29. El coche sin luces
Mateo se sentó en la silla que había sido de Tomás, al otro lado de la mesa de la cocina. Lucía le puso delante un vaso de agua. Él lo miró, lo cogió con las dos manos y no bebió. Solo lo sostuvo, como quien se agarra a algo.
Miró la puerta de la despensa. Las fechas, las flechas, los nombres. Su propio nombre, en un folio, con un signo de interrogación. Y en el centro, el nombre nuevo que Lucía había escrito hacía media hora. Lo leyó. No dijo nada. Pero Lucía vio cómo se le tensaba la mandíbula.
—En el calabozo te dije que la esperaba en la parada del autobús —empezó—. No es toda la verdad.
—Cuéntamela entera.
Mateo asintió. Respiró hondo.
—Esa noche teníamos un plan. Inés y yo. Lo teníamos desde hacía semanas.
Ella iba a la verbena con la mochila hecha, para no tener que volver a casa, porque su madre se daría cuenta.
Bailábamos, veíamos los fuegos y, en cuanto empezaran, ella se escapaba por el sendero del cabo.
Para que nadie la viera subir por la carretera, que a esas horas estaba llena de gente volviendo de la fiesta.
—Hasta la Garita.
—Hasta la Garita. —Mateo sonrió un poco, triste—.
Era nuestro sitio. Íbamos allí a besarnos, de noche.
Tu padre la tenía cerrada con candado, pero había una ventana que no cerraba bien.
—Se le borró la sonrisa—. Ella me esperaba allí.
Desde la Garita sale un caminito que sube hasta la pista del cabo, y la pista sube hasta la carretera general, donde está la parada.
El autobús a Santiago pasaba a las tres. Teníamos tiempo de sobra.
—¿Y por qué no fuiste con ella directamente?
—Porque mi padre me obligó a ir en la lancha.
—Mateo apretó el vaso—. Esa noche había descarga.
Cuarenta cajas. Faltaba gente, porque era la fiesta.
Le dije que no podía, que tenía que hacer una cosa.
Me dio un bofetón y me dijo que o iba o no volvía a pisar su casa.
—Se encogió de hombros—. Pensé: bueno, es una hora.
Salimos a la una, volvemos a las dos, subo corriendo por el sendero hasta la Garita, recojo a Inés y nos vamos a la parada. Y adiós a mi padre para siempre.
—¿Y qué pasó?
—Volvimos a las dos menos cinco. Paco se quedó con la barca, como siempre.
Yo salté al muelle y eché a correr. Por el sendero, hacia arriba, sin linterna, con la luna.
—Se quedó callado un momento, como si volviera a estar allí—.
Cuando estaba a mitad de camino, a unos doscientos metros de la Garita, vi un coche.
Lucía no se movió.
—Bajaba por la pista del cabo. Hacia el pueblo. Sin luces. Despacio, muy despacio, como si el que conducía no quisiera hacer ruido. Yo me tiré al suelo entre los tojos, porque pensé que era la Guardia Civil, o alguien de mi padre. Y pasó por arriba, por la pista, a unos treinta metros de mí.
—¿Lo viste bien?
—En ese momento pasó la luz del faro. —Mateo cerró los ojos—. Un segundo. Lo iluminó entero, como un flash. Y lo vi.
—¿Qué viste?
—Un Mercedes gris. Grande. De los antiguos, con el morro largo. Con un cartelito blanco en el parabrisas, abajo, en la esquina. De los que ponen «Médico». —Abrió los ojos—. En San Amaro solo había un Mercedes en 1998, Lucía. Y solo un cartel de médico.
El reloj de la pared marcaba los segundos. Fuera, el viento empujaba la casa.
—Seguí subiendo —dijo Mateo—. Llegué a la Garita.
No había nadie. La llamé, bajito. Nada. Busqué por los alrededores.
Nada. Pensé que se había cansado de esperar, que se había ido sola a la parada.
Subí corriendo a la carretera. Allí tampoco había nadie.
Esperé. A las tres pasó el autobús, paró, el conductor me miró, yo negué con la cabeza y se fue.
—Se le quebró la voz—. Y yo me quedé allí sentado, en el banco de la parada, hasta que se hizo de día.
Pensando que se había arrepentido. Que me había dejado plantado.
