Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 23. La conservera
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23. La conservera

Sabía que era una locura. Lo sabía mientras bajaba la pista del cabo en el coche, a las diez de la noche, con el temporal otra vez en su punto más alto. Lo sabía mientras aparcaba en el muelle, lejos de las farolas. Lo sabía mientras escribía un mensaje a Andrés con los dedos helados:

Voy a mirar en la conservera de Otero. Si en una hora no te escribo, ven.

El mensaje se quedó con un solo tic gris.

Sin cobertura, o Andrés con el móvil apagado.

Esa tarde, en la radio, habían dicho que el agua había entrado en seis casas de la parte baja del pueblo y que la Guardia Civil y Protección Civil estaban achicando con bombas.

Andrés tendría otras cosas en las que pensar.

Lucía guardó el móvil, se puso la capucha del anorak y salió a la lluvia.

La conservera Otero era una nave larga de ladrillo rojo, de dos plantas, con el tejado de uralita y las ventanas de abajo tapiadas con tablones.

La puerta principal, que daba al muelle, tenía una cadena gruesa con un candado nuevo.

Lucía no lo intentó. Rodeó el edificio por un callejón estrecho que olía a orín y a salitre, pegada a la pared, hasta la parte de atrás, la que daba a las rocas.

Allí había una puerta más pequeña, de chapa, con la pintura comida por el óxido.

También tenía cadena. Pero la cadena estaba sujeta a una argolla atornillada en un marco de madera podrida por la humedad.

Lucía tiró. La madera crujió. Tiró más fuerte, apoyando un pie en la pared. La argolla salió con tornillos y todo.

Se quedó un momento inmóvil, con el corazón en la garganta, escuchando. Solo el viento y las olas rompiendo contra las rocas, a pocos metros.

Empujó la puerta y entró.

Dentro olía a pescado. No a pescado fresco, sino a algo más antiguo, más profundo: a aceite rancio, a sardinas de hace cuarenta años metidas en las paredes, en el suelo, en el aire. Lucía encendió la linterna.

Era una nave enorme. El haz de luz no llegaba al fondo.

Máquinas viejas cubiertas de lonas, cintas transportadoras paradas, mesas de acero inoxidable, montañas de latas vacías oxidadas, palés rotos.

Del techo colgaban cadenas y ganchos. Por las goteras caía agua en chorros finos que sonaban como un reloj.

Avanzó despacio, apuntando la linterna a todas partes.

Al fondo, una escalera de hierro subía a una especie de entreplanta con oficinas acristaladas.

Las ventanas de las oficinas estaban sucias, pero una de ellas tenía una persiana a medio bajar, nueva, de plástico blanco. Nada más en la nave era nuevo.

Subió la escalera. Los peldaños resonaban bajo sus botas. La puerta de la oficina no tenía llave.

Dentro había una mesa de despacho de madera, una silla de cuero, un archivador metálico de cuatro cajones y un calendario de 1996 con una chica en bikini sobre un barco. Todo estaba cubierto de polvo, menos la mesa. La mesa estaba limpia. Alguien la usaba.

Lucía abrió el archivador. Primer cajón: facturas de la conservera, años ochenta. Segundo: nóminas, contratos, papeles de Hacienda. Tercero: libros de contabilidad encuadernados en tela verde, uno por año. Sacó el de 1998.

Lo abrió sobre la mesa y fue pasando las hojas con la linterna entre los dientes. Columnas de números, compras de sardina, ventas de latas, pagos a proveedores. Todo normal, todo ordenado.

Hasta que, al final, encontró un sobre grapado a la contratapa.

Dentro había hojas de papel de libreta escritas a mano. Otra contabilidad. Una que no tenía nada que ver con las sardinas. Fechas, cantidades y unas iniciales.

15-8-98. Furna. 40 cajas. Lancha. P.R. X.M. M.O.

P.R. Paco Rial. M.O. Mateo Otero. X.M. no sabía quién era. Pero Xan, el de la taberna, se llamaba Xan Mouriño, le había dicho Carmen.

Y debajo, en otra hoja, una lista más corta. Pagos.

20-8-98. M. Lago. 500.000. 2-9-98. M. Lago. 500.000.

Un millón de pesetas al sargento Manuel Lago en las dos semanas siguientes a la desaparición de Inés.

