36. Lo que hizo un padre
Lucía levantó el atizador.
Ramón la miró sin moverse. Volvió a ponerse las gafas. Luego, con un gesto lento, casi perezoso, señaló con la jeringuilla hacia el camastro.
—Yo no haría eso. Elena tiene en el cuerpo bastante para dormir hasta mañana. Si le pongo esto —levantó un poco la jeringuilla—, no se despierta. Y no tardaría ni diez segundos en llegar hasta ella. Cojo, pero no tanto.
—No le harías daño a tu hija.
—No. —Ramón la miró con una tristeza enorme—. A Elena no le haría daño nunca. Todo lo que he hecho en mi vida lo he hecho por ella. —Hizo una pausa—. Pero ya no sé qué es hacerle daño, Lucía. Quizá dormir para siempre sería mejor que despertarse mañana y saber quién es su padre.
Lo dijo sin levantar la voz. Lucía entendió que lo decía en serio. Que estaba más allá de algo. Que había cruzado una línea y ya no veía el camino de vuelta.
Bajó el atizador. No lo soltó.
—Siéntate —dijo Ramón, señalando el camastro, a los pies de Elena—. Ahí. Donde yo te vea.
Lucía se sentó. Puso una mano sobre el tobillo de Elena, por encima del pantalón mojado. Estaba caliente. Respiraba.
—¿Cómo la has traído hasta aquí?
—Le puse algo en la manzanilla después de cenar.
Algo suave. —Ramón se encogió de hombros—.
Le dije que la llevaba a dar una vuelta, que estaba nerviosa, que le vendría bien el aire.
Subió por su propio pie, medio dormida, apoyada en mí.
Ciento doce escalones. Me costó media hora.
—Se frotó la rodilla izquierda—. Esta pierna ya no es lo que era.
—Tenías la llave del faro.
—La de tu padre. La llevaba en el bolsillo del anorak aquella noche. —La miró a los ojos—. Ya sabes qué noche.
Lucía apretó el atizador hasta que le dolieron los dedos.
—¿Por qué estamos aquí, Ramón?
El doctor se quedó callado un rato. Fuera, el viento golpeaba la ventana grande como si quisiera romperla. Sin la luz del faro, el mar era solo ruido.
—Porque ya lo sabes —dijo al fin—. Lo supe ayer, en la consulta, cuando te dije lo de la conservera. Vi cómo se te quedaba la cara. Tienes la misma cara que tu padre cuando descubre algo. Tomás tampoco sabía disimular.
Se quitó las gafas otra vez. Las dobló. Las guardó en el bolsillo del impermeable.
—Y porque estoy cansado, Lucía. Llevo veintiséis años cansado. Alguien tiene que saberlo. Aunque sea alguien que no podrá contarlo.
—Elena llegó a casa a la una y veinte —empezó—. Lo sé porque miré el reloj de la entrada cuando oí la puerta. Yo había vuelto de la verbena a las doce y media. Había bailado con tu madre, ¿sabes? Era una mujer encantadora, Rosa. Bailaba muy bien.
»Elena entró como un fantasma. Blanca. Mojada de sudor.
Con las rodillas sangrando y las manos… —Ramón se miró las suyas—.
Las palmas en carne viva. Como si hubiera estado tirando de una cuerda.
No podía hablar. Temblaba entera. La cogí, la senté, le di agua.
Y al cabo de un rato me dijo cuatro palabras. Solo cuatro.
»«Inés se ha caído.» Y luego: «En la Garita. Por el acantilado».
Ramón hizo una pausa. Tenía la mirada perdida en la ventana negra.
—Cogí el coche y el maletín. Subí por la pista del cabo con las luces encendidas, a toda velocidad. Paré a la altura de la Garita y apagué las luces. No sé por qué. Instinto. Bajé por el caminito con la linterna y la vi.
»Estaba abajo. En una repisa de rocas, a unos quince metros, justo encima de donde rompía el mar.
Y la mochila roja un poco más arriba, en otra repisa, abierta.
