33. El plan
Lucía rodeó la mesa y abrazó a Elena.
La abrazó como no la había abrazado desde que eran niñas.
Fuerte, con las dos manos, con la cara de Elena contra su hombro, sin importarle el dolor de las costillas.
Elena se quedó rígida al principio, como un palo.
Luego algo se le rompió por dentro y empezó a llorar.
No como antes, con lágrimas silenciosas.
Ahora lloraba con todo el cuerpo, a sacudidas, con un ruido que salía de muy hondo, de un sitio donde había estado guardado veintiséis años.
Lucía la sostuvo y no dijo nada. Dejó que llorara. Fuera, el viento y el mar. Dentro, el fuego y el llanto de Elena.
Cuando por fin se calmó un poco, Lucía le apartó el pelo de la cara y la obligó a mirarla.
—Escúchame bien. Tenías doce años.
—Lucía…
—Tenías doce años, Elena. Eras una niña. Una niña que quería mucho a alguien y no quería que se fuera. Le tiraste de la mochila. Eso es todo lo que hiciste. Ella resbaló. —Le apretó la cara entre las manos—. Fue un accidente. Un accidente horrible. Pero un accidente.
—Si yo no la hubiera seguido…
—Si Carmen la hubiera parado la noche antes. Si Mateo no hubiera tenido que ir en la lancha. Si mi padre hubiera bajado del faro. Si, si, si. —Lucía negó con la cabeza—. No funciona así. Créeme. Llevo una semana haciéndome la misma pregunta con mi padre.
Elena se limpió la cara con las mangas.
—Pero mi padre…
—Tu padre es otra cosa.
Se quedaron mirándose. Las dos sabían lo que eso significaba. Lo que había hecho Ramón Castro después de aquella noche. El coche sin luces. La lancha hacia A Furna do Corvo. Las pastillas. Veintiséis años diciéndole a su hija que había sido una pesadilla.
Y luego, el 9 de octubre. Y Paco Rial en el agua. Y los frenos.
Elena se levantó de pronto. Fue hasta el fregadero, abrió el grifo y se mojó la cara con agua fría, una y otra vez. Cuando se volvió, había cambiado algo en ella. Seguía pálida, seguía temblando. Pero tenía los ojos limpios.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Andrés llegó en veinte minutos. Escuchó a Elena sentado frente a ella, en silencio, sin tomar notas.
Elena lo contó todo otra vez, con frases más cortas, más secas, como quien declara.
Lucía vio cómo a Andrés se le endurecía la cara a medida que ella hablaba.
Pero cuando Elena terminó y lo miró, asustada, esperando algo, Andrés habló con mucha suavidad.
—Elena. Lo que pasó en la Garita no es un delito. No para una niña de doce años, y menos si fue un accidente. Ningún juez del mundo te va a acusar de nada. Eso quiero que lo tengas muy claro.
Elena asintió. Le temblaba la barbilla.
—Pero lo que vino después… —Andrés se pasó la mano por la cara—. Esconder un cuerpo, mentir a la Guardia Civil durante veintiséis años. Y lo de ahora: Tomás, Paco, los frenos de Lucía. Eso es otra cosa.
—Mi padre no…
Elena no terminó la frase. No pudo.
—Necesito el cuerpo de Inés —dijo Andrés—. Sin el cuerpo, todo esto es tu memoria contra la suya. Y tú estuviste medicada media vida y él es el médico más respetado de la comarca. Su abogado te destrozaría en un juicio. Diría que te lo has inventado. Que Lucía te lo ha metido en la cabeza.
—Entonces, ¿qué hacemos? —repitió Lucía.
—Lo que dije ayer. Esperar. Mañana por la tarde el temporal empieza a bajar.
Pasado mañana, el día uno, si el mar lo permite, he pedido una embarcación de Salvamento Marítimo con dos buzos para entrar en A Furna.
Ya está hablado con el juzgado. Si encontramos a Inés, pido una orden y detengo a Ramón esa misma tarde.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces, nada. Nadie hace nada. Nadie dice nada. —Andrés miró a Elena—. Y tú, menos que nadie.
—Elena se queda aquí esta noche —dijo Lucía—. Conmigo.
—No.
Las dos se volvieron hacia Elena.
—No —repitió ella—. Si no vuelvo a casa esta noche, lo sabrá.
Mi padre me conoce mejor que nadie en el mundo.
Si no aparezco a cenar, si duermo fuera sin avisar, va a saber que pasa algo.
—Tragó saliva—. Lleva veintiséis años vigilándome, Lucía.
Ahora lo entiendo. Cada noche que no podía dormir, cada vez que le contaba el sueño, cada pastilla. No me cuidaba. Me vigilaba.
—Es peligroso —dijo Lucía.
—Es mi padre. —Elena se encogió de hombros con una tristeza infinita—. A mí no me va a hacer nada. Todo lo que ha hecho en su vida lo ha hecho por mí.
Andrés y Lucía se miraron.
—Brais vigilará la casa desde el coche —dijo Andrés al fin—. Toda la noche. Si tu padre sale, me avisa. Y tú tienes el móvil encendido, siempre. Cualquier cosa, una llamada perdida y entramos.
Elena asintió.
Se fue a las diez. Lucía la acompañó hasta el coche. Antes de subir, Elena se dio la vuelta y la abrazó.
—Gracias —le dijo al oído—. Por no soltarme.
—Nunca.
—Lo juramos, ¿te acuerdas? En la Garita. Con diez años. Que nunca nos separaríamos.
—Me acuerdo.
—Pues lo rompiste tú, que te fuiste a Madrid. —Elena sonrió entre lágrimas—. Ahora no lo rompas.
Se metió en el coche y bajó por la pista. Lucía se quedó en el porche bajo la lluvia, mirando cómo los faros rojos se hacían pequeños, hasta que desaparecieron en la curva.
Andrés se fue poco después.
Lucía cerró las dos puertas, puso la silla, echó los cerrojos. Encendió todas las luces de la casa. Se sentó en la cocina con el móvil en la mano y el atizador encima de la mesa.
No pensaba dormir.
A las doce menos veinte, el móvil vibró. Un mensaje de Elena.
Estoy en casa. Me estaba esperando despierto en la cocina, con la luz apagada. No me ha preguntado dónde estaba. No ha dicho nada. Solo me ha mirado. Mucho rato.
Un minuto después, otro.
Creo que lo sabe.