Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 38. Ganar tiempo
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38. Ganar tiempo

En la aseguradora, Lucía tenía un compañero que había sido negociador de la Policía antes de cansarse y pedir un trabajo más tranquilo.

Se llamaba Germán y fumaba en la puerta de la oficina tres cigarros cada mañana.

Una vez, en una cena de Navidad, después de varias copas, le contó a Lucía el único secreto de su antiguo oficio.

—Cuando alguien tiene un arma y tú no, solo tienes una cosa: tiempo. Cada minuto que habla es un minuto que no dispara. Así que haz que hable. Y luego, haz que dude.

Lucía no soltó el atizador. Pero no lo levantó.

—Andrés lo sabe todo —dijo.

Ramón se detuvo a dos metros de ella, con la jeringuilla en la mano.

—Andrés sabe lo que tú le has contado. Y Andrés es un buen chico, pero no es su padre. No tiene pruebas. Tiene sospechas.

—Tiene las dos hojas del cuaderno de mi padre.

Las de la Garita. Están en la caja fuerte del cuartel desde hace tres días.

—Era mentira. Las hojas estaban en su anorak, en el bolsillo interior.

Pero Ramón no lo sabía—. Tiene la declaración de mi padre del noventa y ocho, la que encontré en la conservera de Otero.

Tiene la libreta de Paco con todos tus pagos, desde 1999.

—Una libreta sin nombres.

—Tiene a Mateo. Que vio tu Mercedes bajar sin luces de la Garita a las dos de la mañana, iluminado por el faro.

Ayer firmó una declaración. —Mentira otra vez.

Pero Lucía la dijo mirándole a los ojos, sin pestañear—.

Tiene a Pilar Souto, que recuerda que el hombre del impermeable que subió al sendero la noche que murió mi padre cojeaba de la pierna izquierda.

Ramón no dijo nada. Pero Lucía vio cómo se le movía un músculo de la mandíbula.

—Tiene las pastillas. Tiene el pedido de ese hipnótico que hiciste a través de la farmacia de Elena el 18 de octubre, nueve días después de matar a mi padre.

Tiene el latiguillo cortado de mi coche.

—Respiró—. Y mañana a las diez llegan los buzos de Salvamento Marítimo.

Van a entrar en A Furna do Corvo. Andrés ya tiene la autorización del juez.

—Mañana a las diez —repitió Ramón, muy despacio.

—Mañana a las diez. Y si yo aparezco muerta esta noche al pie del faro, mañana a las diez y cinco eres la primera persona del mundo a la que van a buscar.

Ramón se quedó quieto. Miró la jeringuilla. Miró a Lucía. Miró a Elena, dormida en el camastro.

—Mientes —dijo—. Como tu padre en su declaración. Non. Nada máis.

—Mira mi móvil. —Lucía lo sacó despacio del bolsillo del anorak y se lo tendió, con la pantalla encendida—. Último mensaje a Andrés. Hace veinte minutos.

Elena en el faro. Faro apagado. Voy. VEN.

Ramón lo miró. Luego soltó una risa corta.

—Un tic, Lucía. Un solo tic gris. No le ha llegado. Aquí arriba nunca hay cobertura con temporal. Tu padre se quejaba siempre.

—Entonces lo leerá cuando la recupere. —Lucía se guardó el móvil—.

Y aunque no llegue nunca, he escrito lo mismo en la puerta de la despensa de mi casa.

En letras de un palmo. FARO. 22:40. ELENA.

VEN. Encima de una pared llena de fechas, de nombres y de flechas.

Con tu nombre en rojo, en el centro. —Lo miró fijamente—.

Cuando Andrés entre mañana en mi casa a buscarme, va a ser lo primero que vea.

Esta vez Ramón no se rio.

Se quedó mucho rato callado. Lucía vio cómo pensaba.

Cómo calculaba. Era un hombre inteligente, metódico, acostumbrado a tomar decisiones de vida o muerte en un segundo.

Y Lucía vio, en el temblor de la jeringuilla, en el sudor que le brillaba en la frente a pesar del frío, el momento exacto en el que entendió que se le había acabado el camino.

—Entonces ya no importa —dijo, muy bajo—. Ya no importa nada.

Se volvió hacia el camastro.

Hacia Elena.

—Ramón, no.

—Es mejor así. —Ramón dio un paso hacia su hija. La cojera le hizo tambalearse—. Es mejor que no se despierte. Que no sepa. Que no tenga que ver a su padre en un juicio. Que no tenga que vivir en este pueblo siendo la hija del médico que…

—¡Ramón!

Lucía se levantó del camastro y se puso entre los dos, con el atizador levantado. Le temblaban los brazos. Le ardían las costillas.

—Apártate, Lucía.

—No.

—Apártate. Por favor. —Tenía lágrimas en los ojos—. Es mi hija. Es lo único que tengo. Déjame protegerla una última vez.

—No la estás protegiendo. Nunca la has protegido. —Lucía levantó la voz por encima del viento—. ¡La has tenido drogada veintiséis años para que no recordara!

Detrás de ella, en el camastro, algo se movió.

Un gemido. Un roce de tela. Lucía no se atrevió a girarse. Mantuvo los ojos fijos en Ramón, en la jeringuilla, en sus manos.

Pero vio cómo la cara de Ramón cambiaba. Cómo miraba por encima de su hombro. Cómo se le abrían los ojos.

—¿Papá?

La voz de Elena sonaba pastosa, lenta, como si hablara desde el fondo del mar. Lucía la oyó incorporarse en el camastro, despacio, con esfuerzo.

—¿Papá? ¿Dónde…? ¿Lucía?

—Cariño —dijo Ramón. Bajó la jeringuilla. Solo un poco—. Cariño, duérmete. No pasa nada. Es una pesadilla.

Hubo un silencio.

—No —dijo Elena.

Lucía se arriesgó a mirar atrás. Elena estaba sentada en el camastro, con la espalda contra la pared, pálida como la cal, con las pupilas todavía diminutas. Pero miraba a su padre. Lo miraba fijamente. Como si lo viera por primera vez.

—No es una pesadilla, papá. Nunca lo fue. —Le temblaba la voz, pero no se le quebró—. Lo he recordado. Esta vez lo he recordado todo.

Ramón no se movió.

—Yo no la empujé, papá. —Las lágrimas le corrían por la cara—. Ella resbaló. Yo tiré de la mochila y ella dio un paso atrás y resbaló. Yo no la empujé.

—Lo sé, cariño. Lo sé. —Ramón dejó caer los brazos—. Siempre lo he sabido.

—Y tú me dijiste que estaba muerta. —Elena lo miró con los ojos muy abiertos—.

Esa noche. Cuando volviste. Te sentaste en mi cama, con la rodilla vendada, y me dijiste que habías bajado a las rocas y que Inés ya estaba muerta cuando llegaste.

Que no había nada que hacer. Me acuerdo. Ahora me acuerdo.

Ramón no contestó.

Y en ese silencio, en ese segundo larguísimo en el que nadie dijo nada, Elena lo entendió.