Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 37. Una semana de plazo
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37. Una semana de plazo

Lucía lo recordaba. Las visitas diarias del doctor a la casa del faro.

El maletín negro sobre la mesa de la cocina.

Su madre cada vez más delgada, más amarilla, en la cama del cuarto de arriba.

Las noches en que Ramón se quedaba hasta tarde, sentado a su lado, para ponerle la morfina.

Su padre en la cocina, solo, mirando la pared.

»Y a partir de ahí, Lucía, yo subía al faro todos los días.

Todos. Durante catorce meses. Le cambiaba los sueros a Rosa, le ajustaba la morfina, le cogía la mano cuando gritaba de dolor por las noches.

Y tu padre me abría la puerta cada mañana.

Y me daba las gracias cada noche. —Ramón sonrió, una sonrisa horrible—.

¿Cómo iba a denunciarme, Lucía? ¿Al único hombre que podía conseguir que su mujer no muriera gritando?

Lucía no contestó.

—Y cuando murió Rosa, tu padre ya llevaba un año y medio callado.

Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil era hablar.

Porque hablar era también confesar que él lo había visto y no había dicho nada.

Que había dejado que Mateo cargara con todo.

—Ramón se encogió de hombros—. El silencio se vuelve una casa, Lucía.

Uno entra un día por un momento y, sin darse cuenta, vive en ella treinta años.

—¿Y Paco? —preguntó Lucía. Le salió la voz ronca.

—Paco me vio salir con la lancha esa noche.

Dormía en su barca, en el puerto. Vino a verme en la primavera de 1999.

No me dijo lo que había visto. Solo me dijo: «Doctor, yo estaba en el puerto la noche de San Amaro.

Y vi lo que vi». Y me pidió cincuenta mil pesetas.

—Ramón negó con la cabeza—. Se las di. Y al año siguiente, el mismo día, otra vez.

Cada 15 de agosto. Como un aniversario. Paco era un hombre de costumbres.

—Hasta septiembre.

—Hasta septiembre. Cuando tu padre encontró la medalla.

—Ramón se quedó mirando la ventana—. El temporal de principios de septiembre removió la arena de A Furna.

Supongo que movió las piedras de la cueva.

La medalla salió a las rocas. Y tu padre la encontró, en uno de esos paseos que se daba ahora que tenía tanto tiempo.

Y supo que era de Inés. Y supo que estaba allí.

Y algo se le rompió. O se le arregló, no lo sé.

»Fue a ver a Carmen. A Andrés. A Mateo. A Paco. Y Paco, que no era tonto, vino corriendo a verme a mí y me pidió tres mil euros. Se los di.

»Y el 8 de octubre, tu padre vino a mi casa.

—Ramón la miró—. Se sentó en mi despacho.

En la misma silla donde te sentaste tú el primer día.

Y me dijo: «Ramón, sé lo que hiciste. Lo vi.

Lo apunté. Tengo las hojas. Te doy una semana para que vayas al cuartel y lo cuentes tú.

Por Carmen. Por el rapaz de los Otero. Por todos. Si no lo haces, lo hago yo».

—Una semana de plazo.

—Una semana. Muy propio de Tomás. Justo hasta el final. —Ramón soltó una risa seca—. Ni siquiera me lo pidió para él. Me lo pidió por Carmen.

»Esa misma noche no dormí. Me quedé en el despacho, con la luz encendida, hasta las cinco de la mañana. Pensando. Elena lo vio, ya te lo contaría.

»Y al día siguiente, a las nueve y media, llamé a tu padre por teléfono. Le dije que tenía razón. Que lo iba a contar todo. Pero que antes quería contárselo a él, solo, en la Garita, donde había empezado todo. Que necesitaba hacerlo allí. Y vino. Con su linterna apuntando a los pies.

Lucía cerró los ojos.

—Lo esperé junto a la Garita. Con el impermeable de la cofradía, porque llovía.

Subí sin linterna, para que nadie me viera.

Pero Pilar Souto nunca duerme, ¿verdad? —Ramón suspiró—.

Tu padre llegó. Hablamos un poco. Me dijo que se alegraba de que hubiera entrado en razón.

Que sería un alivio para los dos. Que él también tenía cosas que confesar. Se dio la vuelta para mirar el mar…

No terminó la frase. No hacía falta.

—Con una piedra —dijo Lucía. No era una pregunta.

—Con una piedra. Y luego el acantilado. —Ramón la miró sin pestañear—. Las corrientes del cabo llevan todo a A Furna. Lo sé desde hace veintiséis años. Le saqué del bolsillo la llave del faro antes. Pensé que algún día me haría falta.

Lucía tenía las uñas clavadas en las palmas. Pensó en su padre, mirando el mar, aliviado. Pensando que por fin iba a terminar todo.

—Y luego llegaste tú —siguió Ramón—. Con tu libreta negra, tu cara de investigadora y tus preguntas.

Te di pastillas, para que durmieras y no oyeras nada.

Entré en tu casa con la llave que tu padre me dio cuando Rosa estaba enferma, para que pudiera entrar de noche a ponerle la morfina sin despertar a nadie.

Nunca me la pidió de vuelta. Me llevé el cuaderno.

Te escribí en el espejo. Pensé que te asustarías y te irías.

—Negó con la cabeza—. Pero eres igual que él.

—¿Y Paco?

—Paco volvió a mi casa la noche después de verte en el cobertizo.

Me dijo que tú le habías ofrecido dinero.

Que ahora quería veinte mil euros, o te lo contaba todo.

—Ramón hizo un gesto vago—. Le dije que se los llevaba a su barca esa misma noche.

Llevé también una botella de orujo. Paco nunca decía que no al orujo.

Con lo que le eché dentro, no le hizo falta mucho. El resto lo hizo el espigón.

—Y los frenos.

—Y los frenos. Te seguí hasta la conservera. Pensé que, si te quedabas sin frenos en esa cuesta, sería un accidente más en una semana de accidentes. —La miró casi con admiración—. Pero giraste el volante. Tu padre tampoco se rendía nunca.

Se levantó de la silla. Despacio, apoyándose en la pierna buena. Dio un paso hacia ella. La jeringuilla brillaba en su mano a la luz del farol.

Lucía apretó el atizador.

—¿Y ahora qué, Ramón?

—Ahora, nada. —Ramón sacó del bolsillo del impermeable una segunda jeringuilla, más grande, todavía con el capuchón puesto—.

Ahora la hija del farero, que no ha superado la muerte de su padre, que lleva una semana viendo asesinos por todas partes, que tuvo un accidente de coche y está conmocionada, sube al faro la noche de difuntos.

Y apaga la luz, como un último homenaje.

Y sale a la galería, con la tormenta. Y se tira.

Le quitó el capuchón a la jeringuilla con los dientes.

—Será otro accidente, Lucía. O casi. Y yo firmaré el certificado.