Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 24. Sin frenos
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24. Sin frenos

Julián Otero se sentó en la silla de cuero de su vieja oficina, dejó la linterna sobre la mesa y se pasó las manos por la cara. De pronto parecía mucho mayor. Un hombre de setenta años, empapado, en una fábrica vacía que olía a sardinas muertas.

—Siéntate —dijo—. No te voy a hacer nada. Si quisiera hacerte algo, no habría encendido las luces.

Lucía no se sentó. Pero tampoco se movió.

—¿Por qué pagó a Manuel Lago?

—Por lo que crees. Por el tabaco. —Julián hablaba despacio, sin mirarla, como quien recita algo que ha repetido muchas veces a solas—.

Una chica desaparece la misma noche en que mi lancha está descargando en A Furna.

Si eso sale en un papel de la Guardia Civil, al día siguiente tengo a los de Aduanas registrándome hasta los calzoncillos.

Y no solo a mí. A Paco, a Xan, a mi hijo. A medio pueblo, que comía de eso.

—Así que compró a un guardia civil.

—Manolo Lago ya estaba comprado desde mucho antes. Yo solo le pagué un extra. —Julián sonrió sin alegría—. Él quitó los folios. Yo me los guardé. Por si un día Manolo se ponía nervioso y quería hablar.

—¿Y Mateo? Lo detuvieron. Todo el pueblo dijo que había sido él.

Julián tardó en contestar.

—Mateo estuvo en mi lancha esa noche hasta las dos. Tenía la mejor coartada del mundo y no podía usarla, porque usarla era contar lo del tabaco. —Se le endureció la voz—. Le dije que se callara. Que yo lo sacaría. Y lo saqué. A las setenta y dos horas estaba en casa.

—Pero el pueblo…

—El pueblo me daba igual. —Julián la miró por fin—. Eso pensé entonces. Que el pueblo se olvidaría. Que la gente habla una semana y luego se calla. Me equivoqué. Mi hijo lleva veintiséis años siendo el asesino de Inés Varela. Y yo lo dejé. Por cuarenta cajas de Winston.

Lucía se quedó callada. No sabía qué esperaba encontrar en esa nave, pero no era esto. No era a Julián Otero hablando como un viejo cansado.

—¿Y Paco? —preguntó—. ¿Le pagaba usted? ¿Todos los años, el 15 de agosto?

—¿A Paco? —Julián frunció el ceño—. Le pagué hasta 2002, cuando dejé el tabaco. Como a todos los demás. Su parte de cada viaje, nada más. Después de eso, ni un céntimo. —La miró con atención—. ¿Por qué? ¿Quién le pagaba?

Lucía no contestó. Pero Julián vio algo en su cara y asintió despacio.

—Ya veo. Así que alguien le pagaba. —Se quedó pensando—. Pues no era yo, Lucía. Te lo juro por mi hijo, que es lo único que me queda.

—Usted dijo que la otra lancha no era suya.

—No lo era. —Julián se inclinó hacia delante—.

Esa noche, cuando volvíamos hacia el puerto, a las dos menos algo, Paco iba al timón.

Y al pasar por delante del cabo me dijo: «Hay luces de coche en la Garita, jefe».

Yo miré y vi dos faros arriba, en la pista.

Luego se apagaron. Pensé que sería una pareja. Ni le di importancia.

—¿Y la lancha pequeña? ¿La de las tres?

—Nosotros ya estábamos en tierra. No la vi. —Julián se encogió de hombros—. Pero Paco se quedó en el puerto esa noche, durmiendo en su barca, como hacía siempre después de un viaje. Si salió alguna lancha a las tres, Paco la vio. Seguro.

Lucía pensó en la libreta de hule. 15-8-1999. 50.000. Paco lo había visto. Y no se lo había contado a nadie. Se lo había vendido a alguien.

Se quedaron en silencio. Las goteras seguían cayendo en la nave, abajo, como un reloj.

—Me voy a llevar estos folios —dijo Lucía—. Y el sobre de los pagos.

Esperaba que él se negara. Que se levantara. Que pasara algo.

Julián hizo un gesto vago con la mano.

—Llévatelos. Lo del tabaco prescribió hace muchos años. Lo de Manolo también. Ningún juez me va a hacer nada por eso. —Se levantó con esfuerzo, apoyándose en la mesa—. Lo único que no prescribe es cómo me mira mi hijo.

Le abrió la puerta de la oficina.

—Y otra cosa, Lucía. Si no fue mi lancha la que fue a A Furna a las tres de la mañana, fue alguien de aquí. Alguien que conoce esa cala, sus corrientes, sus cuevas. No es un sitio al que vaya un forastero de noche. —Su voz se volvió más grave—. Ten cuidado. De verdad. Ya no te lo digo por el hotel.

Lucía salió de la conservera por la puerta grande, la del muelle, que Julián abrió con su propia llave. Corrió bajo la lluvia hasta el coche, con los folios y el sobre apretados contra el pecho, dentro del anorak.

Eran casi las doce. El puerto estaba desierto. Las olas pasaban por encima del espigón y el agua corría por el muelle como un río. Lucía se metió en el coche, encendió el motor y la calefacción, y se quedó un momento con las manos sobre el volante, temblando de frío y de algo más.

Sacó el móvil. Seguía sin cobertura. El mensaje a Andrés, con su único tic gris.

Arrancó.

La salida del puerto hacia el cabo era una cuesta empinada, la de A Pedreira, que subía entre casas y luego giraba bruscamente a la izquierda, bordeando un muro de piedra, antes de convertirse en la pista de tierra.

De día era fea. De noche, con lluvia, era peligrosa.

Lucía la subió en segunda, despacio, con los limpiaparabrisas a toda velocidad.

En lo alto, la carretera hacía un pequeño llano y luego empezaba a bajar un tramo hasta el desvío del cabo. Lucía cambió a tercera. El coche cogió velocidad en la bajada. Más de la que quería. Pisó el freno.

El pedal se hundió hasta el fondo.

Sin resistencia. Blando. Como pisar una esponja.

Lucía volvió a pisar. Una vez, dos, tres, bombeando con el pie como le habían enseñado en la autoescuela.

Nada. El coche seguía cogiendo velocidad.

Cincuenta. Sesenta. Al final de la bajada, a menos de cien metros, la carretera giraba a la derecha y, delante, solo había un muro de piedra y, detrás del muro, el barranco.

—No, no, no, no…

Tiró del freno de mano. El coche dio un bandazo, las ruedas traseras patinaron en el asfalto mojado, el volante se le escapó de las manos. Reducción a segunda. El motor rugió. El cuentakilómetros bajó a cuarenta. A treinta y cinco.

El muro se le echaba encima.

Lucía giró el volante con todas sus fuerzas.