Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 22. Las naves de Otero
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22. Las naves de Otero

La pequeña sombra.

Lucía se quedó mirando esas dos palabras con el diario abierto sobre el volante, mientras la lluvia resbalaba por el parabrisas.

No tenía que adivinar quién era. Lo sabía. Lo había sabido toda la vida. Pequena sombra : así llamaba Inés a Elena, cuando le revolvía el pelo en el espigón o le daba un chicle en la playa. Elena se ponía colorada hasta las orejas.

Elena sabía que Inés se iba a ir esa noche.

Elena, con doce años, había guardado ese secreto. Lo había jurado por su madre muerta. Y una semana después, con fiebre altísima, encerrada en su cuarto, había empezado a tener pesadillas con una mochila roja en las rocas. Pesadillas que no se le habían quitado en veintiséis años.

Lucía cogió el móvil y marcó su número.

Un tono. Dos. Cinco. Saltó el buzón de voz. Hola, soy Elena, de la farmacia Castro. Ahora no puedo atenderte…

Colgó sin dejar mensaje.

¿Qué le iba a decir? ¿Sabías que Inés se iba?

¿Por qué no me lo contaste nunca? Elena le diría lo que le diría cualquiera: que tenía doce años, que lo había jurado, que después de la desaparición tuvo tanto miedo que no se atrevió a decirlo.

Que a lo mejor se le olvidó. Que se lo contó a su padre y él le dijo que no se metiera. Cualquier cosa.

Y, sin embargo, había algo. Algo que no encajaba en la cara blanca de Elena en el sendero de la Garita. En su vértigo de veintiséis años. En sus manos ardiendo en el sueño.

Lucía arrancó el coche. Ya hablaría con ella. Primero tenía que leer el resto.

En casa, con la cocina de leña encendida y una taza de té, leyó el diario de Inés de principio a fin. Le llevó toda la tarde.

Era raro leer la intimidad de alguien que llevaba veintiséis años desaparecida.

Raro y doloroso. Inés era graciosa, exagerada, impaciente, injusta con su madre y tiernísima con Mateo.

Odiaba las matemáticas y adoraba a los Beatles.

Escribía frases de canciones en inglés en los márgenes.

Contaba los días que le quedaban para cumplir dieciocho.

Tenía diecisiete años y quería comerse el mundo.

Pero en julio, las entradas cambiaban.

12 de julio. Anoche M. y yo bajamos a la playa de Area Longa a las tantas para estar solos.

Y vimos una cosa. Unas luces en el mar, sin ruido.

Y luego una lancha que entraba en A Furna do Corvo, y hombres descargando fardos y metiéndolos en la cueva grande.

M. se puso blanco y me tapó la boca para que no gritara.

Dice que es tabaco. Dice que es de su padre.

Dice que no puedo contárselo a NADIE. Pero yo ya lo sabía, todo el pueblo lo sabe, ¡¡no soy tonta!

! Lo que pasa es que nunca lo había visto.

20 de julio. Hoy J. O. me ha parado en la cuesta del puerto, cuando volvía sola del instituto de verano.

Me ha cogido del brazo muy fuerte. Todavía tengo la marca.

Me ha dicho que sabe que el otro día estuvimos en la playa, que nos vieron.

Que si abro la boca, mi madre se queda sin bar y sin casa, porque le debe mucho dinero.

Y que a las chicas que hablan demasiado les pasan cosas.

Lo ha dicho sonriendo. Me ha dado un asco horrible. Tengo ganas de vomitar.

28 de julio. J. O. me mira raro. En la fiesta del Carmen me estuvo mirando toda la noche desde la barra. M. dice que su padre es así, que solo quiere asustarme. Pero M. también le tiene miedo. Todo el mundo le tiene miedo.

3 de agosto. Lo he decidido. Me voy. No aguanto más este pueblo, ni a J. O., ni a nadie. M. dice que se viene conmigo. Que también quiere irse lejos de su padre.

Lucía siguió leyendo, con el corazón cada vez más rápido. Agosto. Planes de huida. La mochila. El dinero. El billete. Y, entre dos entradas, en una página casi en blanco, escrita con un rotulador rojo y en letras mayúsculas, como un grito:

SI ME PASA ALGO, QUE MIREN EN LAS NAVES DE OTERO.

Lucía cerró el diario y se quedó quieta mucho rato.

Luego se levantó y fue hasta la puerta de la despensa. Miró todo lo que había escrito durante esa semana. Las fechas. Las flechas. Los nombres.

Y, por primera vez, las piezas parecieron moverse solas y colocarse en un dibujo.

Julián Otero, contrabandista. Inés lo había visto.

Julián la había amenazado: a las chicas que hablan demasiado les pasan cosas .

Esa noche, la noche de la fiesta, la lancha de Otero estaba en el mar, sin luces, rumbo a A Furna do Corvo.

Su padre lo había apuntado. Y la declaración de su padre había desaparecido del expediente de un sargento que, según su propio hijo, hacía lo que Otero mandaba.

Y Paco Rial, que trabajaba para Otero, cobraba todos los años el día del aniversario. Tres mil euros nuevos en septiembre.

¿Y quién en San Amaro tenía dinero para eso?

Y su padre, en agosto, sentado en esa misma cocina, diciéndole a Julián que no vendía. Y Julián, una semana antes, en esa misma silla: tu padre también se negó a vender.

Lucía se volvió hacia la ventana. Desde allí, a lo lejos, se veía el puerto. Y al final del puerto, junto al varadero donde habían detenido a Mateo, una nave larga de ladrillo con el tejado de uralita y unas letras de hierro oxidado sobre la puerta que ya casi no se leían.

CONSERVAS OTERO. DESDE 1952.

Las naves de Otero.

Llevaban cerradas desde hacía diez años, según le había dicho Carmen. Ya no se enlataba nada allí. Pero Julián no las había vendido ni derribado. Seguían ahí, junto al mar, con sus ventanas tapiadas y sus puertas cerradas con cadenas.

Como si guardaran algo.