16. A Garita
Lucía tardó toda una noche en entenderlo. Y cuando lo entendió, se sintió estúpida.
Estaba de pie junto a la ventana de su cuarto, a las dos de la madrugada, sin poder dormir —sin pastillas, esta vez; las había tirado por el váter esa misma tarde—, mirando cómo la luz del faro barría el cabo.
Cada doce segundos, el haz pasaba por encima del sendero e iluminaba durante un instante los tojos, las rocas, el borde del acantilado.
Y, a mitad de camino, una forma cuadrada, oscura, de piedra.
La Garita.
Se pasaba horas en la Garita , había dicho Pilar. Con la puerta cerrada. Como si tuviera miedo de que lo viera alguien.
G.
Lucía se apoyó en el cristal frío.
De niña, la Garita había sido su sitio. Suyo y de Elena.
Su padre la había restaurado cuando Lucía tenía siete años: puso un tejado nuevo, una puerta de madera y un candado, y la usaba para guardar cuerdas, boyas y herramientas.
Pero los fines de semana se la dejaba a las niñas.
Y allí, entre redes viejas y olor a salitre, Lucía y Elena habían jugado a todo: a piratas, a espías, a náufragas.
Y a los mensajes secretos.
Era un juego que se había inventado su padre.
Él escondía una nota en un sitio de la Garita —siempre el mismo— y ellas tenían que encontrarla y descifrarla.
Las notas eran adivinanzas, pistas que llevaban a un pequeño tesoro: una chocolatina, una concha bonita, una moneda de cien pesetas.
Lucía se acordaba perfectamente del escondite.
Detrás de una piedra suelta de la pared del fondo, a la altura de las rodillas de una niña de diez años.
Su padre guardaba allí una lata de galletas danesas, de esas azules y redondas, para que las notas no se mojaran.
¿Seguiría allí?
Lucía no volvió a acostarse. Esperó a que se hiciera de día sentada en la cocina, con un café tras otro, mirando la llave pequeña de latón sobre la mesa.
Llamó a Elena a las ocho.
No quería ir sola. Se lo reconoció a sí misma con cierta vergüenza.
Dos días antes había visto la cara de Paco Rial en el agua.
Alguien había entrado en su casa mientras dormía.
El sendero estaba al borde de un acantilado, el viento soplaba a ochenta kilómetros por hora y, en algún lugar de ese pueblo, había alguien que quería que se fuera. O algo peor.
—¿A la Garita? —La voz de Elena sonaba rara al teléfono—. ¿Ahora? ¿Con este tiempo?
—Creo que mi padre escondió algo allí. Tengo una llave.
Un silencio largo.
—Elena, ¿estás ahí?
—Sí. Sí, perdona. —Una pausa—. Vale. Dame media hora. Tengo que dejarle el desayuno a mi padre, que sigue con fiebre.
Elena llegó a las nueve, envuelta en un chubasquero rojo y unas botas de agua. Tenía ojeras y estaba pálida.
—¿Has dormido algo? —le preguntó Lucía.
—Poco. Mi padre ha pasado mala noche. —Elena se ajustó la capucha—. Vamos antes de que me arrepienta.
Empezaron a bajar por el sendero. El viento venía del mar y las empujaba contra los tojos.
A su izquierda, a menos de tres metros, el borde del acantilado caía en vertical hasta las rocas, cuarenta metros más abajo.
Lucía oía el estruendo de las olas reventando allí abajo.
Caminaba despacio, pegada al lado de tierra, mirando dónde ponía los pies.
Elena iba detrás. Cada vez más despacio.
A unos cien metros de la Garita, se detuvo.
—Elena, ¿qué te pasa?
Su amiga estaba blanca. Se había agarrado a una roca con las dos manos y respiraba muy deprisa, con la boca abierta.
—Nada. —Tragó saliva—. Es el vértigo. Me mareo.
—¿Vértigo? —Lucía volvió sobre sus pasos—. Tú no tenías vértigo. Corríamos por este sendero como cabras.
—Pues ahora tengo. —Elena cerró los ojos—. Hace muchos años. Desde… No sé desde cuándo. No he vuelto a bajar por aquí.
Lucía se quedó mirándola. Era verdad. Ahora que lo pensaba, era verdad.
Después de aquel verano de 1998, Elena no había vuelto nunca a la Garita.
Ni una vez. Lucía había ido sola algunas veces, había insistido, y Elena siempre tenía una excusa: deberes, catequesis, que le dolía la cabeza.
Al final Lucía dejó de insistir. Pensó que su amiga había crecido antes que ella.
Que ya no le interesaban esos juegos de niñas.
—¿Quieres volver?
—No. —Elena abrió los ojos y se soltó de la roca—. No, ya estamos aquí. Vamos.
Recorrieron los últimos metros cogidas del brazo.
La Garita era más pequeña de lo que Lucía recordaba.
Cuatro paredes de piedra gris de dos metros por dos, un tejado de pizarra con musgo, una ventana diminuta con un cristal sucio que daba al mar.
La puerta de madera, pintada de verde como las ventanas de la casa del faro, tenía un candado pequeño de latón.
Lucía sacó la llave. Le temblaban los dedos por el frío.
Entró a la primera.
El candado se abrió con un clic. Lucía lo quitó, empujó la puerta y entraron, sacudiéndose la lluvia.
Dentro estaba oscuro y olía a humedad, a cuerda vieja, a algas.
Lucía encendió la linterna. Rollos de cabo, boyas de plástico naranja, un par de nasas rotas, una caja de herramientas oxidada.
En un rincón, una silla plegable y un cubo boca abajo que hacía de mesa.
Sobre el cubo, un cenicero con ceniza de pipa.
Lucía sintió una punzada. Su padre había vuelto a fumar en pipa.
Allí, a escondidas. En sus últimos días.
Elena se había quedado junto a la puerta, abrazándose a sí misma.
—Lucía, ¿qué buscamos?
—Ven, mira.
Lucía se arrodilló junto a la pared del fondo y pasó la mano por las piedras. Estaban frías y húmedas. Las fue tocando una a una, a la altura de las rodillas. Notó una que se movía. Un poco. Apenas un milímetro.
—¿Te acuerdas? —dijo, sin volverse—. ¿Del juego de los mensajes?
Elena no contestó.
Lucía metió los dedos en la rendija, tiró y la piedra salió. Detrás había un hueco oscuro. Metió la mano.
Tocó algo frío, metálico, redondo.
Lo sacó a la luz de la linterna. Era una lata de galletas danesas. Azul, abollada, oxidada en los bordes. La misma. Treinta años después.
Lucía la abrió.
Dentro, envueltas en una bolsa de plástico de congelación cerrada con cinta aislante, había dos hojas de papel dobladas por la mitad. Hojas de cuaderno, con las líneas desvaídas. Con un borde irregular, roto. Arrancado.
Las desdobló con cuidado bajo la luz de la linterna. Vio la letra apretada e inclinada de su padre, en tinta azul. Y, arriba del todo, una fecha:
15/8/1998.