Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 14. Como en 1998
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14. Como en 1998

A la mañana siguiente, alguien había escrito ASESINO con pintura roja en la persiana metálica del varadero de los Otero.

Las letras chorreaban por la lluvia, como si sangraran. Lucía las vio al bajar al pueblo a primera hora. Un grupo de vecinos las miraba desde el otro lado de la calle, bajo los paraguas, comentando en voz baja. Nadie hacía nada por borrarlas.

En la panadería, mientras esperaba su turno, oyó a dos mujeres hablar.

—Ya lo decía yo. Ya lo decía yo en el noventa y ocho.

—Si lo hubieran encerrado entonces, ese pobre hombre seguiría vivo.

—Y a saber cuántos más.

—El padre lo tapó todo. Con dinero. Como lo tapan todo los Otero.

Lucía compró el pan y salió sin decir nada. Pero las palabras se le quedaron pegadas como el olor a tabaco de su padre en la casa.

Como en 1998. Todo el pueblo había decidido, otra vez, en una sola noche. Igual que entonces.

Y Lucía, que en su trabajo había visto a muchos culpables, había aprendido a desconfiar de una cosa por encima de todas: de las soluciones que llegaban demasiado rápido y le venían bien a demasiada gente.

Andrés no quería dejarla pasar.

—Ni hablar. Es un detenido. No es una visita al hospital.

—Diez minutos.

—Lucía, no.

—Andrés. —Ella se apoyó en el mostrador—.

Fui la última persona que habló con Paco.

Fui yo quien lo encontró. Me dijo que sabía algo de la noche de Inés.

Y Mateo me dijo a mí, la primera noche, en la puerta del Faiado, que mi padre sabía que él no había sido.

Si alguien puede sacarle algo, soy yo. Y lo sabes.

Andrés la miró. Parecía que no había dormido nada. Tenía los ojos rojos y la barba más larga.

—¿Mateo te dijo eso? ¿Que tu padre sabía que él no fue?

—Palabra por palabra.

El sargento se quedó callado un rato. Luego cogió un manojo de llaves del cajón.

—Diez minutos. Con la puerta abierta. Y yo en el pasillo.

El calabozo del cuartel de San Amaro era una habitación pequeña, de paredes pintadas de verde claro, con un banco de obra, una manta gris y un ventanuco con barrotes por el que entraba la luz de la mañana y el ruido de la lluvia. Olía a lejía y a vómito.

Mateo estaba sentado en el banco, con la espalda contra la pared y las rodillas abrazadas. Temblaba. Al ver a Lucía en la puerta, levantó la cabeza. Tenía los ojos hundidos, la cara gris, el arañazo del cuello convertido en una línea oscura.

—¿Vienes a mirar al monstruo? —Tenía la voz rota—. Pasa. Hay sitio. Todo el pueblo ha venido a mirar.

Lucía se sentó en el otro extremo del banco. Dejó un hueco entre los dos. Sacó del bolsillo del anorak un termo pequeño y dos vasos de plástico. Sirvió café caliente en los dos y le tendió uno.

Mateo lo miró como si fuera una trampa. Luego lo cogió con las dos manos y se lo bebió de un trago.

—Gracias.

—¿Mataste a Paco?

Mateo soltó una carcajada que se convirtió en tos.

—Directa. Como tu padre. —Se limpió la boca con la manga—. No. No lo maté.

—Discutisteis la noche antes de que apareciera muerto. Lo agarraste. Tienes un arañazo en el cuello y los nudillos destrozados.

—Lo agarré, sí. Y él me arañó para soltarse. Y cuando se fue, le di un puñetazo a la pared de la lonja. Tres. Porque estaba muy borracho y muy cabreado. —Le enseñó la mano derecha, hinchada—. Si quieres, te enseño la pared. Tiene sangre mía.

—¿Por qué discutíais?

Mateo tardó en contestar. Miró el vaso vacío.

—Te vi salir de su cobertizo el otro día, por la mañana. Y supe para qué habías ido.

—¿Para qué?

