32. La pequeña sombra
Elena llegó al anochecer.
Lucía oyó el coche en la pista, vio los faros por la ventana y cogió el atizador. Luego vio el chubasquero rojo y lo soltó.
Elena no llamó a la puerta. Se quedó de pie en el porche, bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos, mirando el faro. Cuando Lucía abrió, se volvió despacio. Tenía la cara gris. Los labios sin color. Los ojos hinchados de haber llorado mucho y luego de no haber podido llorar más.
—¿Puedo pasar?
Lucía se apartó.
Elena entró en la cocina, vio la puerta de la despensa, vio los dos nombres en rojo en el centro. El de su padre. El suyo. Se quedó mirándolos sin moverse. Luego se sentó en la silla de Tomás, puso las manos sobre la mesa, muy juntas, y se las miró.
—He hablado con él —dijo.
—Lo sé. Hoy he ido a la consulta.
—¿Te ha contado lo del error? ¿Lo del armario lleno de muestras?
—Me lo ha contado.
—A mí también. —Elena soltó una risa pequeña, rota—.
Con las mismas palabras. Con la misma cara.
Me abrazó, me dio un beso en la frente, me dijo que me quería mucho y que no me preocupara.
Y yo le creí. Quise creerle. Me fui a la farmacia a trabajar y me dije: «Ya está.
Ha sido un error. Mi padre es mi padre».
Se quedó callada. Lucía esperó.
—Y luego, a media tarde, cuando no había nadie, abrí el ordenador de la farmacia.
—Elena seguía mirándose las manos—. Mi padre no compra los medicamentos de la consulta en el mismo sitio que yo, pero los pide a través de mi cuenta, porque así le sale más barato.
Busqué ese hipnótico. El del blíster. —Respiró—.
Lo pidió el 18 de octubre. Una caja. Nunca lo había pedido antes.
Nunca, en veinte años que llevo con la farmacia.
—El 18 de octubre.
—Nueve días después de que muriera tu padre. —Elena levantó por fin la vista—. Cuando ya se sabía en el pueblo que ibas a venir.
Lucía se sentó frente a ella. No sabía qué decir. Le cogió las manos. Estaban heladas.
—Elena…
—Hay más.
Elena retiró las manos. Se las llevó a la cara, se apartó el pelo mojado de la frente, como si necesitara despejar algo.
—Anoche soñé otra vez. El mismo sueño de siempre. La noche, el viento, la luz del faro, la mochila en las rocas. La golondrina. —Hizo una pausa—. Pero esta vez no me desperté.
—¿Qué quieres decir?
—Que el sueño siguió. O empezó antes. No lo sé. —Elena miraba un punto fijo de la mesa—. Como si una puerta que llevaba veintiséis años cerrada se hubiera abierto un poco. Solo un poco. Lo justo para mirar.
Lucía no se movió.
—Cuéntamelo.
Elena tardó en empezar. Cuando lo hizo, hablaba en voz muy baja, despacio, con pausas largas, como si fuera bajando una escalera a oscuras y tuviera que buscar cada escalón con el pie.
—Estoy en la verbena. Los fuegos. Todo el mundo mira al cielo. Tú también, a mi lado. Y yo no. Yo miro a Inés. Porque sé que se va a ir. Me lo ha contado. Y la veo soltarse de Mateo y escabullirse entre la gente, hacia el puerto. Con la mochila roja.
»Y la sigo. No sé por qué. Porque soy la pequeña sombra, supongo. Porque la sigo a todas partes. Tú estás mirando los fuegos y no te das cuenta de que me voy.
»Ella sube por el sendero del cabo, rápido, casi corriendo.
Yo detrás, lejos, sin hacer ruido. Hay luna.
Hay mucha luz. Y llega a la Garita, y se sienta en la piedra de la entrada, y enciende un cigarro.
Y yo me acerco. Y ella me ve y se asusta.
Y luego se ríe. Me dice: «¿Qué haces aquí, pequena sombra? Vete a casa, que te van a reñir».
Elena tragó saliva.
—Y yo no me voy. Me pongo a llorar. Le digo que no se vaya.
Que por favor no se vaya. Que es mi única amiga mayor.
Que me prometió postales, pero que yo no quiero postales, que quiero que se quede.
Y ella me abraza. Me dice que no puede quedarse.
Que se ahoga. Que algún día lo entenderé.
Y se levanta y coge la mochila y se va hacia el caminito que sube a la pista.
Que está muy cerca del borde. Allí el acantilado está a dos pasos.
»Y yo voy detrás. Y la cojo. Cojo la mochila. Del asa. Con las dos manos. Y tiro. Para que no se vaya. Tiro con todas mis fuerzas. Y ella se da la vuelta y me dice «¡Suéltame, Elena!», y tira también. Y yo no la suelto. Y ella tira más fuerte. Y yo no la suelto. Y me arden las manos…
Elena se miró las palmas. Le temblaban.
—Y entonces la mochila se suelta. O se rompe el asa. O se la arranco. No sé. Me caigo hacia atrás, de culo, con la mochila en las manos. Y ella… Ella da un paso hacia atrás, para no caerse. Uno solo.
Elena cerró los ojos.
—Y ahí ya no hay suelo.
El silencio en la cocina era tan grande que Lucía podía oír el reloj del salón. El fuego. El mar.
—No grita —susurró Elena—. Eso es lo que más recuerdo. No grita. Solo hay un ruido abajo. Un ruido corto. Y luego el mar.
»Y yo me arrastro hasta el borde. Y la luz del faro pasa. Y abajo, en las rocas, está ella. Y la mochila, que se me ha caído de las manos, está más cerca, en una repisa, abierta, con las cosas desparramadas. Y la solapa dada la vuelta. Y una golondrina azul bordada por dentro.
Abrió los ojos. Estaban secos. Había ido más allá de las lágrimas.
—Y luego no hay nada más. Corro. Supongo que corro.
Llego a casa. Mi padre. Mi padre en la puerta, en pijama.
Y luego la fiebre, la cama, los paños fríos en la frente.
Y mi padre diciéndome muy bajito, cada noche, sentado en mi cama, acariciándome el pelo: «Ha sido una pesadilla, cariño.
Solo una pesadilla. Tú estuviste en casa toda la noche. Tú no saliste de casa».
Elena miró a Lucía. Tenía doce años otra vez. Exactamente doce.
—Durante veintiséis años me lo he creído. Y él me daba pastillas para que no soñara. Para que no recordara.
Se le quebró la voz por fin.
—Lucía. —Lo dijo como una niña que confiesa algo terrible—. Creo que yo maté a Inés.