19. El padre de Andrés
Lucía se quedó mirando el hueco en el expediente.
Los dos agujeros de las grapas, oxidados, vacíos.
Pensó en la otra cosa que había desaparecido: las hojas arrancadas del cuaderno de su padre.
Las mismas horas, la misma noche. Alguien había hecho desaparecer dos veces lo que Tomás Ferreiro había visto.
Pero esta vez su padre había sido más listo.
Sacó del bolsillo interior del anorak la bolsa de plástico con las dos hojas de la Garita.
Dudó un segundo. Durante una semana había decidido no fiarse de nadie en San Amaro.
Pero Andrés estaba allí, de pie, con las manos apoyadas en la mesa y el expediente de su propio padre abierto delante, con cara de haber recibido un golpe. Y ella necesitaba a alguien.
—Yo también tengo algo que enseñarte —dijo.
Puso las hojas sobre la mesa.
Andrés las leyó una vez. Luego otra, más despacio, moviendo los labios. Luego se sentó.
—¿De dónde las has sacado?
Lucía se lo contó. La llave de la caja de las tormentas. La Garita. La lata de galletas. Andrés escuchó sin interrumpir, con los ojos fijos en la letra de su padre. Cuando ella terminó, se quedó un buen rato callado.
— Lancha rápida sen luces. Otero —leyó en voz baja—. Coche na Garita. Apaga as luces . —Levantó la vista—. Tu padre lo vio todo.
—Y lo apuntó. Y lo escondió. Y lo calló durante veintiséis años.
—¿Por qué?
—Eso es lo que no entiendo.
Andrés volvió a mirar el índice del expediente. Folios 23-24. Declaración de D. Tomás Ferreiro Pazos.
—Pero declaró —dijo—. Algo dijo. Si no, no habría declaración.
—Quizá dijo solo una parte. —Lucía señaló la primera hoja—. Lo de la lancha de Otero. Eso lo apuntó entre paréntesis, como algo normal, algo que todo el mundo sabía. Quizá eso sí se lo contó a tu padre. Y lo otro, lo del coche y la lancha pequeña… —Se encogió de hombros—. Lo otro se lo guardó.
—Y alguien hizo desaparecer incluso esa parte.
—Alguien a quien no le convenía que se supiera que la lancha de Otero estaba en el mar esa noche.
Andrés cerró los ojos.
Durante un rato no dijo nada. Fuera, en el pasillo, se oía a Brais hablando por teléfono, y el ruido constante de la lluvia contra los cristales. Lucía esperó. Sabía esperar.
—Mi padre murió en 2019 —dijo Andrés al fin, sin abrir los ojos—. Cáncer de hígado. Bebió mucho los últimos años. Mucho. Mi madre decía que era por el trabajo, por las cosas que había visto. Yo pensaba que era porque era un borracho, como tantos aquí.
Abrió los ojos. Miraba el expediente, pero no lo veía.
—Unas semanas antes de morir, en el hospital de A Coruña, una noche, me cogió la mano.
Estaba muy mal, con la morfina. Y me dijo: «Andrés, en el caso de la chica de Carmen hice cosas que no debí hacer.
Otero mandaba. Otero siempre mandaba». —Tragó saliva—.
Le pregunté qué cosas. Y ya no me contestó.
Se quedó dormido. Y no volvió a hablar de ello.
—¿Y tú?
—Yo no pregunté más. —Andrés soltó una risa amarga—.
No quise saberlo. Era mi padre. Lo enterré, me hice cargo del cuartel, y metí estas carpetas en el armario y no las volví a abrir.
Cinco años. Y cuando tu padre vino en septiembre a pedírmelas…
—Se le quebró la voz—. Le dije que no. Que necesitaba un motivo.
Porque tenía miedo de lo que iba a encontrar.
Lucía no supo qué decir. Pensó en su propio padre. En todas las cosas que ella tampoco había querido preguntar.