—Para preguntarle por esa noche. —Lo dijo muy bajo—. Paco sabía algo. Siempre lo supe. Él estaba en el mar esa noche. Con el tabaco de mi padre.

Lucía se quedó quieta.

—¿Tu padre?

Mateo sonrió sin ganas.

—¿No lo sabías? Julián Otero, el gran empresario de San Amaro, el benefactor del pueblo.

En los noventa, la mitad de su dinero venía del rubio de batea.

La conservera era la tapadera. Paco era uno de sus marineros.

Yo también, a veces, los fines de semana.

Con dieciséis años. —Negó con la cabeza—.

Todo el pueblo lo sabía y nadie decía nada.

—¿Y qué tiene que ver eso con Inés?

—Que esa noche había lanchas en el mar. Y Paco vio algo.

Me lo dijo una vez, hace muchos años, borracho, aquí, en la taberna.

«Yo sé que tú no fuiste, chaval. Yo sé lo que vi».

Y luego se calló. Y nunca más quiso hablar de ello.

Ni cuando se lo supliqué. Ni cuando le ofrecí dinero. Ni cuando le amenacé.

—¿Le amenazaste?

—Muchas veces. —Mateo apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos—.

Llevo veintiséis años siendo el asesino de Inés Varela.

Veintiséis años en los que nadie se sienta conmigo en la taberna.

En los que las madres cambian de acera cuando me ven.

En los que mi propio padre me mira como si fuera una mancha. ¿Sabes lo que es eso?

Lucía no contestó. No había nada que contestar.

—Esa noche, después de verte salir de su cobertizo, pensé que por fin te lo iba a contar.

A ti, a una de fuera, por dinero. Y me volví loco.

Le dije: «¿Se lo vas a contar a ella? ¿A ella sí?

¿Y a mí no, después de veintiséis años?».

Y él me dijo que me fuera a la mierda. Y yo…

—Abrió los ojos—. Yo lo agarré. Pero no lo maté. Lo juro por Inés.

Lucía lo miró un largo rato. En su trabajo había aprendido a leer las caras de la gente que miente.

Los ojos que se desvían, las manos que no saben dónde ponerse, los detalles que sobran.

Mateo no tenía nada de eso. Mateo tenía la cara de alguien que lleva tanto tiempo diciendo la verdad sin que nadie le escuche que ya ni siquiera espera que le crean.

—La primera noche me dijiste que mi padre sabía que tú no habías sido. ¿Cómo lo sabía?

Mateo se quedó callado.

—Mateo.

—Vino a verme. En septiembre. A mi casa.

—Hablaba despacio—. Nunca había venido. En veintiséis años, nunca.

Se sentó en mi cocina, que estaba hecha un asco, y me dijo: «Sé que no fuiste tú, rapaz.

Lo sé desde hace mucho. Y te pido perdón por no haberlo dicho antes».

Y se echó a llorar. Tu padre. Llorando en mi cocina.

A Lucía se le hizo un nudo en la garganta.

—¿Te dijo quién fue?

—No. Me dijo que pronto lo sabría todo el mundo. Que necesitaba unos días.

—Tiempo —dijo Andrés desde el pasillo.

Lucía se levantó. Recogió el termo y los vasos. Estaba ya en la puerta cuando Mateo habló otra vez.

—Lucía.

Se dio la vuelta. Mateo la miraba desde el banco, con las rodillas abrazadas, como un niño.

—Esa noche yo esperaba a Inés. En la parada del autobús, arriba, en la carretera. Nos íbamos a ir juntos. A Vigo. Ella llevaba los ahorros en la mochila. Yo esperé y esperé, y no vino. —Tragó saliva—. Y mientras esperaba, vi un coche.

—¿Qué coche?

Mateo negó despacio con la cabeza.

—Se lo dije a la Guardia Civil en el noventa y ocho. Y al juez. Y a mi padre. Y a todo el que quiso escucharme. Nadie me creyó. Nadie me creyó nunca. —Se encogió en el banco—. ¿Por qué me ibas a creer tú?