Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 30. La cojera
67%

30. La cojera

Andrés llegó a las nueve de la noche, empapado, con barro hasta las rodillas y cara de llevar tres días sin dormir. Mateo seguía sentado en la cocina. Al verlo, Andrés se paró en seco en la puerta.

—¿Qué hace este aquí?

—Contarme la verdad —dijo Lucía—. Siéntate. Y escucha.

Mateo lo contó todo otra vez. La lancha, el tabaco, la carrera por el sendero, el Mercedes gris bajando sin luces, la luz del faro iluminándolo durante un segundo. La parada del autobús. Manolo Lago riéndose. El bofetón de su padre.

Andrés escuchó de pie, apoyado en el marco de la puerta, sin quitarse el chubasquero. Cuando Mateo nombró a su padre, a Manolo, apretó los dientes, pero no dijo nada.

Luego Lucía le contó lo suyo. Las pastillas cambiadas. El sedante con la conmoción. La golondrina que nadie había visto nunca. El diario. La pequeña sombra. Le enseñó la puerta de la despensa, con los dos nombres nuevos en el centro, escritos en rojo.

Cuando terminó, Andrés se quitó por fin el chubasquero, lo colgó en el respaldo de una silla y se sentó. Se quedó un rato mirando la mesa.

—Ramón Castro —dijo, muy despacio. Como si el nombre le pesara en la boca.

—Ramón Castro.

—El hombre que me trajo al mundo. —Andrés soltó una risa sin alegría—. Literalmente. Asistió a mi madre en el parto, en casa, porque no daba tiempo a llegar a A Coruña. Me lo han contado mil veces.

Nadie dijo nada. Fuera, el viento hacía vibrar los cristales.

—Vale. —Andrés levantó la cabeza. Tenía otra vez la cara de guardia civil—. Vamos a ver qué tenemos. Y qué no tenemos.

Contó con los dedos.

—Un coche visto hace veintiséis años, de noche, durante un segundo, por un chaval de diecisiete años que venía de descargar tabaco y que luego se pasó media vida borracho. Perdona, Mateo.

—Es la verdad.

—Unas notas de un farero muerto que dicen «R.

» con un signo de interrogación. Una libreta de un contrabandista muerto con cantidades y fechas, sin un solo nombre.

Unas pastillas que pueden ser un error de un laboratorio o de un viejo con fiebre.

Y el sueño de una mujer que tenía doce años y estuvo medicada media adolescencia.

—Bajó la mano—. Con eso, un juez no me deja ni pedirle el carné de identidad.

—¿Y qué necesitas?

—Un cuerpo. —Andrés la miró—. Si Inés está en A Furna do Corvo, si tu padre tenía razón, si el mar devolvió la medalla porque hay algo más ahí abajo, necesito encontrarlo.

Con eso puedo abrir todo. Con eso puedo pedir la exhumación de tu padre, una autopsia de verdad para Paco, una orden para registrar la casa de Ramón y su lancha.

—¿Y cuándo puedes bajar?

—Nadie puede bajar a A Furna con este mar. Ni los buzos de Salvamento Marítimo. —Andrés negó con la cabeza—. Según la Aemet, el temporal empieza a remitir pasado mañana. Si el mar se calma, puedo pedir una embarcación y buzos para el día uno. Por mar, porque la carretera sigue cortada.

—Dos días.

—Dos días. Sin que Ramón sospeche nada. —Andrés miró a Lucía muy serio—. ¿Lo entiendes? Si sabe lo que sabemos, tiene dos días para hacer lo que quiera. Destruir pruebas. Desaparecer con la lancha. O algo peor.

Lucía pensó en Elena. En su cara blanca en el cuarto de invitados. Voy a hablar con mi padre de las pastillas. Y él me lo va a explicar.

No dijo nada.

Andrés acompañó a Mateo a su casa, en el pueblo. Antes de irse, le hizo prometer a Lucía que echaría el cerrojo, que pondría la silla en la puerta trasera y que lo llamaría ante cualquier ruido.

Lucía lo prometió. Luego, cuando el todoterreno desapareció pista abajo, se puso el anorak, cogió la linterna y salió de casa.

No podía esperar quieta. No podía.

La casa de Pilar Souto tenía luz en la ventana de la cocina. Siempre la tenía: Pilar dormía poco, como todos los viejos, y veía la televisión hasta las tantas. El perro gordo ladró una vez desde su manta y se volvió a dormir.

—¡Ay, hija! ¿Qué te ha pasado en la cara?

—Un accidente con el coche. No es nada.

—¡No es nada, dice! ¡Pasa, pasa, que te pongo algo caliente!

Lucía se dejó sentar junto al fuego. Rechazó el licor café esta vez. Aceptó una manzanilla. Y esperó a que Pilar terminara de lamentarse por los frenos, por el temporal, por el pobre Paco Rial, «que bebía, sí, pero era un buen hombre», y por la juventud de hoy en día.

—Pilar —dijo por fin—, el otro día me habló del hombre del impermeable amarillo. El que subió por el sendero la noche que murió mi padre.

—Sí, hija. Ya te dije que no le vi la cara.

—Lo sé. Pero quiero que haga una cosa por mí. Cierre los ojos.

Pilar la miró extrañada. Luego, con una risita, cerró los ojos.

—Ya está.

—Es de noche. Está usted cerrando las contraventanas, porque el viento las golpea. La luz del faro pasa cada doce segundos. Y por el camino, delante de su casa, sube un hombre. Con un impermeable amarillo largo. Con la capucha puesta. Sin linterna. Deprisa.

—Sí… —Pilar arrugaba la frente con los ojos cerrados—. Sí, así fue.

—No piense en la cara. Piense en cómo andaba. En cómo se movía.

Pilar se quedó callada. Muy quieta. El fuego crepitaba. Lucía contuvo la respiración.

—Iba deprisa —dijo la anciana despacio—. Pero no corría. No podía correr. Iba así… —Movió una mano en el aire, arriba y abajo, de forma irregular—. Como a saltitos. Como si le doliera algo.

—¿Le dolía algo?

—La pierna. —Pilar abrió los ojos de golpe y la miró, sorprendida de sí misma—. ¡La pierna, hija! Cojeaba. Ahora me acuerdo. Lo vi cuando pasó por delante del hórreo, con la luz del faro. Cojeaba de la pierna izquierda. Como cojean los que tienen la rodilla mala.

Pilar se llevó la mano a la boca.

—¿Cómo no me acordé antes? ¡Si se lo podía haber dicho al hijo de Manolo!

Lucía no contestó. Estaba viendo otra cosa. Una consulta con olor a desinfectante. Un hombre alto con una rebeca gris, levantándose de su escritorio para abrazarla, apoyándose más en la pierna derecha que en la izquierda. Frotándose la rodilla al sentarse, con un gesto automático.

Una caída en las rocas, hace mil años. Cosas de viejo que no hace caso.

—Pilar —dijo, con la boca seca—. ¿Hay mucha gente en el pueblo que cojee de la pierna izquierda?

La anciana la miró un largo rato. Y Lucía vio en sus ojos pequeños y vivos, rodeados de arrugas, que Pilar Souto, el mejor archivo de San Amaro, acababa de buscar en su memoria y había encontrado la respuesta.

Pilar se santiguó despacio.

No dijo el nombre. No hacía falta.