Lucía sintió frío. Siguió buscando dentro del sobre. Había algo más, doblado en el fondo: dos folios de papel cebolla, escritos a máquina, con dos agujeros de grapa en la esquina.

En la esquina superior derecha, a bolígrafo, dos números. 23. 24.

DECLARACIÓN DE D. TOMÁS FERREIRO PAZOS, TORRERO DEL FARO DE PUNTA LOBEIRA…

La leyó de pie, temblando, con la linterna en una mano y los folios en la otra.

Su padre había declarado el 17 de agosto de 1998 que la noche del 15, hacia la una menos diez, había visto salir del puerto una lancha rápida sin luces, en dirección a A Furna do Corvo, y que creía que era de la empresa Otero.

Que había vuelto a las dos menos cinco. Que lo había anotado en el cuaderno de guardia, como era su obligación.

Preguntado si había visto algo más esa noche, el declarante respondía:

Non. Nada máis.

Lucía bajó los folios.

Su padre había mentido. Había contado lo de la lancha de Otero, lo que todo el mundo sabía. Y había callado lo del coche. Lo de la Garita. Lo de la lancha pequeña. Lo de la R .

Y aun así, alguien había pagado un millón de pesetas para que esa declaración desapareciera. Para que nadie supiera que una lancha de Otero estaba en el mar aquella noche.

Y ese alguien se había guardado los folios. Como un seguro. Como una prueba de que el sargento Lago se había vendido.

Una luz se encendió en la nave.

No una linterna. Un fluorescente del techo, de esos que parpadean antes de encenderse del todo. Luego otro. Y otro. La nave entera se iluminó con una luz blanca y fría que hizo daño a los ojos de Lucía.

Se agachó detrás de la mesa. Apagó la linterna. Escuchó.

Pasos. Abajo, en la nave. Pasos lentos, tranquilos, sobre el suelo de cemento. Luego, los peldaños de hierro de la escalera, uno tras otro, resonando.

Lucía metió los folios dentro del anorak. Miró a su alrededor. No había otra salida. La ventana de la oficina daba a la nave, cuatro metros más abajo, sobre un montón de latas.

Los pasos llegaron a lo alto de la escalera. Se detuvieron frente a la puerta.

—Puedes salir de ahí detrás, Lucía. —La voz era tranquila, educada, casi divertida—. Te he visto entrar desde mi casa. Tengo cámaras. Es lo que tiene ser rico en un pueblo pobre: uno se vuelve desconfiado.

Lucía se incorporó despacio.

Julián Otero estaba en la puerta de la oficina, con un chubasquero de pesca negro chorreando agua y una linterna grande en la mano. No llevaba ningún arma. No le hacía falta. Era más alto que ella, más fuerte de lo que parecía, y estaba entre ella y la única salida.

Miró el archivador abierto. El libro de contabilidad sobre la mesa. El sobre vacío.

—Ah —dijo. Y suspiró—. Eso.

—Usted pagó a Manuel Lago —dijo Lucía. Le temblaba la voz, pero siguió—. Para que hiciera desaparecer la declaración de mi padre. Su lancha estaba en el mar esa noche. Inés le había visto descargar en A Furna. Usted la amenazó. Lo pone en su diario.

Julián la miró largo rato. Algo cambió en su cara. No se volvió más dura. Se volvió más vieja.

—¿Su diario? —dijo en voz baja—. ¿Carmen guardaba un diario?

— Si me pasa algo, que miren en las naves de Otero . —Lucía levantó la barbilla—. Eso escribió.

Julián cerró los ojos. Cuando los abrió, tenía en la mirada algo que Lucía no esperaba. Cansancio. Y algo parecido al dolor.

—Sí —dijo—. Esa noche mi lancha estaba en el mar.

Cuarenta cajas de Winston. Con Paco, con Xan, con mi hijo.

Salió a la una menos diez y volvió a las dos.

—Dio un paso hacia ella. Lucía retrocedió hasta chocar con el archivador—.

Yo la asusté, a esa chica. No me enorgullezco.

Pero yo no la toqué. Ni yo ni mis hombres.

—¿Y por qué tendría que creerle?

—Porque tu padre lo vio todo desde el faro, y lo sabes. —Julián la miró fijamente—. Mi barco volvió a las dos, Lucía. Antes de que pasara nada.

Hizo una pausa.

—La otra lancha no era mía.