13. Un borracho que se cae
Después, Lucía no recordaría bien el orden de las cosas.
Recordaría a Xan y a los otros dos jugadores de cartas corriendo por el espigón, con Carmen detrás.
Recordaría a uno de ellos tirándose de rodillas al borde del muelle y diciendo « Carallo, carallo, carallo » sin parar.
Recordaría a Carmen sujetándola del brazo con una fuerza que le dejó marcas.
Recordaría las sirenas del todoterreno de la Guardia Civil, absurdas en un pueblo tan pequeño, rebotando entre las casas.
Y recordaría cómo sacaron a Paco del agua.
Cuatro hombres, con un bichero y una cuerda, tirando entre las olas que seguían golpeando el muelle.
Lo subieron por la escalera de piedra y lo dejaron tendido en el suelo mojado, bajo la luz naranja de una farola.
Alguien trajo una manta de la cofradía y lo tapó hasta el pecho. Alguien le cerró los ojos.
Andrés llegó corriendo, con el uniforme a medio abrochar. Brais detrás, pálido como el muerto. Andrés se agachó junto al cuerpo, miró, y luego levantó la vista y buscó a Lucía con los ojos. La encontró. No dijo nada. No hacía falta.
El doctor Castro llegó un cuarto de hora después.
Bajó por el espigón con un paraguas negro y un maletín de cuero, apoyándose más de lo normal en la pierna derecha. Llevaba una bufanda gruesa enrollada al cuello y tosía. Elena venía con él, sujetándole del brazo, con la cara blanca.
—No debería estar aquí con este frío —dijo Elena a nadie en concreto—. Tiene treinta y ocho de fiebre.
—Soy el único médico que hay en el pueblo, hija —dijo Ramón, con la voz ronca—. Y la carretera está cortada. Si no lo hago yo, no lo hace nadie.
Se arrodilló con dificultad junto al cuerpo.
Andrés le sujetó el paraguas. Lucía, que se había quedado unos pasos atrás, con Carmen todavía agarrada a su brazo, vio cómo el doctor examinaba a Paco con manos rápidas y seguras: los ojos, la boca, el cuello, la cabeza.
Le giró un poco la cabeza a un lado y señaló algo en la nuca.
—Aquí. Un golpe fuerte. Contra las rocas, seguramente, al caer. —Se acercó a la boca del muerto y olió—. Alcohol. Mucho.
—¿Se cayó? —preguntó Andrés.
—Eso parece. —Ramón suspiró y se incorporó, con ayuda de Andrés—. Paco bebía mucho, Andrés, ya lo sabes. Bajó a su barca de noche, con este temporal, borracho. Resbaló entre el casco y el muelle. Se dio con la cabeza y se ahogó. Pobre hombre.
Tosió otra vez, largo, con un ruido que salía del pecho.
—¿Cuándo?
—Por la temperatura y el estado del cuerpo, yo diría que anoche. De madrugada. Llevará en el agua quince o veinte horas. —Se limpió las manos con un pañuelo—. El forense tendrá que confirmarlo cuando se pueda trasladar. Por ahora, que lo lleven al cuarto frío de la lonja.
Lucía dio un paso adelante. Carmen intentó retenerla, pero ella se soltó.
—Tiene marcas en las muñecas.
Todos la miraron. Andrés, Brais, Ramón, Elena, los hombres de la cofradía.
—¿Cómo dices? —preguntó Andrés.
—En las muñecas. —Lucía se agachó junto al cuerpo y señaló, sin tocar—. Mira. Dos marcas oscuras. Como si alguien le hubiera agarrado fuerte. Y tiene la uña del dedo índice de la mano derecha rota. Recién rota. Como si hubiera arañado algo. O a alguien.
Hubo un silencio. Solo el mar.
El doctor se agachó también, despacio, y miró las muñecas de Paco. Las examinó un buen rato.
