15. La oferta
Lucía pasó el resto de la mañana delante de la puerta de la despensa.
Y luego, en un folio aparte, con letras grandes:
Se quedó mirando ese folio mucho rato.
Su padre había pasado el último mes de su vida visitando a gente. Carmen, Andrés, Paco, Mateo, el doctor. Una ronda. Como quien va cerrando cuentas antes de un viaje. O como quien va reuniendo piezas para un rompecabezas.
¿Había ido también a ver a Julián Otero?
No tuvo que esperar mucho para preguntárselo.
A las cuatro de la tarde, un todoterreno negro, grande, brillante a pesar del barro, subió por la pista del cabo y se detuvo delante de la casa.
Lucía lo vio desde la ventana de la cocina.
Bajó Julián Otero, con un paraguas de golf y la misma chaqueta encerada de la taberna.
Miró el faro un momento, de arriba abajo, como quien mira algo que ya es suyo.
Lucía abrió la puerta antes de que llamara.
—Lucía. —Julián sonrió—. Espero no molestar. ¿Puedo pasar? Hace un tiempo de perros.
Lo dejó pasar. Él entró en la cocina, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla. Miró a su alrededor: la cocina de leña, la mesa de roble, las dos sillas. Y luego, inevitablemente, la puerta de la despensa cubierta de papeles.
Se quedó mirándola. Leyó. Lucía vio cómo sus ojos se detenían en el folio de las letras grandes. En su propio nombre.
—Vaya —dijo Julián, sin perder la sonrisa—. Veo que has estado ocupada.
—Siéntese.
Se sentó. Lucía no le ofreció café.
—Siento mucho lo de anoche —empezó él—. Lo de Paco. Debió de ser horrible para ti, encontrarlo así.
—¿Venía a darme el pésame otra vez?
—No exactamente. —Julián entrelazó los dedos sobre la mesa.
Llevaba un anillo de oro con una piedra azul—.
Vengo a mejorar mi oferta. Doscientos cincuenta mil euros por la casa del faro.
Es mucho más de lo que vale, los dos lo sabemos.
Pero quiero cerrar esto rápido. Antes de que se abra la carretera, si es posible.
—¿Por qué tanta prisa?
—Porque soy un hombre mayor, Lucía. Y a mi edad, la paciencia se acaba.
—No. —Lucía se sentó frente a él—. Dígame la verdad. ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué tanto dinero por una casa vieja en un cabo?
Julián la miró un rato, valorándola. Luego se encogió de hombros, como quien decide que ya no merece la pena fingir.
—Un hotel. —Lo dijo con orgullo—. Un hotel de cinco estrellas en Punta Lobeira.
Cincuenta habitaciones, todas con vistas al mar.
Spa, restaurante, embarcadero. Turismo de calidad, extranjeros, gente con dinero.
Llevo diez años con el proyecto. Tengo los terrenos de alrededor, tengo los permisos casi aprobados, tengo los inversores.
—Hizo un gesto amplio con la mano—. Solo me falta esto.
La casa y el acceso. Sin la casa del farero no hay hotel.
—¿Y el faro?
—El faro es del Estado. Pero el Estado está encantado de que alguien lo convierta en atractivo turístico. Ya hemos hablado. —Sonrió—. Imagínatelo, Lucía. Doscientos puestos de trabajo para San Amaro. Un pueblo que se muere, que pierde jóvenes cada año. Yo le estoy dando un futuro.
—Y usted se hace aún más rico.
—Eso también. No soy un santo. —Julián se rio—. Pero nadie en este pueblo me va a reprochar que traiga dinero.
Lucía miró por la ventana. Desde allí se veía el faro, blanco contra el cielo negro. Imaginó un hotel de cristal a su lado, con luces de colores y gente bebiendo cócteles en la terraza.
—No vendo.
La sonrisa de Julián no desapareció del todo. Pero se quedó congelada, como una foto.
—Piénsatelo bien.
—Ya lo he pensado.
—No, no lo has pensado. —Julián se inclinó hacia delante.
Su voz seguía siendo suave, educada, pero ahora tenía algo debajo, algo duro, como una piedra bajo el musgo—.
Estás sola, en un cabo aislado, en mitad de un temporal.
En una semana han entrado en tu casa, han matado a un hombre en el puerto y te has hecho enemigos en medio pueblo haciendo preguntas que nadie quiere oír.
Este no es un buen sitio para ti, Lucía.
Hazme caso. Coge el dinero, que es mucho, y vuelve a Madrid. Es lo mejor para todos.
—¿Me está amenazando?
—Te estoy aconsejando. —Julián se recostó en la silla—. Igual que te aconsejo que dejes en paz a mi hijo. Mateo es un borracho y un desgraciado, pero es mi desgraciado. Mi problema. No el tuyo.
—Su hijo está en un calabozo acusado de asesinato.
—Mi hijo lleva veintiséis años metiéndose en líos. Y yo llevo veintiséis años sacándolo. Lo sacaré también de esta.
—¿Como lo sacó en 1998? —Lucía señaló la puerta de la despensa con la barbilla—. ¿Pagando?
Julián dejó de sonreír.
Se levantó despacio. Cogió su chaqueta de la silla y se la puso con calma, abrochando cada botón. Luego cogió el paraguas.
—Ten cuidado con lo que escribes en las paredes, Lucía. —Lo dijo sin levantar la voz—. En este pueblo hay gente que no sabe leer muy bien. Y otra que lee demasiado.
Caminó hasta la puerta. La abrió. El viento entró en la casa como un perro mojado, revolviendo los papeles de la despensa. Julián se quedó un momento en el umbral, mirando el faro.
—Es curioso —dijo, sin volverse—. Tu padre me contestó lo mismo. Exactamente lo mismo. «No vendo». Sentado en esa misma silla, en agosto.
Se volvió y la miró a los ojos.
—Tu padre también se negó a vender.
Y cerró la puerta tras él.