Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 31. La lancha Elena
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31. La lancha Elena

Andrés le había dicho que no se acercara a Ramón. Que no hiciera nada. Que esperara dos días.

Lucía lo intentó. Pasó la mañana del miércoles en casa, sentada en la cocina, mirando la puerta de la despensa. Releyendo el diario de Inés. Releyendo las hojas de su padre. Tomando café.

A las doce no podía más.

No iba a acusarlo. No iba a enseñarle nada. Solo quería mirarlo a la cara. Una vez. Sabiendo lo que sabía. Necesitaba ver si era capaz de hacerlo sin que se le notara. Y necesitaba ver si él notaba algo.

Además, tenía una excusa perfecta: los puntos de la frente.

Bajó al pueblo andando, por la pista, porque no tenía coche. Tardó cuarenta minutos y llegó con las costillas ardiendo. En la casa del doctor, la puerta de la consulta estaba abierta. La sala de espera, vacía. Lucía llamó al despacho.

—¡Adelante!

Ramón estaba sentado detrás de su escritorio, con la rebeca gris y la corbata granate, como el primer día. Tenía mejor cara. La fiebre parecía haber pasado. Al verla, se levantó con una sonrisa enorme.

—¡Lucía! ¡Qué alegría! Pasa, pasa. ¿Cómo estás? ¿Cómo va esa cabeza?

Rodeó la mesa para abrazarla. Lucía se dejó abrazar. Fue lo más difícil que había hecho en su vida. Notó sus manos en la espalda, secas y calientes. Olía a colonia de lavanda y a jarabe para la tos.

Y cojeaba. Al volver a su silla, cojeaba de la pierna izquierda.

—Mejor, gracias. Vengo a que me mire los puntos.

—Claro, claro. Siéntate en la camilla.

Lo hizo. Ramón le quitó el apósito con cuidado y examinó la herida con una lupa, inclinado sobre ella, tan cerca que Lucía podía ver los poros de su nariz y los pelos blancos de su bigote. Le temblaba un poco la mano. O le pareció.

—Perfecto. Está cerrando muy bien. En cinco días te los quito. —Le puso un apósito nuevo—. ¿Y las costillas?

—Duelen.

—Dolerán un par de semanas. Paracetamol y paciencia. —Volvió a su silla y se sentó, frotándose la rodilla—. Elena me contó lo de las pastillas.

Lucía se quedó quieta.

—¿Ah, sí?

—Me dio un susto de muerte, la pobre. Vino llorando a mi despacho con el blíster en la mano.

—Ramón negó con la cabeza, con cara de disgusto—.

Un desastre, Lucía. Un desastre imperdonable.

Tengo el armario lleno de muestras de laboratorio, de cajas sueltas, de cosas de hace años.

Con la fiebre, a las dos de la mañana, cogí el blíster que no era.

Y encima con una conmoción. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos—.

Cuarenta años de profesión y casi te mato por un descuido de viejo. Te pido perdón. De verdad.

Lo dijo tan bien. Tan sincero. Con la voz tan cansada. Lucía pensó que, si no supiera lo que sabía, le creería. Le creería sin dudarlo.

—No pasa nada, Ramón. Estoy bien.

—Gracias a Dios. —Se volvió a poner las gafas—. ¿Y qué tal lo demás? ¿Has encontrado algo de lo que buscabas en los papeles de tu padre?

Lo preguntó como de pasada, mientras ordenaba unas recetas sobre la mesa. Sin mirarla.

—No —dijo Lucía—. Nada. Facturas y cuadernos de guardia.

—Ya. —Ramón asintió despacio—. Tu padre era un hombre muy ordenado. Pero no guardaba secretos, Lucía. No era de esos.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

Lucía había preparado la respuesta durante los cuarenta minutos de bajada.

—Me voy. En cuanto abran la carretera. Le voy a vender la casa a Julián Otero y vuelvo a Madrid. —Se encogió de hombros—. Esto ha sido demasiado. Paco, el coche… No tengo nada que hacer aquí.

Ramón levantó la vista por fin. La miró por encima de las gafas, largo rato. Y Lucía vio algo en sus ojos que no supo nombrar. ¿Alivio? ¿Pena?

—Creo que es lo mejor, Lucía. De verdad lo creo. —Sonrió—. Tu padre habría querido que fueras feliz. Allí, en tu vida. No aquí, peleándote con fantasmas.

—Supongo que sí.

Lucía se levantó de la camilla, despacio. Cogió el anorak. Ramón se levantó también para acompañarla a la puerta, cojeando.

—Y otra cosa —dijo él, abriéndole la puerta del despacho, con una mano en su hombro, paternal—. Hasta que te vayas, no vuelvas a meterte en la conservera de Otero a medianoche, ¿eh? Esa nave se cae a pedazos. Podías haberte hecho mucho daño ahí dentro.

Lucía sonrió. Asintió. Le dio las gracias. Salió.

Bajó las escaleras del jardín entre las hortensias. Atravesó la verja. Caminó calle abajo, sin prisa, sin volverse, con las manos en los bolsillos del anorak de su padre.

Solo cuando dobló la esquina, cuando estuvo segura de que nadie la veía desde la galería acristalada de la casa del doctor, se apoyó en la pared de piedra de una casa y se dejó caer hasta quedarse sentada en el suelo mojado.

Le temblaba todo el cuerpo.

La conservera de Otero. A medianoche.

No se lo había dicho a nadie. Ni a Elena ni a Ramón.

Por teléfono, en casa del doctor, había tenido cuidado de no nombrarla.

Esa noche, en la consulta, Andrés solo había dicho que se había quedado sin frenos en la bajada de A Pedreira.

Ni una palabra de dónde venía. Lo sabían Andrés y Julián Otero. Y Julián Otero no hablaba con nadie.

Y lo sabía otra persona.

La que había estado en el muelle esa noche, a oscuras, junto a su coche, con un cúter en la mano. Mientras ella estaba dentro de la nave.

No supo cuánto tiempo estuvo allí sentada. Cuando por fin se levantó, tenía los vaqueros empapados y las piernas dormidas.

Bajó hasta el puerto. No sabía bien por qué. Necesitaba el mar. Necesitaba aire.

El muelle estaba casi vacío. El temporal seguía, aunque algo más débil.

Las barcas se balanceaban en sus amarras.

Lucía caminó por el borde mirando los nombres pintados en las proas, como hacía de niña con su padre: Nova Estrela , Virxe do Carme , Rosiña , ahora con una cinta de plástico de la Guardia Civil alrededor.

Y, en el último amarre del muelle de recreo, una lancha pequeña.

Blanca, de unos cinco metros, con un motor fueraborda negro inclinado sobre la popa y una lona azul atada sobre la bañera.

Muy cuidada. Recién pintada. La pintura del casco brillaba bajo la lluvia, sin una mancha de óxido ni un arañazo.

En la proa, en letras azules, cuidadosamente rotuladas a mano, había un nombre.

ELENA.

Lucía se quedó mirándola mucho tiempo.

La lancha del doctor. La que usaba para salir a pescar. A revisar las nasas.

Una lancha pequeña, con motor fueraborda.

Con el nombre de la persona a la que había pasado veintiséis años protegiendo.