Que en el último momento le había dado miedo irse conmigo.
Se pasó la mano por los ojos.
—Al día siguiente todo el pueblo la estaba buscando. Y al otro me detuvieron a mí.
—¿Les contaste lo del coche?
—A Manolo Lago, el primer día, en el cuartel.
—Mateo soltó una risa amarga—. Le dije: «He visto el coche del médico bajando del cabo sin luces a las dos de la mañana».
¿Sabes lo que hizo? Se rio. Me preguntó qué hacía yo a las dos de la mañana en el sendero del cabo.
Y yo no podía decirle que venía de descargar tabaco.
Y entonces entró mi padre, que había oído todo desde el pasillo, y me cruzó la cara delante de Manolo.
Y me dijo: «¿Vas a acusar al hombre que cuida de media comarca para salvar tu culo? ¿Estás loco?».
—Y te callaste.
—Me callé. Tenía diecisiete años. Mi padre me dijo que, si hablaba del coche, tenía que hablar de la lancha.
Y si hablaba de la lancha, íbamos todos a la cárcel.
Él, Paco, Xan, yo. —Mateo bajó la vista al vaso de agua—.
Y luego pasaron los días. Y las semanas.
Y el doctor seguía en su consulta, curando a la gente, saludando por la calle, sentado en la primera fila de la iglesia.
Y yo empecé a pensar que me lo había imaginado.
Que con la oscuridad, con el miedo, con lo nervioso que estaba…
Que a lo mejor no era su coche. Que a lo mejor era otro Mercedes. Que a lo mejor era otro cartel.
—Y empezaste a beber.
—Y empecé a beber. —Mateo levantó la vista—. Pero tu padre lo sabía. En septiembre, en mi cocina, cuando vino a pedirme perdón, se lo conté. Lo del coche. Todo. Y no se sorprendió. Se quedó muy callado y me dijo: «Yo también lo vi, rapaz. Desde arriba. Y también me callé».
Lucía se levantó despacio, con la mano en el costado. Fue hasta la puerta de la despensa. Se quedó mirando las dos hojas del cuaderno de su padre, que había copiado a mano y pegado en el centro.
01:40. Luces de coche na pista do cabo. Para á altura da Garita. Apaga as luces. 02:15. O coche marcha cara ao pobo. SEN LUCES. 03:10. Lancha pequena, motor fóra borda, sen luces. Sae do porto. Rumbo á Furna do Corvo. Unha persoa a bordo.
Y en el margen, la letra temblorosa:
R.?
Falo con R. Di que onte á noite foi revisar as nasas. Non sei.
No era Rial. Nunca había sido Rial. Paco no estaba en la Garita; Paco estaba en el puerto, durmiendo en su barca, como decía Julián. Y desde su barca había visto salir la lancha pequeña. Y la había reconocido. Y había cobrado su silencio todos los aniversarios durante veinticinco años.
R. era Ramón.
Ramón Castro, que tenía una lancha con motor fueraborda para salir a pescar.
Que había ido a la Garita en su coche aquella noche.
Que había bajado sin luces. Que había salido en su lancha hacia A Furna do Corvo a las tres de la mañana.
Que le había dicho a su padre que había ido a revisar las nasas.
Y luego estaba lo otro. Lo que no encajaba con nada. O lo que encajaba demasiado bien.
La pequeña sombra, que me sigue a todas partes.
Elena, con doce años, sabiendo que Inés se iba esa noche.
Elena, que a la mañana siguiente tenía fiebre altísima y nadie podía verla.
Elena, que nunca más volvió a la Garita.
Que se mareaba en el sendero. Que soñaba desde hacía veintiséis años con una mochila roja abierta en las rocas, iluminada por el faro.
Con una golondrina azul bordada por dentro de la solapa.
Una golondrina que nadie en el mundo había visto nunca.
Lucía se volvió hacia la mesa. Mateo la miraba en silencio, con el vaso de agua intacto entre las manos.
En el centro de la puerta de la despensa, junto a INÉS y TOMÁS , estaba el nombre que había escrito esa tarde con rotulador rojo.
RAMÓN.
Debajo, con letra más pequeña, le temblaba la mano cuando añadió otro.
ELENA.
Elena no había soñado nada.
Elena había estado allí.