Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 26. Las pastillas
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26. Las pastillas

Se despertó con la boca de algodón y la cabeza llena de agua.

Tardó mucho en abrir los ojos. Cuando lo consiguió, vio un techo blanco con molduras, una lámpara de cristal, unas cortinas de flores por las que entraba una luz gris. No era su cuarto. No era la casa del faro. Durante unos segundos de pánico no supo dónde estaba.

Luego lo recordó todo de golpe. El pedal del freno hundiéndose. El muro. El airbag. Los puntos. El impermeable amarillo.

Intentó incorporarse. El cuarto dio vueltas. Tuvo que agarrarse a la colcha.

—Despacio, despacio.

Elena estaba sentada en un sillón junto a la ventana, con una manta sobre las piernas y un libro abierto boca abajo en el regazo. Tenía los ojos rojos, como si no hubiera dormido nada.

—¿Qué hora es? —preguntó Lucía. Le costaba mover la lengua.

—La una y media.

—¿De la tarde?

—De la tarde. —Elena se levantó y se sentó en el borde de la cama—.

Lucía, me has dado un susto de muerte. Te intenté despertar a las tres, como dijo papá.

Y a las seis. Y a las nueve. Y no había manera.

Abrías los ojos un segundo, decías algo que no se entendía y volvías a dormirte.

Como si estuvieras… —Se le quebró la voz—. Como si no estuvieras.

—¿Y tu padre?

—Bajé a buscarlo a las seis, muerta de miedo. Subió, te miró las pupilas, te tomó el pulso y me dijo que era normal. Que con el golpe y las pastillas era normal que durmieras mucho. Que no me preocupara.

Lucía se quedó quieta.

Con el golpe y las pastillas.

En doce años en la aseguradora, Lucía había leído cientos de partes médicos de accidentes de tráfico.

Cientos. Y había una cosa que se repetía en todos los casos de golpes en la cabeza, en todos los informes de urgencias, en todas las hojas de recomendaciones al alta.

Una cosa que sabía hasta el último perito de la oficina.

Paciente con traumatismo craneal: vigilancia neurológica. Evitar sedantes.

Nunca se le da a alguien con una conmoción algo para dormir. Nunca. Porque si se duerme demasiado profundamente, nadie puede saber si está empeorando. Si tiene una hemorragia. Si se está muriendo.

Lo sabía cualquier estudiante de primero de Medicina. Lo sabía un perito de seguros.

Lo sabía, sin duda, un médico con cuarenta años de profesión.

—Elena —dijo Lucía, muy despacio—, ¿me pasas ese blíster? El de la mesilla.

Era un blíster de aluminio de diez pastillas. Faltaban dos. En la parte de atrás, impreso en el aluminio, el nombre de un medicamento que Lucía no conocía y una dosis: 0,5 mg . Las pastillas que quedaban eran pequeñas, redondas, blancas.

Lucía sacó una presionando el aluminio y la sostuvo entre los dedos, a la luz de la ventana. Tenía una ranura en el centro y, en una de las caras, unas letras y números grabados en relieve, tan pequeños que casi no se veían.

—¿Qué es esto?

Elena cogió el blíster y leyó el nombre.

—Lormetazepam. Medio miligramo. —Se encogió de hombros—. Es un somnífero suave. Lo vendo todos los días. Es lo que te dio papá la primera vez, ¿no?

—Sí. Eso pone en la caja. Eso pone en el aluminio. —Lucía le tendió la pastilla—. Pero mira lo que pone en la pastilla.

Elena la miró. Frunció el ceño. Se acercó a la ventana. Se quitó las gafas, acercó la pastilla a los ojos, la giró.

—Esto no es… —dijo, y se calló.

—¿No es qué?

—Este código no es de lormetazepam. —Elena sacó el móvil del bolsillo del pijama. Le temblaban un poco los dedos—. Espera. Tengo la base de datos de la farmacia en el móvil.

Tecleó. Esperó. Lucía la miraba sin respirar. Fuera seguía lloviendo. Desde la planta baja llegaba el ruido de la radio y una tos ronca.

Elena se quedó mirando la pantalla mucho rato.

—Elena.

—Es otra cosa. —La voz de Elena había bajado a un susurro—. Es un hipnótico mucho más fuerte. De uso hospitalario. Se usa antes de operaciones, para sedar. Esto es… —Tragó saliva—. Esto es como diez veces más potente que lo que pone en el blíster.

—Alguien ha cambiado las pastillas.

—No puede ser. —Elena negó con la cabeza, deprisa—. No puede ser. Será un error del laboratorio. A veces pasa, se mezclan lotes, hay alertas sanitarias…

—Elena. —Lucía la cogió de la muñeca—. Con una conmoción. Con un golpe en la cabeza. ¿Qué pasa si te tomas dos de estas?

Elena no contestó. No hacía falta. Lo tenía escrito en la cara, blanca como la pared.

—Y la primera noche —siguió Lucía—, la noche que me robaron el cuaderno. Me tomé una de las que me dio tu padre en la consulta. Una sola. Y dormí doce horas sin enterarme de que alguien entraba en mi casa, subía al baño, me escribía en el espejo…

—¿En el espejo? —Elena la miró, confundida—. ¿Qué espejo?

Lucía se calló. No se lo había contado a nadie. A nadie.

—Nada. Da igual.

El móvil de Lucía vibró en la mesilla. Era Andrés.

—¿Cómo estás?

—Viva. —Lucía no apartaba los ojos de Elena, que seguía con el blíster en la mano, inmóvil junto a la ventana—. ¿Y el coche?

—Lo ha mirado Suso, el mecánico de la cofradía.

—Andrés hizo una pausa—. El latiguillo del freno delantero izquierdo estaba cortado.

Un corte limpio, Lucía. Con un cúter o una navaja.

No es desgaste. No es un accidente. Alguien lo cortó lo justo para que perdieras el líquido poco a poco y te quedaras sin frenos en la primera cuesta.

—Mientras el coche estaba en el muelle —dijo Lucía, bajando la voz para que Elena no la oyera.

—Mientras estaba aparcado en el muelle, a oscuras. —Andrés respiró hondo—. Voy a hablar con Julián Otero. Ahora mismo.

—Andrés…

—Te vio entrar, Lucía. Él mismo te lo dijo. Tiene cámaras. Sabía exactamente dónde estaba tu coche. —La voz de Andrés era dura—. ¿Quién más lo sabía?

Lucía no contestó. Miraba a Elena. Elena había dejado el blíster sobre el alféizar y se había sentado en el sillón, con las manos juntas entre las rodillas, mirando al suelo. Como una niña castigada.

—Te llamo luego —dijo Lucía, y colgó.

Se quedaron las dos en silencio. Abajo, en la planta baja, alguien tosió. Una tos larga, ronca. Luego unos pasos lentos, irregulares, que cruzaban el recibidor. Un paso más fuerte, otro más suave. Un paso más fuerte, otro más suave.

Elena levantó la vista hacia la puerta. Luego miró a Lucía. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Lucía —dijo, en voz muy baja—, mi padre es la única persona de este pueblo que tiene ese medicamento.