Lo que calla el faro (Los misterios de San Amaro 1) 12. El espigón
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12. El espigón

La llave no abría el cobertizo.

Fue lo primero que probó. G : garaje, quizá. Su padre llamaba «garaje» al cobertizo de chapa donde guardaba el coche viejo, la leña y las herramientas. Pero el candado del cobertizo era grande, de hierro, y la llavecita de latón no entraba ni por la mitad.

Probó también el baúl del desván, el cajón cerrado del escritorio, la caja de herramientas, el armario del contador de la luz. Nada. Aquella llave no era de nada que hubiera en la casa.

A las cuatro llegó el agente Brais en el todoterreno de la Guardia Civil. Dio una vuelta alrededor de la casa con una linterna, aunque todavía era de día. Miró las cerraduras, los marcos de las ventanas, el barro del huerto. Tomó unas fotos con el móvil. Fue muy amable y muy poco útil.

—No hay señales de nada, señora Ferreiro —dijo al final, rascándose la nuca—. Si quiere, le dejo el teléfono del cuartel por si oye algo esta noche.

—Lo tengo, gracias.

Cuando el todoterreno se fue, Lucía se guardó la llave en el bolsillo del vaquero, junto al sobre con los quinientos euros. Miró el reloj. Las cinco y cuarto. El cielo se estaba cerrando otra vez sobre el mar, negro como una tapa de olla. El viento volvía a subir.

Se puso el anorak de su padre y bajó al pueblo.

A las seis menos diez, el puerto estaba desierto.

La pausa del temporal había terminado. Las olas volvían a pasar por encima del espigón en algunos tramos, y cada vez que una reventaba, la espuma volaba por el aire como nieve sucia.

Las barcas del puerto se balanceaban, tirando de sus amarras, golpeándose unas con otras con un ruido sordo de madera.

Las farolas acababan de encenderse y su luz naranja temblaba sobre los charcos.

Lucía caminó por el espigón pegada a la pared de protección, con la capucha calada.

Al final, en el último amarre antes del faro verde de la bocana, estaba la Rosiña : una barca de madera pintada de azul y blanco, de unos siete metros, con una cabina pequeña en la popa.

El nombre estaba escrito en la proa con letras rojas desconchadas.

No había nadie a bordo.

Lucía esperó. Se metió las manos en los bolsillos y tocó el sobre con el dinero. Las seis. Las seis y cinco. Las seis y diez. Ninguna luz en la cabina de la barca. Nadie por el espigón.

A las seis y cuarto se acercó al borde y llamó.

—¿Paco? ¿Señor Rial?

El viento se llevó su voz.

A las seis y media empezó a llover con fuerza. Lucía se refugió en el hueco de una escalera de piedra que bajaba al agua. Pensó que el viejo se habría arrepentido. Que le habría dado miedo. O que estaría en la taberna, bebiéndose a su salud los quinientos euros que todavía no tenía.

A las siete menos cuarto decidió ir a buscarlo.

En O Faiado había poca gente. Carmen secaba vasos detrás de la barra. Tres hombres jugaban al tute en la mesa del fondo. Mateo no estaba en su rincón.

—¿Paco Rial? —Carmen frunció el ceño—. No ha venido hoy. Raro, porque viene todas las tardes a por su vino. ¿Para qué lo buscas?

—Me debía una cosa.

Uno de los jugadores de cartas levantó la vista. Era Xan, el que había murmurado en gallego el primer día.

—A Paco lo vi anoche —dijo—. Aquí mismo, en la puerta. Discutiendo con el borracho.

—¿Con Mateo?

—Con el mismo. —Xan jugó una carta—. Gritaban. No sé de qué, pero gritaban. Mateo le tenía agarrado por la pechera.

Los otros dos hombres asintieron. Carmen dejó de secar el vaso.

Lucía salió de la taberna sin despedirse.

Volvió al espigón. No sabía bien por qué. Quizá porque era el último sitio donde él debería estar. Quizá porque algo, muy dentro, le decía que mirara otra vez.

Ya era noche cerrada. La luz verde del faro de la bocana se encendía y se apagaba al final del muelle. Lucía sacó del bolsillo la linterna pequeña que había comprado esa mañana en la ferretería y la encendió.

Caminó hasta la Rosiña . La barca subía y bajaba con el oleaje, tirando de la amarra de proa, golpeando con el costado contra las defensas de goma del muelle. Lucía apuntó la linterna a la cubierta. Redes, cajas, un cubo. A la cabina: vacía, con la puerta abierta y golpeándose con el viento.

Luego, sin saber por qué, apuntó la luz hacia abajo. Hacia el agua negra. Hacia el hueco estrecho que quedaba entre el costado de la barca y las rocas de la base del espigón.

Al principio no entendió lo que veía.

Algo oscuro, flotando. Subiendo y bajando con el agua. Una masa de tela. Un jersey de lana, empapado, hinchado de agua. Y, enganchada en una de las rocas, moviéndose con la corriente como un alga, una gorra de lana.

La luz de la linterna temblaba.

Lucía la movió un poco más. Unos centímetros.

Y vio la cara.

Pálida. Con los ojos abiertos. Con la piel de cuero viejo ahora blanca como la cera, iluminada a sacudidas por la luz verde del faro de la bocana, que se encendía y se apagaba, se encendía y se apagaba.

Los ojos azules de Paco Rial miraban hacia arriba. Hacia ella. Sin ver nada.

Lucía gritó.