Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 27. Un error
60%

27. Un error

Durante un rato ninguna de las dos dijo nada.

Abajo, los pasos irregulares cruzaron el recibidor y se perdieron hacia la cocina. Se oyó una puerta, el grifo, el ruido de una taza contra un plato. Una vida normal. Un hombre mayor con gripe preparándose una infusión un martes por la tarde.

Elena fue la primera en moverse. Se levantó del sillón de golpe, cogió el blíster del alféizar y se lo metió en el bolsillo del pijama.

—Es un error —dijo.

—Elena…

—Es un error, Lucía. —Hablaba deprisa, sin mirarla, recogiendo cosas del cuarto que no hacía falta recoger: un vaso, la manta, el libro—.

Mi padre tiene setenta y un años y treinta y ocho de fiebre.

Tiene el armario de la consulta lleno de muestras que le dejan los laboratorios, cajas sueltas, blísteres sin caja.

Seguro que cogió uno que no era. Seguro que alguien guardó mal algo. Pasa. Pasa muchísimo.

—¿Y lo de no dar sedantes con una conmoción? ¿También es un error?

Elena se detuvo con la manta en las manos.

—Está enfermo. —Le tembló la voz—. No piensa con claridad. Lleva una semana sin dormir, con el pecho fatal. Igual ni se dio cuenta. Igual creyó que…

—Elena, tu padre es el mejor médico que ha tenido este pueblo. Tú misma lo dices siempre. —Lucía intentó levantarse. Las costillas le dolieron como si alguien le clavara un cuchillo—. No se equivoca así. No dos veces.

—¡Pues esta vez sí!

Lo gritó. Luego se tapó la boca, asustada de su propia voz, y miró hacia la puerta. Abajo, el ruido de la taza se detuvo un segundo. Luego siguió.

Elena se sentó en el borde de la cama. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Sabes lo que estás diciendo, Lucía? —susurró—. ¿Sabes lo que estás insinuando de mi padre? ¿Del hombre que cuidó de tu madre hasta el último día? ¿Que te cosió la frente anoche a las dos de la mañana con fiebre?

—No estoy insinuando nada. Estoy diciendo lo que veo.

—Ves lo que quieres ver. —Elena se limpió la cara con la manga del pijama—. Llevas una semana viendo asesinos en todas partes. Julián, Mateo, Paco, ahora mi padre. Mañana seré yo.

Lucía no contestó. Se quedaron mirándose. Elena tenía la misma cara que a los doce años, cuando se enfadaba: la barbilla temblando, los labios apretados, los ojos brillantes. Lucía sintió una pena enorme. Por ella. Por las dos.

—Elena —dijo, más bajo—. Ayer leí el diario de Inés.

Elena se quedó rígida.

—¿Qué diario?

—Carmen lo tenía escondido desde el noventa y ocho. Me lo dio. —Lucía hizo una pausa—. La última página es del 14 de agosto. El día antes. Inés dice que se iba esa noche, con Mateo. Que solo lo sabía él. Y la pequeña sombra.

Elena no se movió. No respiraba.

—Le hizo jurar por su madre que no diría nada —siguió Lucía—. Tú lo sabías. Sabías que Inés se iba esa noche.

—Tenía doce años —dijo Elena. Muy bajito.

—Lo sé.

—Lo juré. Por mi madre. —Las lágrimas le caían ahora sin que hiciera nada por pararlas—. Mi madre había muerto en marzo. Y yo lo juré por ella. Y luego Inés desapareció y todo el mundo decía que la habían matado, y yo… yo no podía decir nada, ¿entiendes? Lo había jurado.

—¿Se lo contaste a alguien? ¿A tu padre?

Elena negó con la cabeza. Luego asintió. Luego se tapó la cara con las manos.

—No lo sé. No me acuerdo. —Se le escapó un sollozo—. No me acuerdo de nada de esos días, Lucía. Nada. Es como un agujero. Tengo la fiesta, los fuegos, y luego tengo la fiebre, y la cama, y a mi padre poniéndome paños fríos en la frente. Y en medio no hay nada. Solo el sueño.

—¿El de la mochila?

—El de la mochila. —Elena se descubrió la cara.

Tenía los ojos perdidos, mirando algo que no estaba en la habitación—.

La mochila roja en las rocas. Abierta. La luz del faro que pasa.

Y las cosas desparramadas: la ropa, un walkman, billetes que se llevaba el viento.

Y la solapa abierta, dada la vuelta. Y por dentro de la solapa, bordado en la tela, un pajarito. Una golondrina. Azul.

Lucía se quedó muy quieta.

—¿Una golondrina?

—Bordada por dentro. —Elena asintió despacio, como si estuviera muy lejos—.

La veo siempre. Es lo último que veo antes de despertarme.

Una golondrina azul en la tela roja, iluminada por el faro.

—Parpadeó y volvió a mirarla, de golpe, como despertando—.

Es una tontería. Es un sueño. Mi cabeza se lo inventa.

—¿Inés te la enseñó? ¿Te enseñó la mochila por dentro?

—No. —Elena frunció el ceño—. No, nunca. Solo me dijo que la tenía hecha. Que la había escondido.

Lucía tenía el corazón golpeándole las costillas doloridas.

Pensó en el cartel de la taberna. Mochila roja.

Nada más. Ni una palabra de una golondrina.

Ni en el cartel ni en ningún sitio. Ella misma había visto esa mochila a la espalda de Inés en la verbena y no había visto ningún pájaro. Porque estaba por dentro.

Si estaba por dentro de verdad.

Y si existía.

—Elena, ¿estás segura de lo de la golondrina?

—Es un sueño, Lucía. —Elena se levantó, se secó la cara y se recompuso como quien se abrocha un abrigo—. En los sueños no se está segura de nada.

Se fue hacia la puerta. Antes de salir, se volvió.

—Voy a llevarte a casa. Y voy a hablar con mi padre de las pastillas. Y él me lo va a explicar. Y vas a ver que tiene una explicación. —Le tembló la barbilla—. Porque la tiene. Tiene que tenerla.

Salió del cuarto. Lucía la oyó bajar las escaleras, deprisa, descalza.

Se quedó sola en el cuarto de invitados, con la herida de la frente latiéndole y las costillas en llamas, mirando las cortinas de flores.

Había una sola persona en el mundo que podía decirle si la golondrina de Elena era un sueño.

O un recuerdo.