28. La golondrina
Elena la llevó en su coche sin decir una palabra. Conducía con las dos manos en el volante, muy recta, mirando la carretera mojada como si fuera la primera vez que conducía. Lucía, en el asiento del copiloto, con el costado vendado bajo el jersey, miraba por la ventanilla.
Al llegar a la plaza, Lucía le pidió que parara.
—Déjame aquí. En la taberna.
—Tienes que descansar.
—Necesito ver a Carmen.
Elena paró el coche. No apagó el motor. Se quedó mirando al frente.
—Lucía —dijo, sin volverse—. Lo de las pastillas. Lo de la golondrina. No se lo cuentes a nadie. Por favor. Hasta que yo hable con él.
Lucía la miró. Su mejor amiga. La niña con la que había jurado no separarse nunca.
—No puedo prometerte eso, Elena.
Elena cerró los ojos. Asintió despacio. Lucía bajó del coche, y Elena arrancó y se fue sin mirar atrás.
Carmen estaba sola en la cocina del piso de arriba, pelando patatas sobre un periódico. Al ver a Lucía en la puerta, con los tres puntos en la frente y la cara de no haber dormido en una semana, dejó el cuchillo.
— Virxe santa. ¿Qué te ha pasado?
—Un accidente. Estoy bien. —Lucía se sentó en la silla de siempre, despacio, con una mueca de dolor—. Carmen, necesito preguntarte algo. Y necesito que me digas la verdad, aunque te parezca una tontería.
Carmen se secó las manos en el delantal y se sentó frente a ella.
—Pregunta.
—La mochila de Inés. La roja. La que llevaba esa noche.
—Sí.
—¿Tenía algo bordado? ¿Algo por dentro?
Carmen se quedó completamente inmóvil.
No dijo nada. No se movió. Pero Lucía, que llevaba doce años leyendo caras, vio cómo algo se rompía detrás de sus ojos. Como un cristal que se agrieta sin caer.
—¿Quién te ha dicho eso? —susurró Carmen.
—¿Lo tenía?
Carmen se levantó. Fue hasta la ventana. Se quedó de espaldas, mirando el puerto, la lluvia, los barcos. Durante mucho rato. Lucía esperó.
—Una golondrina —dijo Carmen al fin, sin volverse—. Azul. Con hilo de bordar de algodón, del que tenía para los manteles. Por dentro de la solapa. Donde no se viera.
Lucía sintió que se le erizaba la piel de los brazos.
—¿Cuándo se la bordaste?
—La noche del 14. —Carmen se dio la vuelta. Tenía la cara mojada, aunque no hacía ningún ruido al llorar—. La noche antes. Yo… Ya te dije que nunca había cambiado nada de su cuarto. Lo que no te dije es por qué.
Volvió a la mesa. Se sentó. Cogió un trozo de piel de patata del periódico y lo dobló entre los dedos, una y otra vez.
—Esa noche, la del 14, entré en su cuarto a dejarle la ropa planchada.
Ella estaba en la playa con Mateo. Y vi algo debajo de la cama.
La mochila roja. Llena. Con su ropa, su walkman, el dinero de la caja de ahorros metido en un sobre.
Y un papel doblado, una carta para mí, que todavía no había terminado.
Se le quebró la voz. Respiró.
—Lo entendí todo. Que se iba. Que se iba esa misma semana, o al día siguiente, y que no me lo iba a decir.
—Carmen negó con la cabeza—. Y me senté en su cama, con la mochila en las rodillas, y lloré como no había llorado nunca.
Y pensé en pararla. En esperarla despierta y montarle una escena.
En encerrarla. En llamar a Julián, a la Guardia Civil, a quien fuera.
—¿Y qué hiciste?
—Nada. —Carmen la miró—. No hice nada. Porque tenía diecisiete años y se ahogaba en este pueblo, y yo lo sabía. Porque yo también quise irme a su edad, y no me fui, y me arrepentí toda la vida. Porque si la paraba me iba a odiar para siempre.
Dejó la piel de patata en el periódico.
—Así que fui a por mi costurero. Y le bordé una golondrina por dentro de la solapa.
Pequeñita, así. —Hizo un gesto con los dedos—.
Porque las golondrinas se van, pero siempre vuelven.
Para que, cuando estuviera lejos, en Vigo, o en Londres, o donde fuera, abriera la mochila un día y la viera.
Y supiera que yo lo sabía. Que la dejé ir. Y que la estaba esperando.
Lucía no podía hablar.
—Luego volví a meter la mochila debajo de la cama, exactamente como estaba. Y me acosté. Y al día siguiente hice como si nada. —A Carmen le temblaron los labios—. Y a la noche siguiente desapareció. Y nunca volvió.
—Carmen…
—Nunca se lo conté a nadie. —Carmen golpeó la mesa con el puño, sin fuerza—. Ni a la Guardia Civil. Ni al juez. Ni a tu padre. Porque, si lo contaba, tenía que contar que lo sabía. Que sabía que se iba y la dejé. Que si yo hubiera hecho algo esa noche, la del 14, mi hija estaría viva.
—No sabes eso.
—Lo sé desde hace veintiséis años. —Carmen se secó la cara con el delantal, con rabia—. Nadie en el mundo sabe que existe esa golondrina, Lucía. Solo yo. Ni siquiera Inés llegó a verla. Nunca abrió la solapa delante de mí. Nadie la ha visto nunca.
Se inclinó sobre la mesa. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Lucía.
—Así que dime. ¿Quién te ha hablado de la golondrina?
Lucía abrió la boca. Y la volvió a cerrar.
Una golondrina azul en la tela roja, iluminada por el faro.
Nadie la había visto nunca. Nadie.
Nadie que no hubiera visto esa mochila abierta, después de que Inés saliera de casa por última vez.
—Todavía no puedo decírtelo, Carmen —dijo, con un hilo de voz—. Pero te prometo que lo sabrás. Te lo prometo.
Eran las mismas palabras que había usado su padre. Lucía se dio cuenta en cuanto las dijo. Carmen también.
Volvió a la casa del faro en el todoterreno de Brais, que Andrés le había mandado. El chaval no hizo preguntas. Lucía no dijo nada en todo el camino.
Al llegar, encendió la cocina de leña, se tomó un analgésico de su propio botiquín —de los de la farmacia de Madrid, con la caja y el blíster bien comprobados— y se sentó en la cocina, frente a la puerta de la despensa.
Cogió un rotulador. En el centro de la puerta, al lado de INÉS y TOMÁS , escribió un nombre nuevo.
Lo miró mucho rato. No lo tachó.
Eran las siete de la tarde y ya era noche cerrada cuando llamaron a la puerta.
Lucía cogió el atizador.
—¿Quién es?
—Soy Mateo.
Lucía abrió una rendija. Mateo Otero estaba en el porche, bajo la lluvia, sin paraguas. Pero era otro Mateo. Se había afeitado. Se había cortado el pelo. Llevaba ropa limpia, un chubasquero viejo pero entero. Tenía los ojos claros, despejados, con unas ojeras profundas. No olía a alcohol.
—Me soltaron anoche —dijo—. No he bebido nada desde entonces. Llevo veinticuatro horas sin beber, y es la primera vez en muchos años. —Tragó saliva—. Mi padre vino a verme esta mañana. Me contó que has estado en la conservera. Que lo sabes todo lo del tabaco. Que ya no hace falta que calle.
Se metió las manos en los bolsillos. Le temblaban.
—¿Puedo pasar? Ahora te lo cuento todo.