Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 25. En casa del doctor
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25. En casa del doctor

El coche chocó contra el muro de lado, con la puerta del copiloto, y se detuvo con un crujido de metal y cristales que Lucía sintió en los dientes.

El airbag le explotó en la cara. Un golpe blanco, caliente, con olor a pólvora. Después, nada.

Cuando abrió los ojos, no sabía cuánto tiempo había pasado.

La lluvia caía sobre el parabrisas roto.

El motor estaba apagado. Los faros seguían encendidos e iluminaban la piedra del muro a pocos centímetros, y más allá del muro, nada: la oscuridad del barranco.

Le dolía todo. Las costillas, el cuello, la cabeza.

Se tocó la frente y la mano le volvió roja.

Pero estaba viva.

Se quedó quieta, respirando. Uno. Dos. Tres. Luego, con mucho cuidado, se palpó el anorak. Los folios de la declaración y el sobre de los pagos seguían ahí, contra su pecho, arrugados pero secos.

Unos faros aparecieron detrás de ella, en la cuesta. Se acercaron deprisa. Una luz azul empezó a girar en el techo del vehículo.

Alguien abrió su puerta de un tirón.

—¡Lucía! ¡Lucía! ¿Me oyes?

Era Andrés. Tenía la cara mojada y los ojos muy abiertos.

—Te oigo —dijo ella. Le salió una voz rara—. No grites.

—Me ha llegado tu mensaje hace diez minutos. —Andrés le iluminó la cara con una linterna, la frente, los ojos—. Iba hacia la conservera y he visto los faros contra el muro. ¿Qué ha pasado?

—Los frenos. —Lucía intentó sonreír—. No tenía frenos.

En el todoterreno, mientras Andrés conducía hacia la parte alta del pueblo, Lucía sacó el sobre del anorak y se lo dio.

—Guarda esto en el cuartel. En la caja fuerte, si tienes. No se lo enseñes a nadie.

Andrés miró el sobre de reojo.

—¿Qué es?

—La declaración de mi padre. La de los folios 23 y 24. Y los pagos de Otero a tu padre. —Hizo una pausa—. Lo siento, Andrés.

Andrés no dijo nada. Apretó el volante hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Luego cogió el sobre y se lo metió dentro de la chaqueta del uniforme.

—¿Adónde me llevas?

—Adónde voy a llevarte. Al único médico que hay.

El doctor Castro abrió la puerta en bata, con una bufanda alrededor del cuello y la cara roja de fiebre. Al ver a Lucía con la frente ensangrentada, apoyada en Andrés, dejó de toser de golpe.

—¡Dios mío! Pasad, pasad. A la consulta. ¡Elena! ¡Elena, baja!

En la consulta, bajo la luz blanca de la lámpara, Ramón la examinó con la misma eficacia tranquila con la que había examinado a Paco en el espigón.

Le miró las pupilas con una linterna pequeña, le hizo seguir su dedo con los ojos, le palpó el cuello, las costillas, los brazos.

Lucía gimió cuando le apretó el costado izquierdo.

—No creo que esté roto. Una contusión fuerte, del cinturón. —Le limpió la herida de la frente con algo que escocía—. Esto necesita tres puntos. Te va a quedar una cicatriz pequeñita, aquí, en el nacimiento del pelo. Nadie la verá.

Elena apareció en la puerta en pijama, con el pelo revuelto, y se tapó la boca al verla.

—¡Lucía!

—Estoy bien.

—¿Qué ha pasado?

—Se ha quedado sin frenos en la bajada de A Pedreira —dijo Andrés—. Ha tenido mucha suerte. Si llega a ir un poco más rápido…

No terminó. No hizo falta.

Ramón cosió la herida con pulso firme, a pesar de la fiebre. Lucía miraba sus manos mientras lo hacía. Manos de médico. Secas, limpias, rápidas. Las manos que le habían quitado una astilla del pie cuando tenía ocho años. Las manos que habían cogido las de su madre en sus últimos días.

—Ya está. —Ramón cortó el hilo—. Tienes una conmoción leve, Lucía. Nada grave, pero esta noche no puedes dormir sola. Alguien tiene que despertarte cada dos o tres horas para comprobar que estás bien.

—Me quedo yo —dijo Andrés.

—No, hijo. Tú tienes medio pueblo inundado y un detenido en el calabozo. —Ramón se quitó los guantes—. Se queda aquí, en el cuarto de invitados. Elena la vigila. Y yo estoy al lado por si pasa algo.

—No quiero molestar —dijo Lucía.

—No digas tonterías. —Ramón le apretó el hombro—. Tu madre se quedó en esta casa muchas noches, cuando estaba en tratamiento y no podía subir al faro. Esta también es tu casa.

Andrés la miró. Lucía vio en sus ojos la pregunta. Ella asintió despacio. Estaba demasiado cansada, le dolía demasiado todo para discutir.

—Mañana a primera hora mando a alguien a mirar el coche —dijo Andrés—. Y vengo a verte.

—Mira los frenos —dijo Lucía—. Míralos bien.

Andrés asintió y se fue.

Ramón sacó de un armario un blíster de pastillas blancas, sin caja, y le dio dos con un vaso de agua.

—Una para el dolor. Otra para que descanses. Como las que te di el otro día, pero esta noche las necesitas más. —Le dejó el blíster en la mesilla del cuarto de invitados—. Si te despiertas con dolor, otra. No más.

Lucía las tomó. Tenía la cabeza llena de niebla, le dolía el costado al respirar y no podía pensar con claridad. Solo quería dormir.

Elena la ayudó a subir la escalera hasta el primer piso. Lucía se apoyaba en ella y en la barandilla. Al pasar por el recibidor, junto a la puerta principal, se fijó en el perchero de madera, grande, antiguo, con espejo. Había abrigos, paraguas, la gabardina del doctor, una bufanda.

Y, colgado en el último gancho, un impermeable largo de pescador. Amarillo. Con una raya reflectante en la espalda.

El impermeable de la cofradía.

Lucía se detuvo. Elena tiró suavemente de ella.

—Vamos, Lucía, que te caes.

Pero Lucía había visto algo más. En el bajo del impermeable, en el borde amarillo, a la altura de las botas, había barro. Barro seco, gris, con pequeñas briznas verdes de tojo pegadas.

El barro del sendero del cabo.

—Ese impermeable… —murmuró.

—¿Cuál? ¿El de papá? —Elena miró el perchero sin interés—. Es el de la cofradía. Lo tiene todo el mundo. Lo usa cuando sale en la lancha.

—Tiene barro.

—Lucía. —Elena la cogió por la cintura y la empujó con suavidad hacia la escalera—. Estás conmocionada. Necesitas dormir. Mañana me cuentas todos los barros que quieras.

Lucía se dejó llevar. Le pesaban los párpados. La escalera se movía bajo sus pies como la cubierta de un barco.

Lo tiene todo el mundo , pensó, mientras Elena la metía en una cama que olía a lavanda.

Todo el pueblo.

Y se durmió antes de terminar de pensarlo.