40. La galería
La galería del faro de Punta Lobeira era un anillo estrecho de hierro, de menos de un metro de ancho, que rodeaba la torre por fuera a la altura de la sala de guardia. La barandilla le llegaba a Lucía por la cintura. Tenía cien años. Su padre la había pintado de verde cada primavera de su vida.
Y ahora Lucía estaba doblada hacia atrás sobre ella, con la espalda en el vacío, con las manos de Ramón Castro agarradas a su anorak, empujando.
El viento la golpeaba de lado. La lluvia le entraba en los ojos, en la boca. No veía nada. Solo una mancha amarilla delante, el impermeable, y detrás, la puerta abierta de la sala de guardia, un rectángulo un poco menos negro que todo lo demás.
Se agarró a lo único que tenía. Al impermeable de Ramón. Con las dos manos. Si ella caía, él caía también.
Ramón lo entendió. Lucía lo vio en su cara. Dejó de empujar un segundo. Pareció dudar.
Y entonces una ráfaga de viento, más fuerte que todas las anteriores, los golpeó a los dos.
Lucía sintió que sus pies dejaban de tocar la galería. Sintió que su cuerpo se iba hacia atrás, por encima de la barandilla, hacia la nada. Soltó el impermeable sin querer. Sus manos buscaron algo, cualquier cosa, y se cerraron alrededor de una de las barras verticales de la barandilla.
Se quedó colgando.
Fuera de la galería. Con los pies en el aire. Treinta metros sobre las rocas. Agarrada con una mano a una barra de hierro mojada, resbaladiza, helada. Con la otra mano buscando a ciegas otra barra, sin encontrarla. Con el viento empujándola como si quisiera arrancarla de la torre.
Le resbalaban los dedos. Un milímetro. Otro.
Ahí ya no hay suelo , había dicho Elena.
Unas manos le cogieron la muñeca.
Dos manos. Pequeñas, frías, temblorosas. Pero fuertes. Muy fuertes.
—¡Te tengo!
Elena. Tumbada boca abajo en el suelo de la galería, con medio cuerpo asomado entre las barras de la barandilla, con la lluvia en la cara y el pelo pegado a la frente, agarrando la muñeca de Lucía con las dos manos.
—¡Elena, suéltame, te vas a caer tú también!
—¡No! —gritó Elena por encima del viento—. ¡Esta vez no! ¡Esta vez no suelto!
Tiró. Lucía sintió que subía unos centímetros. Su mano libre encontró por fin otra barra. Se agarró. Elena tiraba de su muñeca con todas sus fuerzas, con los dientes apretados, con un grito largo que salía de muy adentro.
Las manos de Elena. Las mismas manos que veintiséis años atrás habían tirado de una mochila roja para que alguien no se fuera. Ahora tiraban para que alguien no cayera.
Lucía consiguió subir un brazo por encima del borde de la galería. Luego el codo. Luego…
Detrás de Elena, Ramón se movió.
Lucía lo vio por encima del hombro de su amiga. No se acercaba a ellas. Se alejaba. Cojeando por la galería, agarrado a la barandilla, unos metros más allá. Y luego, despacio, con mucho esfuerzo, pasaba una pierna por encima de la barandilla. La pierna buena. Luego la otra.
Se quedó de pie al otro lado. En el borde exterior de la galería, de espaldas al mar, agarrado a la barandilla con las dos manos. Con el impermeable amarillo restallando como una bandera.
Miró a su hija. Elena no lo vio. Elena solo miraba a Lucía.
—¡Papá, no! —gritó Lucía, en lugar de ella.
Ramón no la oyó. O no quiso oírla. Cerró los ojos.
Una luz.
Una linterna, potente, desde la puerta de la sala de guardia. El haz barrió la galería, la lluvia, a Elena tumbada en el suelo, a Lucía colgando. Y a Ramón, al otro lado de la barandilla, con los ojos cerrados.
—¡Ramón!
Era la voz de Andrés. Y detrás de él salió otra figura a la galería. Alta, delgada, con el pelo corto.
Mateo.
Andrés se tiró al suelo junto a Elena y agarró a Lucía por el anorak, por el hombro, por donde pudo.
Tiró. Elena tiró. Lucía sintió que su cuerpo pasaba por encima del borde, que la barandilla se le clavaba en el estómago, que caía de bruces sobre el suelo de hierro mojado de la galería. A salvo. Viva.
Mateo no se detuvo junto a ellas. Siguió por la galería hacia Ramón, despacio, con las manos por delante, agarrándose a la barandilla.
—Doctor —dijo. Tenía la voz tranquila. Increíblemente tranquila—. Doctor, deme la mano.
Ramón abrió los ojos. Miró a Mateo. Y algo en su cara se deshizo.
—Tú —susurró—. Precisamente tú.
—Precisamente yo. —Mateo se acercó un paso más—. Veintiséis años, doctor. Veintiséis años cargando con lo suyo. No le voy a dejar que se vaya ahora sin pagar su parte.
Lucía se arrastró por el suelo de la galería, ignorando el dolor del costado, hasta la barandilla. Hasta Ramón. Le agarró la muñeca a través de las barras. Con fuerza. Con la misma fuerza con la que Elena la había agarrado a ella.
—No te lo voy a permitir —le dijo, mirándolo desde abajo—. Vas a vivir. Vas a sentarte delante de Carmen Varela y le vas a contar dónde está su hija. Vas a contárselo todo. Cada minuto. Los once minutos.
Ramón la miró. Y Lucía vio en sus ojos que se rendía.
Mateo lo cogió por debajo de los brazos.
Andrés llegó y lo cogió del cinturón. Entre los dos lo pasaron otra vez por encima de la barandilla, despacio, como quien mete un saco en una barca.
Ramón no se resistió. Se dejó caer de rodillas en el suelo de la galería, bajo la lluvia, con la cabeza gacha.
Andrés sacó las esposas del cinturón.
—Ramón Castro Insua —dijo, con la voz rota—, queda detenido por el homicidio de Tomás Ferreiro Pazos y de Francisco Rial Lema. Y por la muerte de Inés Varela Ríos.
Las esposas se cerraron con un clic que, de algún modo, se oyó por encima del viento.
Lucía se levantó. No sabía de dónde sacaba las fuerzas. Entró en la sala de guardia, a oscuras, tropezando, agarrándose a las paredes. Encontró a tientas el cuadro eléctrico y subió el interruptor general. El panel automático parpadeó, emitió un pitido, empezó a cargar.
Demasiado despacio.
Lucía fue hasta la pared, junto al panel. Buscó con las manos la caja de metal pintada de rojo. La encontró. La abrió.
Si un día falla todo, bajas esta palanca. Así. Un faro no se puede apagar nunca, Lucía. Hay barcos ahí fuera que dependen de él.
Agarró la palanca con las dos manos y la bajó.
Arriba, sobre su cabeza, en la sala de la linterna, algo hizo clic. Luego un zumbido. Luego un resplandor blanco, enorme, que entró por la trampilla del techo y lo inundó todo.
El faro de Punta Lobeira se encendió.
El haz de luz salió disparado hacia el mar, atravesó la lluvia, la oscuridad, el temporal, y empezó a girar. Lento. Puntual. Indiferente. Como había girado cada noche durante más de cien años. Barriendo las olas, las rocas, el acantilado, la Garita.
Y a lo lejos, muy lejos, en algún lugar del mar negro, una sirena de barco sonó dos veces.
Como quien da las gracias.