—Puede ser —dijo al fin, con suavidad—. Pero también pueden ser de las rocas, Lucía. El mar golpea mucho un cuerpo en quince horas. Y las uñas… —Hizo un gesto con la mano—. Paco era marinero. Tenía las uñas como piedras, siempre rotas.
—Esa está rota de hoy. O de anoche.
Ramón la miró. Tenía los ojos cansados y enrojecidos por la fiebre.
—Mi niña, has tenido una semana horrible. Has encontrado a un hombre muerto en el agua. Es normal que veas cosas. —Le puso una mano en el hombro—. Deja que Andrés haga su trabajo.
Lucía apartó el hombro. No fue un gesto brusco, pero se notó.
—Ya está bien —dijo Andrés—. Lucía, ¿qué hacías tú aquí, en el espigón, a estas horas, con este tiempo?
Todos esperaron la respuesta. Lucía pensó en mentir. Pero estaba cansada, mojada hasta los huesos, y había un hombre muerto a sus pies.
—Había quedado con él. A las seis. En su barca.
—¿Para qué?
—Para hablar de 1998.
Algunos de los hombres de la cofradía se miraron entre ellos. Alguien murmuró algo. Elena se tapó la boca con la mano.
Andrés cerró los ojos un momento, como quien cuenta hasta diez.
—Esos quinientos euros del bolso. Eran para él.
—Sí.
—Me cago en… —Andrés se calló a tiempo. Respiró hondo—. ¿Te dijo algo? ¿Ayer, o cuando fuera?
—Me dijo que la noche en que desapareció Inés había más barcos en el mar de los que se contaron. Que lo que sabía tenía un precio. Y que mi padre había ido a preguntarle lo mismo en septiembre.
Esta vez el silencio fue más largo. Lucía vio cómo el doctor se ajustaba la bufanda alrededor del cuello. Vio cómo Elena le apretaba el brazo a su padre. Vio cómo Carmen, al fondo, se apoyaba en la pared del espigón como si le fallaran las piernas.
Fue Xan quien rompió el silencio.
—Sargento. —Se adelantó con la gorra en la mano—. Anoche Paco estuvo discutiendo con Mateo Otero. En la puerta del Faiado. Lo vimos todos. Mateo lo tenía agarrado así —se agarró la pechera de su propio jersey con ambas manos—, por la ropa. Y le gritaba.
—¿Qué le gritaba?
Xan miró a los otros. Uno de ellos, un hombre gordo con la cara roja, se encogió de hombros y respondió:
—No se le entendía. Iba borracho, como siempre. Pero algo de «se lo vas a contar» o «no se lo vas a contar». Algo así.
Andrés se quedó mirando el cuerpo de Paco un largo momento. Luego miró las marcas de las muñecas. Luego a Lucía.
—Brais. Quédate aquí con el cuerpo hasta que lo trasladen. Que nadie toque la barca. —Se volvió hacia los de la cofradía—. ¿Alguien sabe dónde está Mateo?
Lo encontraron una hora después.
Estaba en el viejo varadero de la conservera Otero, una nave medio abandonada al final del puerto donde antiguamente se arreglaban los barcos.
Dormía en el suelo, sobre unos sacos de arpillera, abrazado a una botella vacía.
Tenía la ropa mojada, los nudillos de la mano derecha despellejados y un arañazo largo y rojo en el cuello, debajo de la oreja.
Lucía lo vio salir esposado entre Andrés y Brais, tambaleándose, parpadeando bajo la lluvia, sin entender nada. En la puerta de la nave se habían reunido ya diez o quince vecinos. Nadie dijo nada. Nadie tuvo que decirlo.
Era la misma imagen de hacía veintiséis años.
Andrés metió a Mateo en el todoterreno y cerró la puerta. Antes de subir al coche, se volvió hacia el grupo de vecinos y dijo, en voz alta y clara, para que lo oyeran todos:
—Mateo Otero queda detenido como sospechoso de la muerte de Paco Rial.