Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 18. El dinero de Paco
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18. El dinero de Paco

Paco Rial vivía en el barrio de A Ribeira, la parte más vieja de San Amaro: una maraña de callejones estrechos que bajaban hacia el puerto, con casas de piedra pegadas unas a otras, ropa tendida en los balcones y gatos en todas las ventanas.

Su casa era de las más pequeñas. Una planta, una puerta de madera pintada de azul, como su barca, y una maceta de geranios secos en el escalón.

Lucía levantó la maceta. Debajo había una llave. En San Amaro, todo el mundo dejaba la llave debajo de algo.

Dudó un momento. Sabía que lo que iba a hacer no estaba bien. Que no tenía ningún derecho. Que, si alguien la veía, al día siguiente lo sabría todo el pueblo.

Metió la llave en la cerradura.

La puerta estaba abierta.

Dentro estaba oscuro y olía a tabaco de liar, a humedad y a pescado frito.

Lucía encendió la linterna. Una sola habitación que hacía de cocina, comedor y sala, con una mesa de formica, dos sillas, un sofá hundido y una televisión antigua.

Al fondo, una puerta entreabierta daba a un dormitorio.

En las paredes, fotos de barcos. En una estantería, botellas vacías y una virgen de plástico.

Y alguien, de pie junto al sofá, con una linterna en la mano.

—Sabía que vendrías —dijo Andrés Lago.

Lucía estuvo a punto de gritar. Se llevó la mano al pecho.

—¡Me has dado un susto de muerte!

—Y tú a mí me vas a dar un disgusto. —Andrés bajó la linterna—. Esto es allanamiento, Lucía.

—La puerta estaba abierta.

—Porque la abrí yo. Con una orden. —Andrés suspiró—. Bueno, con algo parecido a una orden. Con la carretera cortada, el juez me ha dado permiso por teléfono.

Se quedaron mirándose en la penumbra. Fuera, la lluvia golpeaba el tejado de uralita.

—¿Qué buscas? —preguntó ella.

—Lo mismo que tú, imagino. —Andrés se pasó la mano por la cara—.

Anoche no pude dormir. Pensando en lo que dijiste en el espigón.

En las marcas de las muñecas. En la uña rota.

En que Paco te pidió quinientos euros por hablar de 1998 y al día siguiente apareció en el agua.

—Hizo una pausa—. Y en Mateo, en el calabozo, jurando por Inés que no lo hizo.

—¿Le crees?

—No sé a quién creo. —La miró—. Por eso estoy aquí.

Registraron la casa juntos. Andrés, con el método de los guardias: cajón por cajón, de arriba abajo, de izquierda a derecha. Lucía, con el suyo.

Porque Lucía sabía una cosa que había aprendido en doce años entrando en casas de gente que escondía dinero al seguro: la gente nunca esconde las cosas donde crees.

Ni debajo del colchón, ni en el congelador, ni dentro de una caja de zapatos.

La gente esconde las cosas en sitios que forman parte de su vida.

En los objetos que toca todos los días sin pensar.

Paco Rial era marinero. Llevaba en el mar desde los doce años.

Lucía fue directa a la caja de aparejos de pesca que había junto a la puerta.

Una caja de metal verde, grande, con bandejas que se abrían en escalera llenas de anzuelos, plomos, carretes de sedal y señuelos de colores.

La vació bandeja por bandeja. En el fondo, debajo de todo, había una base de madera.

Golpeó con los nudillos. Sonaba hueco.

—Andrés.

Él se acercó con la linterna. Lucía metió una uña en la ranura del borde y levantó la tabla. Debajo había un hueco de tres o cuatro centímetros de alto.

Y dentro, un fajo de billetes de cincuenta euros sujetos con una goma. Y una libreta pequeña, de las de hule, de las que se venden en los estancos.

Andrés silbó bajito. Cogió los billetes con un pañuelo y los contó en voz baja.

—Tres mil euros.

