39. Lo que pasó en la Garita
—Estaba viva —dijo Elena.
No lo preguntó. Lo dijo. Con una voz que Lucía no le conocía, plana y fría como una piedra del fondo del mar.
Ramón no contestó. Se quedó de pie en mitad de la sala de guardia, con el impermeable amarillo goteando y la jeringuilla colgando de la mano, mirando a su hija. Y Lucía vio cómo, por primera vez en toda la noche, quizá por primera vez en veintiséis años, el doctor Ramón Castro no sabía qué decir.
—Papá. —Elena se agarró al borde del camastro para no caerse. Todavía le costaba mantenerse erguida—. Cuando llegaste a las rocas. Inés estaba viva.
—Elena…
—¡Dímelo!
El grito rebotó en las paredes de piedra. Ramón se encogió como si le hubieran pegado.
—Estaba viva —dijo, en voz muy baja—. Tenía la espalda rota. No habría…
—¿Y qué hiciste?
Ramón miró a Lucía, como pidiéndole ayuda. Lucía no se movió. No dijo nada. Esto ya no era suyo. Era de ellos dos.
—Me quedé con ella —dijo Ramón—. Le cogí la mano. Hasta el final.
—¿Cuánto?
—Once minutos.
Elena cerró los ojos. Se le escapó un sonido de la garganta, como un animal herido. Se quedó así un rato, con los ojos cerrados, respirando por la boca. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas, pero no lloraba. Miraba a su padre con una claridad terrible.
—No llamaste a nadie.
—No.
—No intentaste salvarla.
—No se podía salvar, Elena. No con esas lesiones. Te lo juro como médico.
—¡No me lo jures como médico! —Elena se levantó del camastro. Se tambaleó. Lucía la sujetó del brazo, pero ella se soltó—. ¡No lo sabías! ¡No lo sabías y no lo intentaste! ¡La dejaste morir en las rocas para que nadie supiera que yo estaba allí!
—¡Para protegerte!
—¡Para protegerte a ti!
Se quedaron mirándose, padre e hija, separados por dos metros de suelo de piedra. Fuera, el viento seguía golpeando la ventana grande y aullando en la galería. Sin la luz del faro, el mundo al otro lado del cristal era una masa negra y rugiente.
—Y luego me hiciste creer que había sido yo —dijo Elena.
La voz se le quebró al fin—. Veintiséis años, papá.
Veintiséis años soñando con mis manos. Veintiséis años pensando que había matado a Inés.
Que era un monstruo. Y tú lo sabías. Tú sabías que, cuando yo me fui corriendo de aquellas rocas, ella todavía respiraba.
—Te dije que había sido una pesadilla. Nunca te dije que…
—¡No hacía falta! —Elena se golpeó el pecho con el puño—. ¡Me daba pastillas para que no soñara! ¡Me mirabas cada mañana para ver si me acordaba de algo! ¿Crees que no lo sentía? ¿Que no sabía que había algo horrible dentro de mí que tú no querías que viera? ¡Dejaste que pensara que era yo!
Ramón dejó caer la jeringuilla. Se oyó un pequeño golpe metálico contra la piedra. Rodó hasta la pata de la mesa.
Lucía no se movió para cogerla. No se atrevió a moverse.
Ramón se quedó mirando sus propias manos vacías.
Y Lucía vio cómo, delante de ella, el hombre se derrumbaba.
No de golpe. Despacio. Como se derrumba una casa vieja con el temporal: primero una teja, luego otra, luego una pared entera.
Se le hundieron los hombros. Se le dobló la espalda.
Se apoyó en la mesa con las dos manos, como si fuera a caerse.
—Antes de irse —dijo, sin levantar la cabeza—, me dijo una cosa. Inés.
Elena no contestó. Pero se quedó quieta.
—Me apretó la mano. Ya casi no podía hablar. Y me dijo: «Dígale a la pequena sombra que no fue culpa suya».
Elena se llevó las dos manos a la boca.
—Nunca te lo dije —siguió Ramón—. En veintiséis años. Porque decírtelo era decirte que ella había hablado. Que estaba viva cuando llegué. —Levantó la cabeza y miró a su hija con los ojos rojos—. Así que te lo digo ahora. Veintiséis años tarde. No fue culpa tuya, Elena. Nunca lo fue. Fue mía.
Elena se derrumbó en el suelo, de rodillas, con las manos en la cara. Lloraba a gritos. Lucía se arrodilló a su lado y la abrazó. Elena se agarró a ella como si se estuviera ahogando.
Durante un rato, nadie dijo nada más. Solo el llanto de Elena y el viento.
Lucía fue la primera en darse cuenta de que Ramón se movía.
No hacia ellas. Hacia la otra punta de la sala. Hacia la puerta pequeña junto a la estantería. La que daba a la galería exterior.
Iba despacio, cojeando, con la mano apoyada en la pared. Sin prisa. Como quien va a un sitio al que ha decidido ir hace mucho tiempo.
—Ramón —dijo Lucía.
Él no se volvió. Llegó a la puerta. Descorrió el cerrojo. La abrió.
El viento entró en la sala de guardia como una explosión.
Apagó el farol de camping de un golpe. Tiró al suelo los papeles de la mesa y abrió de par en par las hojas de los cuadernos de las estanterías, que empezaron a aletear como pájaros.
La lluvia entró de lado, helada, salada.
El ruido del mar, de pronto, estaba allí mismo, dentro, enorme, a treinta metros bajo sus pies.
En el marco de la puerta, recortado contra la oscuridad, el impermeable amarillo de Ramón se hinchaba con el viento como una vela.
—¡Ramón, no!
Lucía soltó a Elena y se levantó. Cruzó la sala a oscuras, tropezando con la silla, con la mesa, con el atizador que había dejado caer. Llegó a la puerta en el momento en que Ramón salía a la galería. Lo agarró del impermeable con las dos manos. La tela mojada se le escurría entre los dedos.
—¡Suéltame, Lucía!
—¡No! ¡No vas a escaparte así! ¡Vas a contarlo! ¡A Carmen! ¡A Mateo! ¡A todo el pueblo!
Ramón se volvió. Y por un instante, en la oscuridad, Lucía le vio la cara. Ya no era la cara del médico amable, ni la del padre derrotado. Era otra cosa. Una cara desesperada, salvaje, de animal acorralado.
—Tú no lo entiendes —dijo—. Tú no has tenido nunca nada que proteger.
La agarró del anorak con las dos manos, con una fuerza que Lucía no habría imaginado en un hombre de setenta y un años, y tiró de ella hacia fuera. Hacia la galería. Hacia el viento.
Lucía sintió que los pies se le despegaban del suelo de piedra. Sintió el golpe helado de la lluvia en la cara. Sintió el hierro de la barandilla clavándosele en la espalda, en las costillas magulladas, con un dolor blanco que le cortó la respiración.
Y debajo de ella, treinta metros más abajo, en la oscuridad total, oyó el mar rompiendo contra las rocas.