Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 35. La sala de guardia
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35. La sala de guardia

Subió despacio. Escalón a escalón. Con la linterna en la mano izquierda, apuntando a los pies, y el atizador en la derecha.

La escalera de caracol giraba y giraba sobre sí misma, y en cada vuelta la oscuridad de arriba parecía la misma, como si no avanzara nada.

Las ventanas estrechas de la torre eran rectángulos negros por los que entraban el viento y la lluvia, silbando.

Cada vez que pasaba junto a una, una ráfaga helada le daba en la cara.

Contaba sin querer. Veinte. Veintiuno. Veintidós.

En el escalón cuarenta se detuvo. Le dolían las costillas a cada respiración, como si tuviera cristales dentro. Se apoyó en la pared de piedra, fría y húmeda, y escuchó.

Arriba no se oía nada. Ni pasos, ni voces. Solo el viento.

—¿Elena? —llamó otra vez, más bajo.

Nada.

Siguió subiendo.

Cincuenta y seis. La ventana desde la que se veía la Garita.

Lucía no miró. Setenta. Ochenta. El aire se volvía más frío a medida que subía.

Noventa. Cien. Empezó a ver una claridad débil, amarillenta, que bajaba por la escalera desde lo alto.

No era la luz del faro. Era algo más pequeño. Más cálido.

Ciento diez. Ciento once.

Ciento doce.

La puerta de la sala de guardia estaba abierta.

Dentro, sobre la mesa de madera de su padre, había un farol de camping encendido, de los de pilas, con la luz al mínimo.

Iluminaba la habitación redonda con un resplandor amarillo y débil que dejaba los rincones en sombra.

Las estanterías con los cuadernos de guardia.

La ventana grande, negra, golpeada por la lluvia. La estufa de hierro, apagada.

El panel automático de la pared, con sus lucecitas verdes y su pantalla, estaba muerto. Completamente apagado. Debajo, la tapa del cuadro eléctrico estaba abierta y el interruptor general, bajado.

Y en el camastro, contra la pared, estaba Elena.

Tumbada boca arriba, con el chubasquero rojo todavía puesto, los brazos a los lados del cuerpo, la cabeza un poco ladeada. Tenía los ojos cerrados. El pelo rubio, mojado, le cubría media cara.

—¡Elena!

Lucía dejó caer la linterna y el atizador y se arrodilló junto al camastro. Le apartó el pelo de la cara. Estaba pálida, con los labios un poco azulados, pero respiraba. Lucía le puso la mano en el pecho. Respiraba despacio. Muy despacio. Pero respiraba.

—Elena. Elena, despierta. Soy yo.

Le dio unas palmadas en las mejillas. Elena movió un poco la cabeza. Frunció el ceño, como quien está dormido y le molesta la luz. Murmuró algo que no se entendía. Y siguió durmiendo.

Lucía le levantó un párpado con el pulgar. La pupila era un punto negro, diminuto, como la cabeza de un alfiler.

La habían sedado.

Lucía miró a su alrededor. En la mesa, junto al farol, estaba el móvil de Elena, con la funda de flores. Bocabajo. Al lado, un maletín de cuero negro, abierto. Un maletín de médico.

Se le paró el corazón.

Ven sola. Solo tú.

No había sido Elena.

Lucía se levantó despacio. Muy despacio. Se agachó para recoger el atizador del suelo, sin hacer ruido, sin apartar los ojos de la puerta por la que había entrado. La escalera, a oscuras. Nadie.

Se volvió hacia el otro lado de la habitación.

Hacia la escalerilla de hierro que subía, por una trampilla en el techo, a la sala de la linterna, donde estaba la lámpara.

Y a la puerta pequeña, junto a la estantería, que daba a la galería exterior.

Estaba cerrada. El viento la hacía vibrar en el marco.

Nadie.

Lucía cogió el farol de la mesa y lo levantó, para iluminar los rincones.

El de la izquierda: estanterías, cuadernos.

El de la derecha: la estufa.

Y en el rincón del fondo, entre la estufa y la pared, donde el resplandor del farol casi no llegaba, había una silla. La vieja silla de madera de su padre, la que siempre estaba junto a la ventana para mirar el mar.

Y en la silla, sentado, completamente quieto, había un hombre.

Llevaba un impermeable amarillo largo de pescador, con la capucha bajada.

El agua de la lluvia le goteaba todavía de los hombros y formaba un charco en el suelo, bajo sus botas.

Tenía las piernas cruzadas y las manos juntas sobre la rodilla izquierda.

En una de ellas sostenía algo pequeño y alargado que brilló un instante a la luz del farol.

Una jeringuilla.

El hombre no se movió. Ni siquiera parpadeó. Llevaba allí sentado, en la oscuridad, todo el tiempo. Mientras ella subía. Mientras ella llamaba a Elena. Mientras se arrodillaba junto a su amiga. Mirándola.

Lucía reconoció el pelo blanco peinado hacia atrás. El bigote recortado. Las gafas de montura dorada, que reflejaron la luz del farol como dos pequeñas llamas.

—Hola, Lucía —dijo el doctor Ramón Castro con su voz tranquila, cansada, amable de siempre.

Se quitó las gafas despacio y las limpió con el borde del impermeable.

—No debiste volver.