevía a acercarse. Miraba la embarcación naranja con las manos juntas delante del pecho.
Lucía se acercó y se quedó a su lado. Sin decir nada. Carmen no la miró. Pero le cogió la mano. Y se la apretó.
La Salvamar Fisterra salió del puerto a las once menos cuarto con Andrés, la jueza, dos agentes y dos buzos a bordo. Lucía la vio doblar el espigón, poner rumbo al norte, bordear el cabo y desaparecer detrás de las rocas de Punta Lobeira.
Hacia A Furna do Corvo.
Nadie se movió del muelle. Nadie habló. Solo las gaviotas, que habían vuelto con el buen tiempo, chillaban sobre los barcos.
Pasaron veinte minutos. Treinta. Cuarenta.
A las once y veinticinco, el móvil de Lucía vibró. Era Andrés.
—Estamos en la cala —dijo. Se oía el motor de la embarcación y el ruido del mar—. La marea está en lo más bajo. Se ve la entrada. Exactamente donde dice el dibujo.
Lucía apretó la mano de Carmen.
—¿Y?
Un silencio largo al otro lado. Solo el mar.
—Los buzos acaban de entrar.