34. Ven al faro
En San Amaro era la noche de Samaín. Lucía lo recordaba de niña: los calacús , las calabazas vaciadas con caras de miedo y una vela dentro, en las ventanas y en los muros de las casas.
Los niños pidiendo caramelos por las puertas con sábanas viejas.
Las abuelas hablando de la Santa Compaña, la procesión de almas en pena que recorría los caminos de noche con velas encendidas.
Su madre le decía que esa noche el mundo de los vivos y el de los muertos estaban más cerca que nunca. Que las almas volvían a casa.
Ese año, con el temporal, no había calabazas en los muros. Solo unas pocas, en algunas ventanas del pueblo, con la vela apagada por el viento.
Lucía no había dormido. Pasó la mañana escribiéndole mensajes a Elena cada hora.
¿Estás bien? Las respuestas llegaban tarde y eran cortas.
Sí. En la farmacia. Él en la consulta. Todo normal.
A las dos: Ha comido conmigo. Ha hablado del tiempo.
Como si nada. A las cinco: Estoy bien. No te preocupes. Esta noche cenamos y me acuesto pronto.
Andrés llamó a las seis. Su voz sonaba cansada y tensa.
—Mala noticia. Ha reventado una tubería de agua en la parte baja y tengo cuatro casas inundadas. Necesito a Brais conmigo. No puedo dejarle vigilando la casa de Ramón.
—Andrés…
—Lo sé. Lo sé. —Una pausa—. Ramón no ha salido en todo el día, salvo para ir a la consulta. Elena está con él. Y mañana a las diez llega la embarcación de Salvamento. La Aemet dice que a partir de medianoche el viento baja. Solo es una noche más, Lucía.
—Una noche más.
—Cierra bien. Llámame si pasa cualquier cosa. Y no salgas de casa. Por favor.
—Vale.
Colgó.
A las diez de la noche, el viento volvió a subir.
Una última embestida, como había dicho la radio, antes de que el temporal se fuera hacia el norte, hacia el Cantábrico.
La casa crujía. Las contraventanas golpeaban.
La lluvia caía ahora de lado, en ráfagas, contra los cristales.
Lucía estaba sentada en la cocina, junto al fuego, con el móvil sobre la mesa, el atizador al lado y el diario de Inés abierto, aunque no lo leía.
La luz del faro pasaba por la ventana cada doce segundos. Una franja blanca en la pared. Luego oscuridad. Luego otra vez la franja. Llevaba nueve noches viéndola. Ya ni siquiera se daba cuenta. Era como el latido de la casa.
A las diez y treinta y siete, el móvil vibró.
Lucía lo cogió. Era un mensaje de Elena.
Estoy en el faro. Arriba. Lo he recordado todo. Todo, Lucía. Tengo que contártelo antes de que llegue Andrés. Ven sola, por favor. Solo tú.
Lucía leyó el mensaje dos veces. Luego levantó la cabeza y miró la ventana.
Esperó la franja de luz en la pared.
No llegó.
Esperó doce segundos más. Veinte. Treinta.
Nada.
Se levantó despacio. Fue hasta la ventana. Pegó la cara al cristal frío y miró hacia arriba, hacia la torre blanca que se levantaba a pocos metros de la casa, en la oscuridad.
El faro de Punta Lobeira estaba apagado.
Por primera vez en su vida. Por primera vez, que ella supiera, en más de cien años. La linterna de cristal, en lo alto, era un agujero negro contra el cielo negro. Ninguna luz. Ningún haz barriendo el mar. Solo el ruido del viento y de las olas rompiendo, invisibles, contra las rocas.
Un faro no se puede apagar nunca, Lucía. Hay barcos ahí fuera que dependen de él.
Se le heló la sangre.
Pensó deprisa. Elena en el faro. ¿Cómo había entrado? La llave del faro estaba en su manojo, colgada en el gancho de la entrada. Lucía fue a mirar. Ahí estaba, la del trébol. ¿Había otra? Su padre debía de tener otra. La que llevaba encima siempre. La que llevaría encima la noche del 9 de octubre.
La que nadie le había devuelto con sus cosas.
Ven sola. Solo tú.
Lucía cogió el móvil y llamó a Andrés. Un tono. Dos. El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Volvió a llamar. Lo mismo. Le escribió un mensaje: Elena en el faro. Faro apagado. Voy. VEN. El mensaje se quedó con un tic gris. Uno solo.
Llamó a Elena. Sonó y sonó. Nadie contestó.
Lucía se quedó de pie en la entrada, con el móvil en la mano, sin saber qué hacer.
Si esperaba a Andrés, quizá llegaba tarde.
Quizá Elena estaba sola allí arriba, en la oscuridad, recordando cosas que nadie debería recordar sola.
Quizá había apagado el faro ella misma, en un ataque de pánico, sin saber lo que hacía.
O quizá no estaba sola.
Cogió un rotulador de la mesa y escribió en grande, en la puerta de la despensa, encima de todo lo demás:
FARO. 22:40. ELENA. VEN.
Se puso el anorak de su padre. Metió la linterna en un bolsillo y el móvil en el otro. Cogió el atizador. Abrió la puerta.
El viento casi la tira al suelo. Agachó la cabeza y caminó los treinta metros que separaban la casa de la torre, empujando contra la lluvia, con la linterna encendida apuntando al suelo, como hacía su padre.
La puerta de hierro del faro estaba abierta. No mucho. Una rendija. Lo justo para que se viera la oscuridad de dentro.
Lucía la empujó. Chirrió.
Dentro, la escalera de caracol subía hacia la negrura. Ciento doce escalones. No se oía nada. Solo el viento silbando por las ventanas estrechas, colándose por la puerta abierta y subiendo por la torre como si fuera una chimenea.
—¿Elena?
Su voz rebotó en las paredes de piedra y se perdió hacia arriba.
Nadie contestó.
Lucía apretó el atizador. Puso un pie en el primer escalón.
Y empezó a subir.