—Si se las hubiera enseñado —siguió Andrés—, si le hubiera escuchado, igual… —No terminó.
—No sabes eso.
—No. No lo sé. —Andrés se frotó la cara con fuerza, como quien se despierta—. Pero sé lo que tengo que hacer ahora.
Se levantó. Cerró la puerta del despacho. Volvió a sentarse frente a ella.
—Vale. Vamos a hacer esto bien. Tú y yo. Sin que nadie más lo sepa. Ni Brais, ni nadie del pueblo.
—¿Me estás pidiendo ayuda?
—Te estoy pidiendo que no te pongas en peligro tú sola. —La miró a los ojos—. Ya hay dos muertos, Lucía. Tu padre y Paco. Y los dos sabían algo de esa noche.
Lucía asintió despacio.
—¿Y Mateo?
—Puedo retenerlo hasta mañana por la noche.
Setenta y dos horas. Después tendré que soltarlo o pasarlo al juez, y con la carretera cortada no puedo pasarlo a nadie.
—Andrés señaló la libreta de hule de Paco—.
Y después de esto, no sé si tengo motivos para retenerlo.
Mateo no tenía dinero para pagarle a Paco tres mil euros. Ni trescientos.
—Pero su padre sí.
Se miraron. Julián Otero. El hombre que mandaba. El que tenía una lancha en el mar esa noche. El que había pagado para cerrar el caso. El que necesitaba la casa del faro para su hotel. El que le había dicho, sentado en su cocina, con su anillo de oro: ten cuidado con lo que escribes en las paredes.
—Otero tiene dinero para pagar cualquier silencio —dijo Andrés—. Pero ¿por qué iba a pagarle a Paco todos los aniversarios? Paco trabajaba para él. Si Otero quería que se callara lo del tabaco, le bastaba con seguir dándole trabajo.
—A no ser que no fuera por el tabaco.
—A no ser que no fuera por el tabaco —repitió Andrés.
Lucía miró la R.? del margen.
—¿Y si R. es Rial? —dijo—. ¿Y si mi padre vio la barca de Paco salir hacia A Furna esa noche? ¿Y si Paco no era solo un testigo, sino…?
—¿El de la lancha pequeña? ¿Paco? —Andrés frunció el ceño—. ¿Y entonces quién le pagaba? ¿Y por qué?
—No lo sé.
Era la verdad. Lucía tenía muchas piezas encima de la mesa y ninguna encajaba con las demás. Era como un puzle en el que alguien hubiera mezclado las piezas de dos cajas distintas.
Llamaron a la puerta. Brais asomó la cabeza.
—Mi sargento, perdone. Ha llegado esto de casa del doctor Castro. Lo ha traído su hija. —Le tendió un sobre blanco—. Es el informe preliminar de la muerte de Paco Rial. Dice que, como el forense no puede venir, lo ha hecho él para que conste.
Andrés abrió el sobre. Sacó un folio escrito a ordenador, con el membrete del doctor en la parte de arriba. Lo leyó en silencio. Luego se lo pasó a Lucía.
…muerte por asfixia por sumersión (ahogamiento), en contexto de intoxicación etílica aguda.
Contusión en región occipital compatible con impacto contra superficie dura (rocas del espigón) en el momento de la caída.
Lesiones en muñecas y manos compatibles con roces contra el casco de la embarcación y las rocas durante la permanencia en el agua.
No se aprecian signos de violencia de terceros…
Firmado: Dr. Ramón Castro Insua.
Lucía se quedó mirando la firma. Luego, despacio, sacó de su carpeta azul la copia del certificado de defunción de su padre y la puso al lado.
Las dos firmas eran iguales. Y las palabras también: compatible con impacto contra superficie dura. Caída. Ahogamiento.
Dos hombres que sabían algo de la noche del 15 de agosto de 1998. Dos caídas. Dos ahogamientos.
Y el mismo médico firmando que eran accidentes.