Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 17. R.?
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17. R.?

Lucía leyó las dos hojas tres veces. Arrodillada en el suelo de piedra de la Garita, con la linterna en una mano y el papel en la otra, mientras fuera el viento aullaba y el mar reventaba contra el acantilado.

Y abajo, en el margen, con otro bolígrafo —negro, no azul—, con una letra más temblorosa, más reciente:

R.?

Desaparece a filla de Carmen. Inés. Toda a mañá buscando. Garda Civil. Falo con R. Di que onte á noite foi revisar as nasas. Non sei. Non digo nada. Polo momento.

Lucía bajó las hojas y se quedó mirando la pared de piedra.

Su padre lo había visto. Aquella noche, desde lo alto del faro, con la luna creciente y el mar en calma, había visto un coche detenerse junto a la Garita a las dos menos veinte de la madrugada y apagar las luces.

Lo había visto marcharse media hora después, a oscuras.

Y luego había visto una lancha salir del puerto sin luces, con una persona a bordo, hacia A Furna do Corvo.

La cala de las cuevas. La cala de las corrientes. El sitio donde, veintiséis años después, el mar había devuelto la medalla de Inés.

Y el sitio donde habían encontrado a su padre.

Non digo nada. Polo momento.

No digo nada. Por el momento.

Un momento que había durado veintiséis años.

Detrás de ella, Elena hizo un ruido extraño. Como un gemido.

Lucía se volvió. Su amiga estaba apoyada en la pared junto a la puerta, con la mano en la boca. Había leído por encima de su hombro. Estaba temblando.

—Elena…

—Necesito aire.

Salió de la Garita tambaleándose. Lucía guardó las hojas en la bolsa de plástico, la bolsa en el bolsillo interior del anorak, y salió tras ella.

Elena estaba fuera, doblada por la cintura, con las manos en las rodillas, respirando a bocanadas el aire mojado. La lluvia le corría por la cara. O quizá no era solo lluvia.

—Perdona —dijo, sin incorporarse—. Perdona. No sé qué me pasa. Es este sitio. Me pone…

—Tranquila. —Lucía le puso una mano en la espalda—. Tranquila. Respira.

Esperaron así un rato, las dos, bajo la lluvia, junto a la Garita. Poco a poco, Elena dejó de temblar.

—Esa noche —dijo al fin, muy bajito—. Esa noche, Lucía. Es la noche de Inés.

—Lo sé.

—Tu padre lo vio. Vio algo. —Elena se incorporó y la miró con los ojos enrojecidos—. ¿Por qué no dijo nada?

—No lo sé. —Lucía miró hacia el pueblo, abajo, gris bajo la lluvia—. Pero lo voy a averiguar.

Volvieron a la casa del faro empapadas. Lucía encendió la cocina de leña e hizo chocolate caliente, como cuando eran niñas.

Elena se sentó junto al fuego envuelta en una manta, sin hablar, con la taza entre las manos.

Al cabo de media hora dijo que tenía que volver, que su padre estaba solo y con fiebre. Lucía la acompañó hasta su coche.

—No le cuentes esto a nadie, Elena. A nadie. Ni a tu padre.

Elena la miró de una forma extraña.

—¿Por qué no a mi padre?

—Porque no sé de quién fiarme. Y cuanta menos gente lo sepa, mejor.

Elena asintió despacio. Se metió en el coche y se fue.

Lucía extendió las dos hojas sobre la mesa de la cocina, una al lado de la otra, y las fotografió con el móvil desde todos los ángulos. Luego sacó la libreta negra y empezó a hacer lo que hacía siempre: ordenar.

00:50. Lancha rápida, sin luces. Hacia A Furna. «Otero».

Eso estaba claro. Era el contrabando de Julián, como habían dicho Paco y Mateo. Una lancha que salía a recoger tabaco y volvía una hora después. Su padre lo sabía y lo apuntaba entre paréntesis, como quien apunta algo que no es asunto suyo.

01:40. Coche. Se para en la Garita. Apaga las luces. 02:15. El coche se va. Sin luces.

Media hora. ¿Qué había hecho alguien durante media hora junto a la Garita, de madrugada, a oscuras? ¿Esperar? ¿Buscar? ¿Cargar algo?

03:10. Lancha pequena. Motor fueraborda. Una persona. Hacia A Furna. 04:05. Vuelve.

Una hora en A Furna do Corvo. De noche. Una persona sola.

Y luego estaba la R.

Con el signo de interrogación. Añadida después, con otro bolígrafo, años después, quizá.

Y en la segunda hoja: Hablo con R. Dice que anoche fue a revisar las nasas. No sé.

Lucía escribió en la libreta todos los nombres que conocía en San Amaro que empezaran por R. No eran muchos. Rosa, su madre, muerta. Ramón, el doctor, al que ella misma había visto bailar con su madre en la verbena aquella noche. Un tal Ricardo, de la panadería, que tenía noventa años. Y…

Se quedó con el bolígrafo en el aire.

Rial.

Paco Rial. Marinero. Contrabandista. Que estaba en el mar aquella noche. Que tenía una barca pequeña con motor fueraborda. Que había dicho: esa noche había más barcos en el mar de los que se contaron. Y no todos llevaban tabaco. Que le había pedido quinientos euros por contarle lo que sabía.

Lucía se quedó mirando la R del margen. La interrogación temblorosa de su padre.

Paco Rial. El único que podría haberle contado qué había hecho esa lancha en A Furna do Corvo aquella noche.

Y Paco Rial estaba muerto.