20. Pesadillas
—Es el único médico en treinta kilómetros —dijo Andrés.
Lo dijo despacio, como quien se lo explica a sí mismo. Seguían en su despacho, con los dos papeles uno al lado del otro sobre la mesa.
—Lleva cuarenta años firmando todos los certificados de este pueblo, Lucía. Partos, muertes, bajas laborales, todo. Si mañana me caigo yo por las escaleras del cuartel, también firmará él. —Se pasó la mano por la nuca—. Y lo de las palabras… Son las palabras de los médicos. Todos escriben igual.
Lucía no contestó. Miraba las firmas.
—Y piénsalo —siguió Andrés—. Ramón tiene setenta y un años.
Cojea. Y ahora mismo tiene una gripe que lo tiene en la cama.
Paco era un viejo, sí, pero era un marinero de los de antes, fuerte como un toro.
¿Tú ves a Ramón Castro peleándose con Paco Rial en el espigón, de noche, en mitad de un temporal?
Lucía intentó imaginarlo. El doctor, con su rebeca gris y su corbata granate, con su bigote bien recortado y sus manos secas y calientes. El hombre que había cuidado de su madre cada día durante un año entero. El hombre que le había abierto la puerta de su casa con los brazos abiertos.
No. No podía verlo.
—No —admitió.
—Yo tampoco.
Pero esa noche, al anotarlo todo en la libreta negra, Lucía escribió las dos firmas en una línea aparte. Y no la tachó.
Elena llamó a las ocho.
—¿Estás sola?
—Sí.
—Voy. No me apetece estar en casa. Mi padre está insoportable con la fiebre. —Una pausa—. Y no quiero estar sola.
Llegó media hora después con dos botellas de vino tinto, una bolsa de patatas fritas y una tableta de chocolate negro.
Tenía mejor cara que por la mañana, pero seguía pálida, con ojeras.
Se quitó las botas en la entrada, como hacía de niña, y se sentó en el suelo de la cocina, junto a la cocina de leña, con la espalda contra la pared.
Lucía se sentó a su lado. Abrieron la primera botella.
Durante un rato hablaron de cosas tontas.
De la profesora de matemáticas que tenía bigote.
Del chico de Santiago que veraneaba en San Amaro y del que las dos estuvieron enamoradas a la vez.
De la vez que robaron un barril de cerveza vacío de la fiesta y lo tiraron rodando por la cuesta del puerto. Se rieron mucho. El vino ayudaba.
A la segunda botella, Elena se quedó callada mirando el fuego.
—Lucía, ¿tú tienes pesadillas?
—Ahora sí. Desde que he llegado.
—Yo las tengo desde siempre. —Elena hizo girar el vino en el vaso—. Desde que tenía doce años.
Lucía la miró.
—Nunca me lo contaste.
—No se lo he contado a nadie. Solo a mi padre. —Bebió—. Es siempre la misma, ¿sabes? Igual, igual. Treinta años soñando lo mismo, por lo menos una vez al mes. A veces más.
—¿Qué sueñas?
Elena tardó en contestar. Cuando lo hizo, habló muy bajito, sin mirarla, con los ojos fijos en las llamas.
—Es de noche. Hay viento. Estoy de pie en algún sitio alto, en unas rocas, y oigo el mar debajo de mí, muy fuerte, como un tren.
No veo nada, está todo oscuro. Y entonces la luz del faro pasa.
Así. —Movió la mano despacio de un lado a otro, como el haz de luz—.
Y durante un segundo lo veo todo. Abajo, en las rocas, hay una mochila.
Una mochila roja. Abierta. Con cosas desparramadas.
Y luego la luz se va y vuelve a estar todo negro. Y yo me miro las manos.
—¿Las manos?
—Me duelen. Me arden. Como si hubiera tirado de algo muy fuerte. —Elena se miró las palmas, como si esperara encontrar algo en ellas—. Y ahí me despierto. Siempre ahí. Gritando.
Lucía sintió frío, a pesar del fuego.
—¿Desde los doce años?
—Desde aquel verano. —Elena se rio, nerviosa—.
Ya sabes. El verano de Inés. Todo el pueblo andaba loco con lo de la desaparición, los carteles, el helicóptero…
Mi padre dice que me impresionó mucho. Que era una niña muy sensible y que me afectó.
Tuve fiebre altísima, ¿te acuerdas? Una semana en la cama, delirando. Y después empezaron las pesadillas.
—¿Y qué hizo tu padre?
—Me dio pastillas. Para dormir, para los nervios. Terrores nocturnos, lo llamaba él. —Elena se encogió de hombros—. Las tomé durante años. Toda la adolescencia. Ahora ya casi no, solo cuando estoy muy nerviosa. Como estos días.
Lucía bebió un trago largo. El vino le supo amargo.
—¿Le has contado a tu padre lo de la mochila? ¿Lo del sueño?
—Claro. Mil veces. —Elena sonrió con tristeza—. Me dice que es mi cabeza mezclando cosas. Que vi los carteles de Inés con lo de la mochila roja y mi cabeza de niña se lo inventó todo. Que es normal. Que no le dé más vueltas.
Se quedaron calladas. Fuera, el viento empujaba la casa. La luz del faro pasaba cada doce segundos por la ventana de la cocina y dibujaba en la pared una franja blanca que aparecía y desaparecía.
Como en el sueño de Elena.
—Bueno. —Elena se levantó de golpe, un poco tambaleante—. Ya está. Ya te he contado mi trauma. Ahora te toca a ti contarme alguno tuyo, que estoy en desventaja.
Lucía se rio. Elena también. Pero ninguna de las dos lo sintió de verdad.
Elena se quedó a dormir en el antiguo cuarto de Lucía. Lucía, en el sofá del salón, tapada con una manta que olía a su padre.
No podía dormir.
Miraba el techo y veía la mochila roja. No la del sueño de Elena. La de verdad. La que había visto ella misma, con sus propios ojos, la noche del 15 de agosto de 1998, junto al escenario de la verbena. La que le había parecido tan rara. ¿Quién lleva una mochila a una verbena?
La que llevaba Inés a la espalda mientras bailaba con Mateo la última canción lenta de su vida.
La mochila roja que Inés llevaba siempre colgada de un solo hombro.
La mochila que nunca apareció.