Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 21. El diario
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21. El diario

Cuando Lucía se despertó, Elena ya se había ido. Había dejado la cama hecha, las tazas fregadas y una nota en la mesa de la cocina, con su letra redonda de siempre: Gracias por lo de anoche. Te quiero mucho. E. Y un corazón pequeño.

Lucía se quedó mirando la nota un rato. Luego la guardó en la libreta negra, entre las páginas. No sabía por qué.

Había pasado la noche dándole vueltas a la mochila roja del sueño de Elena. A cómo describía el haz de luz del faro pasando sobre las rocas. A sus manos ardiendo. Y por la mañana, con la cabeza más fría y un café en la mano, empezó a hacer lo que hacía siempre: buscar la explicación más sencilla.

Mi padre dice que es mi cabeza mezclando cosas. Que vi los carteles de Inés con lo de la mochila roja y me lo inventé todo.

Era posible. Era muy posible. Los niños sueñan con lo que les asusta, y en agosto de 1998 a todos los niños de San Amaro les asustaba lo mismo.

Lucía necesitaba comprobarlo.

El cartel seguía en la taberna. Lucía lo recordaba: Carmen nunca lo había quitado.

Estaba en un marco de madera barato, colgado en la pared del fondo, junto a la puerta de la cocina, entre una foto del equipo de fútbol local de 1995 y un calendario de la cofradía.

El papel estaba amarillo y la foto de Inés casi borrada por el sol de veintiséis veranos.

DESAPARECIDA. Inés Varela Ríos, 17 años. Vista por última vez el 15 de agosto en San Amaro. Vestía vaqueros, camiseta blanca y mochila roja.

Mochila roja. Ahí estaba. En letras negras, en mayúsculas, en cada escaparate del pueblo durante meses.

Lucía respiró. Se sintió aliviada y, al mismo tiempo, un poco tonta. Elena tenía doce años y había visto ese cartel cien veces. Era normal que se le hubiera metido en los sueños. Era normal.

—Lo miras como si fuera la primera vez.

Carmen estaba detrás de ella, con un trapo en la mano. Lucía no la había oído llegar.

—Perdona. Estaba pensando.

—Siempre estás pensando. Como tu padre. —Carmen se quedó mirando el cartel, a su hija—.

¿Sabes que nunca se lo dije a la Guardia Civil?

Lo de la ropa. Lo puso Manolo Lago así, de memoria, porque es lo que dijeron los que la vieron en la verbena.

Pero se equivocó. No era una camiseta blanca.

Era de color crema. Se la había comprado yo en Santiago, en las rebajas.

Lo dijo con una sonrisa triste, como quien cuenta algo sin importancia que, sin embargo, le ha dolido durante veintiséis años.

Lucía se volvió hacia ella.

—Carmen, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Ya me la vas a hacer de todas formas.

—¿Tienes algo de Inés que nunca le enseñaras a nadie?

Carmen dejó de sonreír. Miró a su alrededor: la taberna estaba casi vacía, solo dos jubilados al fondo con un dominó. Luego miró a Lucía durante un largo momento, con esos ojos oscuros que no tenían miedo de nada.

—Sube —dijo.

En la cocina del piso de arriba, Carmen abrió el aparador, apartó una pila de manteles bordados y sacó de debajo de todos una caja de zapatos atada con una cinta de raso azul.

La puso sobre la mesa. Se sentó. No la abrió.

—Es su diario —dijo—. Lo encontré debajo de su colchón tres días después de que desapareciera. Lo leí entero esa misma noche. Y luego lo escondí.

—¿Por qué?

—Por muchas cosas. —Carmen pasó la mano por la tapa de la caja, como quien acaricia a un animal—.

Porque había cosas de ella con Mateo que una madre no debería leer.

Cosas de chica. Porque decía cosas de mí que me dolieron mucho.

Que la ahogaba, que no la entendía, que quería irse lejos de mí.

—Se le quebró un poco la voz—. Y porque había otras cosas… cosas que me dieron miedo.

—¿Qué cosas?

—Sobre Julián Otero.

Lucía esperó.

—En el noventa y ocho —siguió Carmen—, yo le debía dinero a Julián.

Mucho dinero. Me lo prestó para reformar la taberna cuando mi marido se fue.

Y Julián no es de los que perdonan deudas.

Si yo hubiera llevado este diario a la Guardia Civil, con lo que dice de él…

—Negó con la cabeza—. Me habría quitado el bar. Y la casa. Y no tenía nada más.

—Pero era tu hija.

—Mi hija ya no estaba. —Carmen la miró con dureza—.

Y yo tenía que seguir viviendo. Eso es algo que entenderás cuando tengas mi edad, o no lo entenderás nunca.

—Bajó la vista—. Además, Manolo Lago estaba de su parte.

Lo sabía todo el pueblo. Si le daba el diario a Manolo, el diario habría desaparecido. Como desapareció todo lo demás.

Desató la cinta. Abrió la caja.

Dentro había un cuaderno de tapas de cartón duro, forrado con papel de regalo de flores, con un candadito dorado roto. Encima, una foto de Inés con Mateo en la playa, las orejas de él asomando entre el pelo de ella. Y una pulsera de hilo rojo.

Carmen le tendió el cuaderno.

—Llévatelo. Léelo. Tu padre no llegó a hacerlo. Iba a dárselo cuando volviera. —Se le humedecieron los ojos—. Pero no volvió.

Lucía no aguantó hasta llegar a casa. Lo abrió en el coche, aparcado junto al puerto, con la lluvia golpeando el parabrisas.

La letra de Inés era grande, redonda, llena de tachones y dibujos en los márgenes: corazones, estrellas, caras sonrientes.

Escribía en castellano, deprisa, con faltas de ortografía y muchas exclamaciones.

Lucía fue pasando las páginas. Enero, febrero, marzo de 1998.

El instituto. Una pelea con su madre. Una película.

Mateo, Mateo, Mateo. Planes. Sueños. Vigo.

La universidad. Londres. ¡¡Me voy a ir de aquí aunque sea a nado! !

Junio. Julio. Las entradas se iban volviendo más cortas, más nerviosas.

Lucía fue directa a las últimas páginas.

La última entrada estaba escrita el 14 de agosto. El día antes. Con una letra más pequeña que el resto, apretada, como si Inés no quisiera que nadie la leyera ni siquiera por encima del hombro.

14 de agosto. Mañana me voy. Ya está. Ya no me echo atrás.

Tengo el dinero, tengo la mochila hecha y escondida, tengo el billete de autobús de las tres para Santiago y luego a Vigo.

M. viene conmigo. Ahora que lo escribo me da un miedo horrible, pero también es lo más bonito que he sentido nunca.

Mamá me va a odiar. Lo sé. Le dejaré una carta en la almohada. Algún día lo entenderá. Solo lo sabe M.

Y luego, una línea más abajo, como añadida después de pensarlo:

Y la pequeña sombra, claro, que me sigue a todas partes y lo ha adivinado todo, la muy lista. Le he hecho jurar por su madre que no dirá nada. Me da pena dejarla. Es como una hermana pequeña que no tengo. Le he prometido que le mandaré postales desde Londres.