—Míralos. —Lucía acercó la linterna—. Son nuevos. Fíjate cómo están: sin doblar, sin manchas. No son ahorros de un pensionista. Alguien se los dio hace poco.

Andrés abrió la libreta. Las hojas estaban amarillas, con las esquinas dobladas. En cada una había una línea escrita a lápiz, con la letra torpe de alguien que fue poco a la escuela. Una fecha y una cantidad. Nada más.

15-8-1999. 50.000. 15-8-2000. 50.000. 15-8-2001. 60.000. 15-8-2002. 400.

—Euros a partir de 2002 —murmuró Lucía.

Andrés pasó las páginas. Un año tras otro. Siempre el 15 de agosto. Siempre una cantidad parecida. Trescientos, cuatrocientos, quinientos euros. Hasta 2023.

Y luego, la última línea, con una letra más grande y más firme:

25-9-2024. 3.000.

Se quedaron los dos en silencio.

—El 15 de agosto —dijo Andrés, muy despacio—. Todos los años, desde 1999.

—El aniversario de la desaparición de Inés.

—Alguien le pagaba a Paco Rial todos los años. El día del aniversario.

—Alguien le pagaba para que callara. —Lucía señaló la última línea—. Y a finales de septiembre, de pronto, Paco pide mucho más. Seis veces más.

—¿Por qué?

Lucía pensó en las fechas de su pared. Principios de septiembre: su padre encuentra la medalla. Mediados de septiembre: su padre visita a Andrés. Septiembre: su padre visita a Paco.

—Porque mi padre fue a verle —dijo—. A preguntarle por esa noche. Y Paco se dio cuenta de que el secreto que llevaba veinticinco años vendiendo barato de repente valía mucho más. Fue a ver a quien le pagaba y le subió el precio.

—Y ese alguien pagó.

—Esa vez sí. —Lucía tragó saliva—. Y luego volví yo. Haciendo las mismas preguntas. Y Paco seguramente pensó que podía subir el precio otra vez. Y esta vez…

No terminó la frase. No hacía falta.

Andrés cerró la libreta. Se quedó mirándola un rato con la mandíbula apretada. Lucía vio cómo algo cambiaba en su cara. Como cuando el viento gira y el mar cambia de color.

—Ven conmigo al cuartel —dijo—. Quiero enseñarte una cosa.

El expediente de la desaparición de Inés Varela Ríos ocupaba dos carpetas de cartón marrón, gruesas, atadas con cintas rojas. Andrés las sacó de un armario metálico del archivo del cuartel, un cuarto sin ventanas que olía a polvo y a papel viejo, y las puso sobre la mesa de su despacho.

—Las saqué anoche. Por primera vez. —Las desató—. Mi padre llevó este caso. Era el sargento de San Amaro en el noventa y ocho. Nunca me habló de él. Nunca. Y yo nunca quise abrirlo.

—¿Por qué no?

Andrés no contestó. Abrió la primera carpeta. Dentro había fotos, informes, declaraciones de testigos mecanografiadas en papel cebolla, mapas del cabo con zonas marcadas a rotulador. En la primera página, un índice escrito a máquina, con cada documento numerado y su número de folio.

Andrés pasó el dedo por el índice y se detuvo en una línea.

—Mira.

Lucía se inclinó. Folios 23-24. Declaración de D. Tomás Ferreiro Pazos, torrero del faro de Punta Lobeira. 17-8-1998.

—Mi padre declaró —dijo Lucía.

—Dos días después de la desaparición. Como todo el pueblo. —Andrés fue pasando los folios numerados, uno por uno, con cuidado. 19. 20. 21. 22.

Y luego, 25 .

Volvió atrás. Pasó otra vez. 22. 25.

—No están —dijo Lucía.

—No están. —Andrés se apoyó en la mesa con las dos manos—. Alguien sacó la declaración de tu padre del expediente. Y por cómo están los agujeros de las grapas, no fue ayer. Fue hace muchos años.