Yo conocía esas rocas. De joven bajaba ahí a coger percebes.
Así que bajé. —Se tocó la rodilla—. Y me caí.
Los últimos cuatro metros. Me rompí la rótula contra una piedra.
Por eso cojeo desde entonces. Una caída en las rocas, hace mil años. Ya ves que no te mentí del todo.
—¿Y ella?
Ramón cerró los ojos.
—Estaba viva.
Lucía se quedó sin aire.
—Estaba viva, Lucía. —Ramón abrió los ojos y la miró, y en ellos había algo tan oscuro que Lucía tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la vista—.
Tenía la espalda rota. Lo vi enseguida. La pelvis también.
Un golpe en la cabeza que sangraba mucho.
No podía moverse. Pero respiraba. Y tenía los ojos abiertos. Y me reconoció.
»Me dijo «doctor». Muy bajito. «Doctor». Como cuando venía a la consulta con anginas.
El viento aulló en la galería. Lucía se dio cuenta de que estaba llorando, sin ruido, y no sabía desde cuándo.
—Y yo me arrodillé a su lado, con la rodilla rota, en aquellas rocas.
Y pensé. —Ramón hablaba ahora muy despacio, eligiendo cada palabra—.
Pensé que el hospital de A Coruña estaba a hora y media.
Que no había helicóptero de noche. Que con esas lesiones no llegaría viva, o llegaría para pasarse la vida en una cama sin poder mover nada. Pensé eso, sí. Lo pensé como médico.
»Y luego pensé otra cosa. Pensé como padre.
»Pensé que, si llamaba a alguien, si llegaba una ambulancia, la Guardia Civil, quien fuera, Inés hablaría.
Diría lo que había pasado. Que mi hija de doce años la había seguido hasta el acantilado.
Que habían forcejeado. Que Elena tiró de ella.
Y Elena… Elena sería para siempre la niña que mató a Inés Varela.
En este pueblo. Para siempre. Como lo ha sido Mateo.
—Ramón…
—Así que me quedé quieto. —Ramón se miró las manos—. No hice nada. No le toqué la herida. No le hablé. No llamé a nadie. Solo me quedé allí, a su lado, cogiéndole la mano, mientras el mar subía y bajaba a mis pies.
»Tardó once minutos. Los conté en mi reloj.
Lucía no podía respirar.
—Antes de irse, dijo otra cosa. —A Ramón se le quebró la voz por primera vez—. Me apretó la mano. Y me dijo: «Dígale a la pequena sombra que no fue culpa suya».
Se quedó callado mucho tiempo. Lucía no se movió. Tenía la mano sobre el tobillo de Elena, que respiraba despacio, ajena a todo.
—Luego hice lo demás —siguió Ramón, con la voz otra vez plana, como quien recita—.
La subí por el caminito hasta el coche. No sé cómo, con la rodilla rota.
Supongo que no sentía nada. La metí en el maletero.
Bajé al pueblo sin luces. La llevé a mi lancha, al muelle de recreo, en la oscuridad, cuando ya no quedaba nadie en el puerto.
Salí a las tres. Fui a A Furna. Allí hay una cueva que solo se ve con la marea baja.
La conocía de la pesca. La dejé dentro, con piedras. Y también la mochila.
—Y volviste a casa.
—Y volví a casa. Y me vendé la rodilla. Y subí al cuarto de Elena, que tenía cuarenta de fiebre. Y me senté en su cama. Y empecé a decirle que había tenido una pesadilla.
Ramón levantó la vista.
—Y al día siguiente, tu padre me paró en la plaza y me preguntó qué hacía mi lancha saliendo del puerto a las tres de la mañana.
Hizo una pausa larga. Lucía vio cómo se le endurecía la cara.
—Tu padre lo vio todo desde aquí, Lucía. Desde esta misma ventana. —Señaló el cristal negro con la jeringuilla—. Y calló. Veintiséis años. ¿Quieres saber por qué?
No esperó respuesta.
—Porque yo estaba cuidando de tu madre.